Lupita y Telma

Al llegar a su casa, Lauro fue recibido por Negro y Telma. El primero fue un regalo para que dejara de insistir con los bebés; la segunda, su favorita, la recogió de la calle un día lluvioso.  Lauro vio a los perros y notó que tenían los hocicos rojos. Le llegó el olor a sangre.

Recordó la bolsa con las vísceras que había dejado un día antes en el fregadero. Al entrar a la casa vio el piso de la cocina y de la sala cubierto de sangre. Intentó no manchar sus zapatos blancos, pero fue inútil, varias gotas cayeron sobre ellos.

Subió a su cuarto, se puso las botas de plástico para la lluvia y bajó a apagarle a los frijoles. Sacó la carne del refrigerador. La volvió a enjuagar, el olor no le gustaba así que mantuvo las piezas debajo del agua por mucho tiempo hasta que estuvo conforme. Tomó la olla exprés, agua y puso la carne a cocer. Media hora y el guisado estaría listo.

Amarró a Negro y Telma en el patio y se dispuso a limpiar. Se puso unos guantes de plástico rojos y metió las vísceras en una bolsa que se veía más resistente. Esta vez no las dejaría por ahí, apenas oscureciera, las tiraría en la alcantarilla que estaba frente a su casa.

Trapeó más de tres veces, según él el olor no dejaba de percibirse. Terminó, abrió las ventanas y salió a ver a sus perros que no dejaban de ladrar.

Antes de desamarrarlos les lavó el hocico con chorros de agua. La sangre ya se había secado.

——¡Sucios no los quiero! Esto les pasa por traviesos, ¿quién les dijo que sacaran la basura de la bolsa, si ahorita les voy a dar caldito con tortillas? ¡Desesperados! —gritó Lauro.

El sonido de la olla exprés detuvo el baño improvisado de los perros. Se metió, le apagó a la estufa y regresó.

Terminó de limpiarlos y los soltó.

Los perros se fueron a sacudir en el patio y a revolcarse en la tierra.

Lauro regresó a la cocina. Tomó unas tortillas duras y las metió en una bandeja grande, después tomó el caldo y lo vació.

Telma y Negro lo rodearon. No dejaban de saltar, estaban hambrientos. Lauro levantó la bandeja. Telma se le aventó, Lauro chocó con el refrigerador, por un momento perdió el equilibrio, se apresuró a servirles en el patio.

Mientras ellos comían escuchó un alboroto, al entrar a la casa vio como la puerta del refrigerador estaba abierta, en el piso: el tronco, los brazos y los senos de Lupita se encontraban regados. Tomó las piezas y las puso en el fregadero; apestaban, llevaban tres días guardadas. Comenzó a enjuagarlas.

Mientras lavaba recordó que el guisado de las manitas con los frijoles estaría listo, pensó en su gorda, su Lupita. Ella en la sala, en la cocina, afuera tendiendo su ropa, penetrándola en el baño, en su cama.

Una vez que terminó, cortó finamente las piezas para meterlas en recipientes pequeños. Mientras segueteaba el antebrazo, éste se le cayó. Telma lo tomó y se lo llevó al jardín. Lauro salió tras ella. Negro los siguió, intentó quitarle la pieza a Telma, pero esta le gruñó.

—¡Telma, deja eso! Ya te di de comer. ¡Suelta eso! ¡Obedece!

La perra lo ignoró, no dejaba de mirar fijamente a Negro y a su dueño. Su hocico volvió a ser rojo.

Lauro le gritó una vez más.

—¡Deja eso, pinche perra! No me hagas enojar, hija de la chingada.

La perra lanzó un gruñido sin soltar la pieza. Negro intentó acercársele. Telma se distrajo. Lauro aprovechó para darle varios golpes en la cabeza con una pala hasta que la perra cayó al piso. Al verla débil, se le acercó y comenzó a patearla con fuerza. Negro, al ver lo que ocurría, por un momento le ladró, pero después se echó a correr.

Lauro tomó el brazo de Lupita y comenzó a lavarlo. Al disponerse a cortarlo, tocaron a la puerta.

Se mantuvo inmóvil, pensó que, si no escuchaban ruido, se irían. Negro comenzó a ladrar. Los golpes en el zaguán eran más fuertes, parecía que querían tirarlo.

Lauro puso trapos mojados sobre la carne, se enjuagó las manos, cerró la puerta y cubrió el cuerpo de Telma con una bolsa de plástico, de esas que se usan para la basura. Intentó amarrar a Negro, pero este no se dejó.

—¿Quién es?

—Buenas tardes —dijo un hombre—. Se encuentra la señora Guadalupe Ortiz Suarez.

—No se encuentra, ¿quién la busca?

—¿Es usted su esposo?

Al mirar por la rendija Lauro vio que era una patrulla.

—Sí, ¿qué desea?

—Soy Ana —interrumpió una mujer—. Abre, sé que tienes encerrada a mi hermana, ella siempre se comunica conmigo y no sé nada de ella desde hace una semana. ¡Abre, hijo de la chingada!

—No está aquí. No sé con quién se fue.

—Señor, tenemos una orden para revisar la casa.

—¿Por qué?

—Señor, abra.

Lauro abrió la puerta. Los policías lo hicieron a un lado y entraron, encontraron el guisado de frijoles, la carne sobre el fregadero, la bolsa de vísceras en la vitrina, el cuerpo de Telma.

Lauro fue detenido. Al dar su declaración dijo: La maté por loca, le vi unos mensajes con el de la cremería. La muy puta pensó que no me enteraría.

El investigador interrumpió.

— ¿Y por qué la mató e intentó comérsela?

Lauro tardó en contestar.

—Ella era mi mujer, fue elegida por Diosito para mí. Ella solo tenía que ser buena. Ella me traicionó. Además, no podía dejarla por ahí que se la comieran los gusanos.

 

Autora: Mary Sanlópez, México (1988), es historiadora, profesora y entusiasta de la escritura.

Ilustración de: Alba Imedio C.

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