Abolir las etiquetas, una utopía realizable

Vivimos en una lucha constante con nuestra proveniencia. Contrario a lo que nos han hecho creer, no somos seres fijos, estamos reinventando constantemente nuestra “naturaleza”, explotando nuestra capacidad de salir de lo que supuestamente es nuestra naturalidad para crearnos a nosotras mismas.

Crecimos en un sistema dominado por el patriarcado, que nos colonizó para comportarnos acorde a la heteronormatividad.  La creencia es que en la naturaleza únicamente existen hombres y mujeres, las prácticas reproductivas son entre éstos, y, por ende, “lo natural” es que una mujer sienta atracción sexual / afectiva por un hombre, y viceversa.

Desde esa lógica, el patriarcado arbitrariamente, ha fijado identidades, que, a su vez, son jerárquicas y binarias; enseñándonos que no podemos conectar con aquello que está fuera de su lógica porque también está fuera de mí.

No toleramos lo ambigüo, se vuelve molesto lo que no entendemos. Nuestra incapacidad de entender la otredad, nos ha llevado aferrarnos a categorizar al otro para traducirlo, definirlo, clasificarlo para entenderlo, en otras palabras:  colonizamos al otro para encuadrarlo a nuestra lógica y entenderlo a nuestro capricho. ¿Por qué le tenemos miedo a la diversidad? ¿Por qué tengo que dominar para reconocer? ¿Por qué no podemos aceptar al otro en su otredad?  ¿por qué no sólo reconocemos y celebramos su singularidad?

Estamos automatizados para rechazar lo que no entra en nuestra identidad heteronormada.  Si bien, el sexo es una realidad biológica que no podemos negar, la pregunta es ¿la heterosexualidad es lo “natural”? ¿nacemos siendo heterosexuales?

La heterosexualidad no es lo natural y la diversidad de orientaciones sexuales tampoco es la otredad.  Johathan David Roughgarden, profesora del Departamento de Biología de la Universidad de Stanford, sostiene que, para la biología, las personas con sexualidad diversa son defectuosas, pero que lo defectuoso es la biología, lo que la llevó a realizar una investigación sobre la amplia variación de la sexualidad, materializado en el libro “El arcoíris de la evolución”.

Johathan, a lo largo de su investigación, describe la existencia de múltiples tipos de macho en el reino animal, sustituyendo la teoría de Darwin, en la que todos los machos son de un solo tipo y las hembras de otro, a su vez,  explica la existencia de apareamientos entre animales del mismo sexo (como el caso de lo elefantes o bonobo), la existencia de más de trescientas especies de vertebrados en que las relaciones sexuales entre el mismo sexo ha sido observada en la naturaleza, pero no sólo sexual, también demuestra la existencia de intimidad física y comportamientos que son forma de intercambios de placer físico.  Propone que la razón de ésto, es la existencia de un mecanismo de unión y colaboración entre individuos, y cuando los individuos intiman físicamente entre sí, son capaces de coordinar sus actividades y trabajar hacia un objetivo común porque experimentan placer mutuo en alcanzar ese objetivo común.  La consecuencia de ese objetivo común es lo que hace placentero estas interacciones íntimas.   A la luz de todo su estudio, la idea de la selección sexual de Darwin, parece casi absurda, incorrecta e irrelevante, ya que no aborda la existencia de la diversidad sexual que existe en la naturaleza.

John Austin en su texto “Cómo hacer cosas con palabras: palabras y accciones”, propone la noción de performatividad lingüística, que consiste en que cada vez que se emite un enunciado se realizan al mismo tiempo acciones y/o cosas en la realidad, el sólo hecho de ser pronunciadas las palabras (en ciertas circunstancias) realizan una acción.

La teoría de John Austin inspiró a grandes feministas como Judith Butler, Paul B. Preciado y Gabriela Castellanos Llanos, entre otras. Judith Butler afirma que las etiquetas por orientación sexual y expresión de género son el resultado de una construcción social, histórica y cultural, por lo que, no existen papeles sexuales o roles de género esencial o biológicamente inscritos en la naturaleza, para esta teoría las siglas de la comunidad LGBTTTIQA+ es el resultado de la producción de una red de dispositivos de poder que se explican desde el género, es decir, una producción social.

