De Luto

A las ocho de la mañana de un domingo, Manuel sintió un fuerte dolor en el pecho. Su esposa Teresa lo sostuvo entre sus brazos, pero el peso la obligó a acostarlo en la banqueta.

Cuando los primeros auxilios llegaron, no había nada más que hacer. Seguido por el engorroso proceso administrativo que marca la ley. El médico legista expidió un certificado de defunción.  La vida de Manuel Portillo se apagó en silencio, sin apenas un suspiro. No se despidió.

Las hijas aún dormían. Descansaban en Ciudad Juárez. Rebeca contestó el teléfono, era su madre. Tan pronto como colgó la llamada, como un balde de agua fría, transmitió el mensaje a su hermana menor. Directa y concisa explicó: -Mi papá se murió. Un silencio sobrecogedor invadió la sala -Un infarto- Dijo Rebeca. Un fantasma silencioso le detuvo el corazón. Fulminante, despiadado, agresivo, ladrón. Ese fue el principio del peor año que recordaría la familia Portillo.

Lo primero que se tenía que hacer era trasladar el cuerpo vía aérea, desde Guanajuato hacia Chihuahua. De ahí el traslado por tierra para Camargo, para velarlo en la funeraria Perches y el respectivo entierro programado al siguiente día. Una vez reunidos los cinco hijos y la viuda, acordaron descansar en la casa del Rancho. ¡Qué cansancio sintieron! Molidos por el viaje en carretera, con miedo y tristeza, estaban como hormigas dispersas.

En la funeraria se encontraron con gente que no veían desde hace muchos años. Pero si algo faltó, fue protocolo. La mayoría de los asistentes estaban borrachos. La reunión se convirtió en una “peda amarga” bittersweet.

El más borracho de todos fue el hijo mayor, Isidro. Lencho y Chalo, sus facilitadores, le estaban dando cuerda hasta que comenzó a vomitar.  Por su parte, la menor de los hijos, Luz Elena, en aquel tiempo estaba en tratamiento por ansiedad y depresión; por iniciativa propia triplicó la dosis recomendada, acompañando sus pastillas con más alcohol del que un vikingo puede tolerar, y de ahí ya no pudo recordar nada más. Su primer episodio disociativo como reacción a la situación. Hacía un escándalo, pero nadie estaba de ánimo para callarla. Después del entierro no hubo recuerdos claros. Lo que no se le olvida es la sensación de estar perdidos. La emoción, tristeza. Impotencia y muchas ganas de devolver el estómago.

Al día siguiente, después de misa, lo sepultaron en el modesto panteón municipal. Se vieron caras que no habían visto el día anterior. A la viuda la acompañaron sus hermanos Lipe y Anita, una sobrina, Ana María, y también su compadre David, todos ellos llegaron desde Ensenada. También estaban amigos de Isidro y José, compañeros del trabajo y algunos vecinos.

Al morir, Manuel se llevó a la tumba su magia y buenas intenciones. Desprevenido por la idea de que la muerte llega ya de viejos y que siempre hay tiempo, olvidó hacer el testamento.

Lo más cercano a testamento fue un papelito del tamaño de un cuarto de hoja de cuaderno con un plan de sucesión:

El racho: Isidro
Casa de Panorámico: José
Casa del centro: Laura
Casa chiquita: Luz
Casa de Ensenada: Rebeca
Y la casa en la colonia las Águilas: es de Tere

Aunque no eran los únicos bienes sucesorios, era un tema moral más que legal. Por esta situación toda suerte de criaturas carroñeras, tomaron por costumbre dejarse caer por la vivienda de los Portillo a mencionar que “justo antes de morir” habían hecho tratos con el ingeniero Portillo, dando paso a amenazas, y estas con el tiempo a los invasores.

De momento no había coraje ni capital para recorrer el camino legal correspondiente. Las propiedades que estaban debidamente escrituradas estaban a salvo y, las que no, era cuestión de suerte o tiempo si se perdían o se arreglaban. Era lo de menos. El patriarca había muerto y ninguno de sus deudos estaba preparado para lo que venía.

Los mejores amigos, los compadres, el abogado de confianza y hasta familiares; todos sacaban un documento o suscripción de deuda impagada. La lista de amigos y aquellos que alguna vez fueron benefactores o protegidos por Manuel Portillo, se apartaron.

 

Autora: Luz Elena Portillo. Nació en Chihuahua, es abogada, mamá de una niña de 8, y apasionada de técnicas de meditación.

 

 

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