Esto tampoco tiene nombre

Sí, el título hace alusión al libro de la poeta colombiana Piedad Bonnett “Lo que no tiene nombre”. Ella, en un texto lleno de dolor, cuenta la historia de la muerte de su hijo Daniel. No recuerdo haberme sentido tan rota como cuando lo leí.

Esto (lo que ahora escribo) no tiene nombre. Para contar mi historia, apelaré a lo que debe contener todo aquello que deseamos relatar. Se dice que toda historia personal versa sobre el amor y la muerte. Como Piedad, escribiré de algo que no tiene nombre, nunca sabré nombrarlo y no hay una palabra que lo describa. A diferencia de mi admirada poeta que escribe sobre la muerte de su hijo, yo escribo sobre la muerte de mi hermana.

Se cumplieron cinco años de su muerte y yo no dije nada, no escribí nada. La pandemia me arrebató la posibilidad del ritual; ir a una iglesia o visitar el árbol donde enterramos sus cenizas. Lo que escribo es mi propio ritual. Quería que llegará este día. Hoy que las palabras se deslizan por las yemas de los dedos. La muerte tiene un extraño efecto sobre nosotros, yo sabía del duelo, sin embargo, la muerte de Laura fue mi segundo nacimiento. Ya había presenciado la muerte de mi padre y la muerte de mi marido. Mi marido no se ha muerto, pero mi proceso de desenamoramiento fue matar lo que de él habitaba en mí. Como decía Guillermo, el psicoanalista: “en el duelo por el amor, nos vamos encontrando con el cadáver todo el tiempo”. La muerte de mi hermana fue mi despertar a mi propia humanidad. Nadie te dice que tus hermanos van a morir, debería estar prohibido. De eso uno nunca se recupera del todo.

Ese veinte de mayo amputaron algo de mí, algo se ha ido. Lo escribo como una evidencia y no como un enunciado que busca compasión. Las tragedias pasan y al parecer, nos pasan a todas. Mi segundo nacimiento fue enfrentarme al dolor propio y al ajeno, también la certeza de que moriré (mos). Durante los años siguientes a la muerte de Laura, yo habité el silencio, rara vez hablaba de ella, no la mencionaba y sobretodo no vi sus fotografías. Me obsesioné con el budismo tibetano y con las respuestas que este me daba sobre el sentido de mi propia existencia frente a lo divino. Como socióloga de la UNAM que su primer amor fue el marxismo, fue casi una traición.

Ese día planeaba mi regreso a Ciudad de México, mi casi hermano me llamó al número celular que tenía cuando vivía en Colombia. Dijo palabras que se han repetido infinitas en mi mente: “Los médicos dicen que le quedan unas horas”. Laura vivió con Lupus por más de veinte años, en ese tiempo siempre estuvo al filo de la muerte. La enfermedad desgastó su cuerpo hasta dejarla con la mitad inmóvil y necesitada de los otros para alimentarse, limpiarse, moverse. Aun así, siempre reía, me abrazaba con un solo brazo acercándome a su pecho, yo me acomodaba a su lado. Ese siempre será para mí un lugar feliz.

Sólo quedaban unas horas. Llamé a mi amiga Cristi para avisarles que, después de casi cinco años en Colombia, me iba y no creía regresar. También avisé a Andros y Tina las razones de mi apresurado regreso a Ciudad de México, y les pedí que cuidarán a mi mamá. Por muchas razones me volví feminista, una fundamental es por el amor de las mujeres de mi vida. Al intentar pagar mi boleto de avión, los fondos para un viaje tan apresurado se hicieron insuficientes, como migrante no podía tener una tarjeta de crédito en aquel país. Eso se volvía una verdadera pesadilla, así que tuve que llamarle a Gabriel. Él arregló todo para que yo viajará y poder despedirme de mi hermana. Creo que nunca le agradecí lo que hizo y la forma generosa en que lo hizo. Si llegas a encontrar este texto, entenderás que no era necesario escribir lo que ya sabes.

Llegué acompañada de Dani al aeropuerto de Medellín. Los aeropuertos están llenos de despedidas. No recuerdo nada de esa primera parte del viaje que tenía de escala Bogotá. Al aterrizar, como buena vegetariana en crisis, fui directamente a comprar una hamburguesa con doble carne de “El corral”. Una segunda llamada entró a mi celular, escuché una voz cortada que contenía el llanto: “Laura acaba de morir”. Inmediatamente pregunté si podía hablar con mi mamá, ella tomó el teléfono y me dijo: “ya está descansando”.  Le pregunté sí estaba bien y le dije que llegaba en cinco horas.  Me paré y dejé la hamburguesa con doble carne en combo.  Empecé a caminar y la culpa se apoderó de mi cuerpo. Me puse a llorar y en mi cabeza le pedía perdón a mi hermana por no poder llegar a despedirme. Una mujer se acercó y preguntó si estaba bien. Yo le dije que no, que mi hermana acababa de morir. Me miró y me abrazó (esto pasó en el 2015, cuando todavía nos podíamos abrazar). Abordé el avión que volaba de Bogotá a Ciudad de México, me esperaba un asiento en primera clase (por primera vez en mi vida). No comí nada, solo le pedí a la señorita que no dejara vaciar la copa de vino. Hubo un momento en que me quedé dormida y me despertó el aviso de descenso a mi ciudad. Caminé y llegué a la fila de entrega de las maletas, me parecía eterna. Yo quería dejar todo y salir corriendo al funeral. Cuando vi mi maleta naranja sentí un poco de paz. Mi amiga Azu me esperaba para llevarme con mi familia. Habló conmigo, me preguntó cómo me sentía y me dijo que tenía que comer bien, que estaba muy flaca. Recuerdo pocas cosas de mi llegada al funeral, sólo haber visto a mi mamá, mis hermanos, mi familia y a mis amigos. Eran tantas personas sosteniéndonos. Me sentí tan sedada, el tiempo se alargaba. Recuerdo sentirme en algunos momentos enojada, otros, desesperada, y reír con algunas acciones que la gente cercana a mí cometía con genuina torpeza. Tomé un momento para salir a la calle, caminando por General Prim, en el cielo aconteció algo para mi inexplicable. Ahora sé que se llama halo solar y es un círculo obscuro que rodea al sol. Me gusta pensar que mi hermana me trajo de regreso a casa y ese fue su adiós.

Los dos años siguientes tuve que lidiar con los ataques de ansiedad, con el regreso a una ciudad que no se parecía a la que añoraba, con el lugar al que ya no pertenecía en mi familia y con los que ahora sé, han sido los peores trabajos que he tenido en la vida. Desde éste otro lado reconozco que estuve en lugares muy oscuros.

Estoy leyendo lo escrito y pienso que esta historia también se podría llamar, el amor de mis amigas. Ayer fue mi cumpleaños, mi conclusión sobre mí misma es que me he vuelto muy dura y que en mí habita un carnaval de emociones. Quiero cerrar el texto con una cita de Graciela Hierro a May Sarton “Gracias al feminismo afirmamos (…): El corazón roto, pero la vida intacta”

 

Autora: Liliana Ramírez Ruiz es socióloga, maestra y aprendiz de boxeadora.

Ilustración de: tomada del libro “El árbol rojo” de Shaun Tan

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