Gabriela Castellanos en su libro “Textos y prácticas de género” sostiene: “No tenemos una identidad fija e innata, sino que ponemos en juego una identidad cuando realizamos determinados actos de habla… Lo humano es precisamente la posibilidad de innovar identidades en distintos momentos a partir de cierto repertorio más o menos estable y al mismo tiempo más o menos fluctuante a lo largo de la vida”.

La teoría del arcoíris de la evolución y las aportaciones de Judith Butler, Paul B. Preciado y Gabriela Castellanos refuerzan que el patriarcado ha fijado la identidad heterosexual como mecanismo de operación. Desde el juego de la tolerancia, aquellos que no se identifican con la heterosexualidad, los hemos clasificado como homosexuales (lesbianas y gays), bisexuales, pansexuales, asexuales, etc.

Actualmente nos creemos tolerantes con la diversidad, con la otredad, pero la realidad es que la ambigüedad nos causa conflicto y nos incomoda; es curioso y preocupante, que precisamente el patriarcado juega con el papel de tolerancia y no de respeto al derecho a ser diferente. No entender lo diferente nos ha llevado a considerar lo “distinto” como lo debil, aquel que debo de dominar para comprenderlo, así juega nuestro enemigo en común. ¿Seguir clasificándonos por nuestros intercambios sexuales/afectivos realmente es una oposición a la heteronorma o sin querer la hemos fortalecido?

Considero que clasificar la otredad es un mecanismo del patriarcado y las etiquetas refuerzan/ representan nuestra incapacidad para reconocer y respetar el derecho a ser diferente.  Nuestra incapacidad, miedo a lo ambigüo y exigencia de diferencia de derechos (en lugar de derecho a la diferencia), se ve reflejada dentro de la propia comunidad LGBTTTIQA+ como endodiscriminación.  Dentro de la comunidad existen etiquetas como formas de rechazo a las personas que nos identificamos como bisexuales, por considerar que no podemos sentir atracción por ambos sexos, que debemos definir nuestra orientación a un solo sexo ¿por? Rechazo entre lesbianas y gays, entre gays y trans, bisexuales y pansexuales, y es un ciclo sin fin porque no toleramos que venga algo nuevo a sacarnos de nosotros mismos.

Estoy consciente que la finalidad de las siglas es representar a todas las personas que no nos identificamos con la hetosexualidad para incluirnos, visibilizarnos y defender nuestros derechos. Gracias a la lucha cada día tenenemos más visibilidad política, económica y social, y sé que aun hay mucho odio contra el que luchar.

Sin embargo, considero que las etiquetas son en si mismas normativas porque invisibilizan las subjetividades del otro.  Desde mi punto de vista, nuestra lucha por visibilizar, nos ha llevado (sin querer) a la misma idea de colonizar al otro para entenderlo, a fijar identidades, reforzando que somos incapaces de simplemente reconocer y respetar la subjetividad de la otredad. Las etiquetas refuerzan la lógica patriarcal, que la heterosexualidad es lo natural y lo que no entra en esa lógica, es la otredad, lo debil que hay que categorizar para entender y visibilizar, de otra manera, no es sujeto político dentro de la sociedad.  Estamos reforzando la diferencia de derechos, cuando la utopía es el derecho a la diferencia.

No somos accidente, no somos “lo otro”, somos seres humanos cambiantes y ambigüos. Hemos demostrado que romper la lógica es necesaria para evolucionar, sigamos enseñando que todo puede ser diferente. Existen tantas variaciones de ejercer la sexualidad como personas existen en el mundo.

Hoy me identifico como bisexual, pero la utopía es que algún día, seremos capaces de desindentificarnos y abolir las etiquetas para unificarnos como seres sexuales, de lo contrario, seguirá existiendo rechazo a la diversidad.  Hoy es una utopía, pero una utopía por la que vale la pena luchar.

¡El patriarcado se va a caer!

 

Autora: María Fernanda González Betancourt  (Ciudad de México, 1993). Licenciada en Derecho, egresada de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México (UNAM), litigio estratégico y defensora de derechos humanos. Fiel creyente de que, como abogada tiene la tarea de innovar y contribuir en criterios jurídicos que faciliten el acceso a la impartición de justicia en nuestro país. Bisexual, aprendiendo a ser feminista, luchando constantemente para erradicar mis conductas machistas. Apasionada, soñadora empedernida, amante del café,  el vino y el mar. Mujer decidida a experimentar lo que hasta hoy no me atrevía por miedo a no ser buena, como por ejemplo: escribir.

 

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