Tic, tac, tic, tac

Se acerca la aterradora fecha. Hoy tengo que decirte papá, el tiempo nada cambiará. Estaremos siempre juntos, todo el tiempo sin parar. Y no, no tuvimos tiempo. Te quiero más que a nadie, y cuando estoy a tu lado todo el miedo ya se va…

 

 

Los papás son un invento maravilloso siempre y cuando no sean abusadores, hayan abandonado a tu mamá, no se hayan ido por cigarros o se hayan ido al cielo.

Sentada en el columpio del patio trasero de la casa de mi tía, mi madre me dio la terrible noticia: Tu papi se fue al cielo. ¡Wtf! Por qué no me dices la verdad, cómo que se fue al cielo. Yo ya sé que se murió, diosas, si se lo llevaron en la ambulancia. Ya tengo 8 años, ya soy grande y puedo entender. ¿Cómo que se fue al cielo? O sea que va a regresar. Pensé que se había muerto. Desde que fueron a la escuela a recogerme tuve indicios de que algo raro pasaba, a partir de allí desarrollé una enorme facilidad para oler las mentiras. A partir de ese momento me pareció que todo mundo tenía un papá, menos yo. Qué fastidio. Además qué mala broma perder a un papá en una familia falocrática.

Viví su pérdida con un enorme enojo. Dicen que la manera en que vives el primer duelo, los vivirás todos a lo largo de tu vida. Eso lo aprendí en terapia cuarenta años después. Efectivamente así es, yo nunca me curé y hasta la fecha me sigo enojando.

Durante sus rosarios me sentaron de lejos, en las escaleras con alfombra amarilla de la casa de mis tíos del lado materno, en Azcapotzalco. Como tratando de esconderme de las miradas de profunda piedad de todos los asistentes.

Los domingos se convirtieron en paseos al panteón. Que viva el mal gusto. Qué mal gusto, de verdad, hacer días de campo en el pastito junto a la lápida. ¿Salir a pasear al panteón? Comprábamos flores y comíamos merengues. Ocasionalmente el domingo terminaba en Plaza Satélite.

En esa época aprendí a llorar en la regadera, majadera costumbre que conservo hasta la fecha.

Todo esto es más allá del patriarcado. Que cómo opera el patriarcado cuando el patriarca que se va y que sin querer abandona. Para mí sin comentarios. En realidad el patriarca deja enormes vacíos. Me sonaba tan hueca la palabra Papá que la fui llenando de recuerdos.

Pasan los días y se acerca la terrible fecha. Sin embargo agradezco cualquier pretexto para poder de lo que nunca antes había hablado. Nombrarlo sana el alma.

Viejo, mi querido viejo, ahora ya caminas lento, como perdonando el viento.

Un mes después fue mi primera comunión. Comimos tamales y atole de cajeta. Mi madre vestía de negro. No dejó de hacerlo hasta muchos años después. Yo no usé ropa negra hasta casi pasados los 30 años.

Recuerdo la primera visita al dentista, después de la irreparable pérdida. -Así dice la gente-. La dentista tuvo el mal tino de preguntar por qué ahora no nos acompañaba papá. Mi mamá rompió en llanto. La dentista pidió disculpas apenada mientras yo permanecía con la boca abierta, en el enorme sillón, mientras me anestesiaba. Yo sentía un golpe en el estómago cada vez que alguien preguntaba o siquiera lo nombraba. La palabra papá siempre resonaba impalpable para mí.

Ese mismo año tenía que hacer la manualidad del día del padre, creo que era un pisa papeles con bigotes. Y no tenía a quien dárselo. Otra vez me invadió la ira. Llegué y con toda mi furia aventé el horrendo objeto hecho con mis manos. A ver… esto a quién se lo doy ahora.

Papacito piernas largas. Odiaba ese anuncio estúpido que pasaba en la televisión porque me recordaba su pérdida.

Mi hermano mayor tomó el simbólico lugar de papá. En realidad no tan simbólico. Firmaba con incomodidad las boletas y daba permisos, tomando un papel que no le correspondía pero que mi madre sutilmente le imponía. Tengo la nada pálida idea de que el patriarcado lo encarnaba mejor mi mamá, que mi dulce y viejo papá. Imposible traicionar al patriarcado.

Mi padre no fue patriarcal. Solo cuando amenazó con coserme el suéter de la escuela para no perderlo. Luego amagó: nunca volvería a comprarme un sacapuntas por haber extraviado el de hermoso color naranja que desplegaba toda su tecnología para la época, con un depósito integrado para la viruta. Su amorosa pedagogía me hizo extremadamente cuidadosa con mis cosas, hasta la fecha.

Cuando estoy triste evoco ese dulce olor a tintorería de su ropa que me recuerda su imagen cansada de traje gris, su figura larga. Él ya había rebasado los 60 años. Las venas de sus manos saltadas y la piel de su cara un poco suelta. La felicidad que yo sentía subida en la cama para hacerle el nudo de corbata y ponerle el cinturón.

Hasta pasados los 30 años veía películas de papás e hijas y lloraba interminablemente.

