Madrid y ella

No sé cuántas veces me caí esa noche, pero creo que nunca había sido tan consciente de mis isquiones, esos huesos que posamos sobre la silla y que duelen cuando nos caemos de sentón.

Se nos hizo tarde para llegar al “botellón”, así le decían los españoles a lo que en México llamamos el pre-copeo. Tomar en la vía pública era una falta administrativa, pero la Guardia Civil era tolerante con los grupos de jóvenes que tomaban a cierta hora y en ciertos lugares sin provocar problemas. Esa noche nos reuniríamos con los demás cerca de la estación Puerta de Atocha, llevaríamos alcohol comprado en el supermercado y beberíamos un rato para llegar al antro ya con la fiesta encima y no gastar demasiado en tragos.

Ella y yo nos pasamos horas arreglándonos, tomando sangría y cantando La chica ye-ye en nuestra habitación compartida. Llegamos al botellón pasadas las once de la noche con un Torres 10 y una Coca-Cola de un litro, apenas les habíamos bajado un chorrito cuando llegó el momento de caminar al lugar donde pasaríamos la noche bailando. Yo traía una bolsa grande, así que tiramos la mitad del refresco, llenamos la botella con el brandy y cruzamos los dedos para que el cadenero no se asomara a mi bolsa. El lugar era un antiguo teatro convertido en discoteca, estaba ubicado en una zona turística y la fila para entrar era larguísima. Nosotras íbamos en un grupo grande, así que sólo revisaron bien a los hombres y las chicas pasamos sin mayores trámites. Había funcionado.

Todavía hicimos una parada en la barra y pedimos la “consumición” incluida en el precio de la entrada. Elegimos vodka, y cuando se acabó rellenamos esos mismos vasos varias veces con la mezcla que habíamos metido a escondidas. Era cuestión de destapar la botella, inclinar la bolsa y dejar caer el líquido en los vasos. Algunos chicos que bailaban cerca se dieron cuenta, pero nadie dijo nada.

Estaba llenísimo, nos unimos a una multitud que saltaba con la música electrónica mientras las gotas de sudor nos escurrían por la frente hacia el cuello y luego entre los senos hasta el ombligo.

El alcohol fue haciendo efecto poco a poco, estaba en mi etapa de euforia cuando alguien se le acercó y abrió el puño para mostrarle unas pastillas pequeñas, ella me miró y yo negué con la cabeza, cualquier cosa que no fuera mariguana me daba miedo, así que sólo seguimos tomando brandy con refresco.

Saltos, balanceo, brazos estirándose hacia el techo, torsos retorciéndose, caderas chocando. Cerraba los ojos por instantes para sentir la música latiéndome en el pecho y al abrirlos la encontraba a ella con su sonrisa grandísima. Estábamos de intercambio en otro país y experimentábamos una libertad total que nunca habíamos tenido.

Ella consideraba que el DJ tenía “aire de vikingo” y quería verlo más de cerca, así que nos internamos en la masa humana y avanzamos lentamente hasta que estuvimos al pie del escenario. Seguimos bailando, pero yo empezaba a perder control de mi cuerpo, me movía un poco, perdía el equilibro y me caía hacia atrás; me levantaba, volvía a agarrar ritmo y caía al suelo de nuevo. La botella de mi bolsa estaba vacía y yo ya no podía enfocar.

En una de las caídas, un chico me tomó del brazo para ayudarme a levantar, y ella rápidamente se acercó para tomarme del otro. No pasó mucho tiempo antes de que un hombre musculoso con playera negra apareciera para tomarnos a las dos por la cintura y levantarnos para sacarnos del lugar prácticamente cargando. Exigimos nuestros abrigos, así que el musculoso hizo una parada en el guardarropa y luego nos plantó en la banqueta. Nos caímos otra vez y nos botamos de risa.

Alguien nos consiguió un taxi, en el camino me recosté en sus piernas, pero el miedo de que el taxista nos secuestrara me obligó a incorporarme nuevamente para leer todos los letreros. Lo último que recuerdo nítidamente es que nos carcajeamos porque subí las escaleras a gatas.

Me fui a la cama sin cambiarme la ropa. La almohada bajo mi cabeza se sentía igual que el aire caliente y acolchonado que me rodeaba en el antro. Me quedé dormida pensando en el baile y en esa sensación desconocida que me recorrió la espina cuando el dorso de su mano me rozó la cadera por casualidad.

Tuve un sueño vívido en el que me vi desnuda, metida en su cama individual y quitándole los aretes para ponerlos en el buró porque me había contado que, cuando era niña, su mamá la regañaba constantemente por perder los aretes. Sentí su saliva caliente en mi cuello y sus manos confiadas recorriéndome la espalda, el apretón en las nalgas me revivió una punzada de dolor que me hizo quejarme. Su lengua también me hizo quejarme. Volví a retorcerme y a sudar como cuando estábamos bailando.

El sonido de la aspiradora me obligó a dejar la cama, salíamos en jueves porque era más barato, la desventaja era que al otro día no podíamos dormir más allá de las diez porque tocaba hacer limpieza.

Me dirigí a la cocina y me serví un gran vaso de jugo de naranja igual al que ella tenía sobre la mesa del desayunador. Al sentarme se me escapó un leve quejido cuando sentí mis isquiones. Ella sonrió.

–¿Todavía te duele?

 

Autora: Violeta Cruz

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