Escribir sobre paternidad

Marinero errante, eterno, el mar por el que navegas son las lágrimas de todas las mujeres que en mala hora te amaron.

Mi padre fue un oficial de marina, irresponsable con la paternidad, experto en abandonar. Nunca se hizo cargo de mí. De hecho, cuando supo que yo estaba a punto de nacer, se alejó. Después vino a conocerme, y según me cuentan dijo “Ésta niña sí es mi hija”, entonces yo era una bebé que usaba yeso porque nací con el pie equinovaro. Después de ese reconocimiento, también se fue.

Soy copia fiel de mi padre, y eso me valió ser muy amada al menos por mi madre y el resto de la familia. Recuerdo que me cortaban mucho el pelo, porque así me parecía más a él, casi siempre me ponían vestidos de marinerita, y el día del desfile militar me tenían en primera fila viendo el paso de los marineros. También recuerdo los ojos de amor con los que me miraba mi madre, ella, que no tenía más de tres cambios de ropa, que trabajaba dos turnos en la fábrica, que se iba cuando aún yo no despertaba, y llegaba cuando yo ya dormía.

Crecí mimada y llena de todo el amor del mundo, por parte de mi madre claro, ahora sé que fui la hija del amor de su vida, y que en cada pedazo de mi pequeño cuerpo lo encontraba a él, no recuerdo ver a mi madre esperándolo, triste, ni llorándole, sólo recuerdo lo feliz que se ponía cuando me encontraba despierta. ¿Dónde estaba él?

Tampoco recuerdo que me llevara a buscarlo, pero siempre me dijo que mi padre se llamaba Roberto, y cuando crecí me mostró cartas y fotos, entonces lo conocí y fue como mirarme en un espejo, era su piel, sus ojos, su sonrisa. Ella nunca me mintió, siempre me dijo que él decidió no estar con nosotras, así que éramos ella y yo. También me dejó claro que no debía odiar a mi padre, que aprendiera a respetar su decisión. Y que tampoco quería escuchar ningún reproche en su contra, que ella decidió no buscarlo nunca, y que tenía razones para no querer volver a verlo.

Cuando pienso en la paternidad, pienso mucho en todo lo que ella me dijo. Que aceptara que mi padre nunca quiso estar con nosotras, que eso era lo mejor, que nos haríamos compañía las dos; que ella me amaba y que nunca me faltaría nada. Recuerdo también un día que me dejó claro que, aunque esa era su decisión, si yo quería conocerlo se lo dijera, y ella me llevaría, que sabía dónde encontrarlo, y dónde estaba la casa de mis abuelos paternos; me dijo que conocía a su familia y ellos a ella. Entonces, mis ojos se llenaron de lágrimas, fue como si de golpe comprendiera todo el sufrimiento que había pasado mi madre, y así, con apenas seis años, respeté la decisión de Roberto, no necesitaba de un padre violento e infeliz a nuestro lado, no quería ver en mi casa la violencia que veía desde pequeña en otras personas cercanas a mí. Con mi corta edad resolví que, si al irse él era feliz, respetaba su decisión, yo no quería más sufrimiento para mi madre. Así que nunca tuve nunca la necesidad de buscarlo, mi madre me llenó de amor siempre, y de palabras amorosas que hasta el día de hoy recuerdo.

Yo vestía con vestidos de Liverpool, tenía los mejores juguetes, mis fiestas de cumpleaños eran con payasos y piñata, mi madre no escatimaba en nada, aunque ella solo tenía tres cambios de ropa. Y, cuando ella me preguntaba si me hacía falta mi padre, yo respondía que no, porque me bastaba mirarme en el espejo para encontrarlo.

¿Cómo puedo hablar de mi padre si nunca estuvo?

Hablar de la paternidad, me llevó a hablar más de mi madre.

La falta de amor e interés por parte de mi padre, fue borrada por los abrazos de mi madre, por el calor de sus besos en mi piel.

Hoy comprendo que hay personas que nacen para quedarse solas, son como el viento, por más que las quieras detener se escapan por los surcos de los dedos; personas que siempre tienen la necesidad de irse, y que ningún sentimiento les es suficiente razón para quedarse, ahora lo sé. Lo respeto.

La sangre del marinero errante corre por mis venas, lo acepto. Aquel hombre que un día partió de nuestras vidas, que se embarcó en un viaje sin regreso, ese es mi padre. Hasta hoy no puedo decir más de él.

Querer escribir sobre paternidad, me llevó a contar sobre el amor de mi madre.

 

 

Autora:  Norma Miriam Hernández Rosas, Estado de México. Ha publicado en Poesía de Morras, y Yo, Lolita.

Ilustración de: anna pownall

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