Mi cuerpo normado y su enemiga

Para un cuerpo normado la palabra diversidad es una inducción directa al coma. Golpea fuerte. Cada latido de las letras que la componen lo torturan y paralizan hasta llevarlo a desangrar sus expectativas y creencias. Muerte y cambio. Pese a su resistencia, tarde o temprano, el cuerpo normado se aborta a sí mismo, quedando desnudo entre cuervos de mil colores.

Pero, cuál es la razón de dicha escena del crimen. ¿A caso el cuerpo normado es el aceite y la palabra diversidad el agua, y por ello entran constantemente al cuadrilátero de los “chingadazos”? Como siempre digo: vivir en la pregunta es resistir a las respuestas dichas por los otros, es buscarles autonomía a los propios cuestionamientos.

Soy Paulina ante el INE, Pachuxz para el barrio, Pachita para mi madre; una gran variedad de lo que dicen y digo, de lo que callan y callo, de lo que conocen o simplemente reconocen. Para no caer en un estanque de aguas negras, decidí refugiar mi “Soy” en el arcoíris de la peleonera palabra “diversidad”.

Soy honesta, no ha sido nada fácil, más cuando te han obligado a reproducir, respirar, soñar, reír y gozar con un cuerpo normado. Qué tradición tan traicionera. Antes, dialogaba con mi espejo rosa, me pasaba lunas y soles reafirmando la victoria del egoísta y limitado reflejo al que me hacían esclavizarme. Recordar la expectativa adoptada, el lenguaje humillante y opresor de cada “sé esto”, “te toca esto”, “toma esto”, “huele, traga, haz, contempla”, “ofrece esto”, me pone muy rabiosa. Y cómo no, si le despellejan los sueños a tu piel, sus deseos de sentir y oler el viento con su propio gusto.

No abrirles una ventana a nuestros deseos nos produce una peligrosa humedad que va pudriendo poco a poco nuestras raíces hasta quedar incapacitadas de retoñar en su tierra.

Por fortuna, un buen día un asteroide cayó sobre mi “sabelotodo” espejo rosa. Al principio el miedo de no tener más su seguro reflejo, como siempre me lo hizo sentir, me llevó al caos. A mi cuerpo normado no le importaba nada, él exigía su dosis de justicia patriarcal. Qué tormentoso y pesado fue, seguro desperté su ira, pues una noche, acalambrada entre desvelos y dudas, sintiéndome inservible y estúpida llegó su peor enemiga, la palabra diversidad.

Con un aroma a vida, bella y airosa, ésta me tomó de la mano y, al menor descuido me metió un pellizco en el brazo. Me dijo:

“Nada de lo que esté más allá de tu piel te pertenece.
Ni las medias ni los tacones de tu madre.
Ni la sal ni la pimienta de sus sazonadas tradiciones.
Ni el cinturón ni la vara con la que te amenazan.
Nada, absolutamente nada fuera de ti merece moldear tu carne sin antes decidirlo.”

Cada una de sus revelaciones fueron el limón que salvó a la herida de la pudrición. Nunca algo me había convencido tanto sin ser esa su intención. Vivir la vida en términos propios, sin importar lo inadecuados e incoherentes que resulten para aquello que existe más allá de tu piel, es la justicia que merecemos ante las traiciones a las que nos someten después de cortarnos el cordón umbilical.

Fue así como el muro de esperanzas limitadas cayó. Me atreví a reconocerme conflicto, posibilidad y puente, a permitirme tener empatía con mi cuerpo normado. Porque si algo nos merecemos, es tiempo para desnormalizarnos con ritmo suave.

En ocasiones me confundo e irrito, pero siempre está la compañera diversidad ofreciéndole a mi escala de grises un nuevo color. Arrebatándole a las normas el canto de mi cuerpo.

 

Autora: Paulina Cruz, una mujer envuelta en su propio deseo de ser más de lo que su barrio creía. Fotógrafa y artista de sus estrabismos y miopías.

Ilustración de Ana Santos

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