Infancia

I

Papá sabía que los días nublados
escasos en el desierto,
me volvían sensible,
por eso le ganaba al gallo.

Cargaba con lo necesario el auto
para cuando yo despertara.
¡Vamos hija!, observemos el desierto
hay que ir tras los conejos.

Lleva tu costalito para la recolección de piedras,
de damiana
no olvides una caja para las jícamas,
y date prisa;
no te quedes dormida ahora que hay vida.

 

II

Escucho sus pasos en el pasillo
llama a mi puerta, despacio;
mientras yo peino mis rizos
parada frente a la ventana viendo el mar.

Viendo cómo las nubes se reflejan en él,
y él, siendo tan recio se vuelve noble,
adopta el color gris del cielo,
se menea en el vaivén de su hamaca cristalina que lo vuelve luminoso.

¡Hija, ya es hora! ¡Debemos partir!
Me apresuro.
Mis ojos negros se reflejan en el cristal de la ventana
entonces la abro, dejo que la fresca mañana entre, me invite
y termine de convencerme
que allá afuera hay un universo precioso
pero no es de muñecas.

 

 

III

Me apresuro.
Tomo una caja de zapatos que guardo bajo la cama
la abro para cerciorarme
que adentro se encuentre el costalito
doblado en cuatro partes
como lo dejé la última vez,
el último día nublado
ocho meses atrás.

La tomo, la abrazo,
de nuevo me paro frente a la ventana
mientras mantengo la caja
junto a mi pecho agitado.

Me cercioro que el sol no haya salido
pero las nubles no lo dejan, se aferran
las veo tomarse de las manos haciendo un muro.

 

 

IV

Salgo corriendo para subirme al auto
no me despido de mamá
ella sabe,
sabe que me gusta salir con papá
que amo el desierto.

Sé que ella ya ha despertado
que se coloca los tubos en su cabello para hacerlo ondulado;
mientras ella se ondula,
mi padre y yo recorreremos la tierra esponjosa;
seguramente encontraremos una nueva aventura.

Cierro la puerta del auto
él tira la palanca en reversa
las ventanas de la casa se despiden
al tiempo que mis coletas, se mueven como resortes negros sobre mis hombros.

 

 

V

Mi padre me deja bajar el cristal
–siempre me da permiso de hacerlo –
me zampo el aire fresco
dejamos atrás el pueblo mientras las nubes nos persiguen.

Qué bonito es el desierto
qué bonitos son los días nublados;
mis pensamientos tan diversos en esas mañanas
pensamientos de niña
de magia, y aventuras.

El auto se detiene
observo a papá con una sonrisa dibujada en su rostro.
¡Llegamos!
Abro la puerta, me bajo, al instante corro abriendo los brazos
no veo conejos.
¡Con cuidado!
Recuerda que es temporada de víboras.

Él se baja con su rifle colgado a la espalda, por si acaso.
Me olvido de la caja, del costalito, me dedico a recolectar piedras
las voy seleccionando y guardando en las bolsas de mi chaleco.
¡No te alejes!
No, papá, te sigo viendo.

Me siento sobre una piedra grande,
ovalada;
respiro.
Qué mundo, qué mañana, qué vida.

No sé cuánto tiempo ha pasado;
papá se me perdió entre los matorrales,
escucho un tronido.

Aparece de pronto con una víbora colgada al hombro;
me muestra el cascabel.
¡Salió de improviso!
Tuve qué disparar antes que me mordiera,
son rápidas.

No entiendo mucho, pero tomo el cascabel y lo guardo en mi chaleco
en la bolsa interior.
Así son los días nublados en el desierto
es el verano;
así soy, siendo niña.

 

VI

Después que mi padre partió;
nadie me llevó a ver el mundo en los días escasos;
he permanecido en cuatro paredes desde entonces.
Me da miedo salir sola;
no encuentro el sabor de la mañana
y la frescura del aire.

Intento dar un paso después de la puerta, y me regreso;
quiero salir tras los conejos
recolectar piedras
pintar el desierto de mil colores
quiero ser nube.

 

VII

Ahora tengo casi cincuenta años
no hay caja de zapatos bajo mi cama;
me cercioro, por si acaso.

Se extinguió el compañero para salir a observar el desierto
el cielo gris
aquí no hay nadie.

Me asomo por mi ventana
desvelada por los insomnios porfiados
veo un pedazo de cielo
forrado de nubes tristes, confundidas
todas llorando, quedito.

Mi padre ya no sabe si el día está nublado
o quizá él ha conspirado con las nubes,
para que yo evoque
los días escasos en el desierto.

Observo afortunada,
una caja sobre la mesa de centro
es de mármol;
en ella se encuentran las aventuras
en ella reposan sus cenizas.

 

 

Autora: Nora Patricia Aguilar Soto. Nació en San Isidro, municipio de Comondú, pero vivió su infancia en San Juanico, un pequeño pueblo de pescadores ubicado en la costa del pacífico en Baja California Sur. Actualmente radica en la ciudad de La Paz, en el mismo estado. Maestra de arte y promotora de lectura. Pertenece al Programa Nacional de Salas de Lectura. Autora de los libros: El último crimen, Relatos de muerte, y próximamente se publicará su primer poemario: Desierto

Coordinadora y editora de los proyectos de escritura creativa con niños y jóvenes: Imagino, escribo y me divierto, con una publicación de cuentos. Leer para construir, con cuatro publicaciones de cuentos breves. Los creadores que juegan, con dos publicaciones artesanales de comics. Forma parte de la Asociación de escritores de Baja California Sur, fungiendo como tesorera. Ha participado en los encuentros internacionales: Bajo el asedio de los signos, en Sonora y 13 habitaciones propias, en Sinaloa. Sus textos se han publicado en la antología internacional, Bajo el asedio de los signos, La nueva cartografía poética de Baja California Sur, Cuadernos de la serpiente, en la revista local Del puerto, en la revista Timonel, en la revista digital, Botellalmar.

 

Ilustración de: © Snezhana Soosh

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