Tic tac tic tac… Se acerca la pavorosa fecha. Ahora la ansiedad me carcome más. A quién voy a felicitar.

Ese papá me llevaba a su taller con olor a soldadura y me preparaba Tang de naranja mientras yo corría en el lodoso terreno. Me tomaba con su mano ruda y venosa por las calles de Niza hacia el Sanborns, para tomar el café con otros hombres entrajados. Ahí un día me compró un paquete reluciente con unas ropas para Barbie. Las botas altas negras, las medias rojas, que le quedaron, en realidad chicas a mi Mujer Biónica. Yo no tenía Barbie. Lo esperaba impaciente a la salida del deportivo al que me llevaba a los cursos de verano, antes de que fueran moda o algo casi casi obligado a donde llevar a los niños.

Mi papi me llevaba tempranito en domingo al puesto de periódicos en Tlaltelolco donde vivíamos. Recuerdo su paso junto a mí, yo vestida, más bien disfrazada, de gaucha con zapatillas negras de ballet, para comprar El Periodiquito del Excelsior, para leerlo con él durante el desayuno. Mi papi nunca fue mi héroe pero qué importante y feliz me hacía sentir. Me llevaba a andar en bici al Jardín donde habitaba el eco del kiosko de Santiago apóstol, lleno de flores rosas olor caramelo.

Comía conchas en la cena, sentado en la cabecera, sacudiéndose las migas del pan de las puntas de los dedos con suave ansiedad. Recuerdo su Valiant gris con rasposas vestiduras en las que me acostaba, cuan larga era, con la cara escondida en la vestidura oliente a polvo, a hablar con mi amigo imaginario Hormiguita, mientras él sudaba impaciente dentro del traje y la corbata. Sus manos tamborileando el volante. Impaciente, siempre impaciente.

Una tarde en ese largo pasillo del edificio Tamaulipas, jugando con mis vecinos, en medio de una trifulca grita Ana Bertha: No te quito tu muñeca en respeto por la muerte de  tu padre. Fue como una puñalada. Y escuché el tono en off de telenovela setentera. Yo dramática lloré tapándome la cara. Qué más podía hacer.

Cuando alguien muere siempre me he preguntado a donde va y dónde se queda. Y veo a mi papá desde arriba, viéndome. Se fue al cielo ¿no?.

A veces lo recuerdo en un sueño extrañísimo que tuve de niña, ofreciéndome flores marchitas y su traje gris.

La orfandad es un lugar común para las mujeres. Huérfana es un lugar común. Yo más bien fui huérfana en un lugar común. Construí otros recuerdos con él a partir de historias, dichos y fotografías, porque fue tan grande la pérdida que borré de tajo todos los recuerdos. En las comidas familiares nunca faltaba la pregunta. Pero ¿sí te acuerdas de tu papi? La respuesta siempre era hueca para mí. Terminaba contestando acorralada.

Solemne, hasta la fecha  siempre advierto a mis terapeutas de primera
vez que mi papá murió cuando yo era pequeña y nunca me repuse.

Con el paso del tiempo me refugié de su ausencia en relaciones con hombres protectores, que fácilmente se tornaban violentas. Yo quería desesperadamente un papá. No un papacito. Y entonces emprendí una carrera extenuante. Nunca me curé del abandono.

El papá ausente también educa. En mi cabeza oigo a Maná en off. Oye cu-cú papá se fue. Se escapó al viento. Nos dejó solitos.

Y como una mala broma de la vida el patriarcado me cargó vivir sin patriarca y subirme a una frenética y eterna búsqueda del padre.

Nunca me aplastó su mano. Nunca tuve que enfrentarme a él, ni por amor, ni mucho menos por rebeldía. Tampoco lo vi viejo ni envejecer. Y ¿entonces por qué me conmovía Piero? Siempre me quedé niña, para él y para mí. No es que hubiera sido un hombre maravilloso, aunque yo creo que sí, el asunto es que yo en realidad no lo conocí. Ni él a mí. No es que mi papá hubiera sido amoroso y perfecto, es en realidad que ni lo conocí ni lo sufrí. Tampoco yo tuve que ser un modelo de hija. Nunca tuve encontronazos con él, ni fui rebelde ni nada. Sólo fui niña. Algo lindo de haber perdido a mi papá es que siempre tuve un papá amoroso y sonriente. Quién sabe qué hubiera pasado si lo hubiera vivido de adulta.

Lo bueno de haber perdido a mi papá tan niña es que nunca tuve que ser rebelde con él, y siempre tendré intacto mi recuerdo de cría. Lo malo es que siempre fui Anita La Huerfanita.

Escucho en las noticias que por esta extraña circunstancia de pandemia, en esta ocasión no habrá día del Padre. Mi pobre alma descansa.

Siempre hay belleza en todas las tragedias: ninguno fue como él. Claro porque, en realidad, no lo conocí. No recuerdo haber sido nunca su princesa como ahora está de moda. La paternidad se luce, se adapta y se transforma. Tampoco fue mi héroe ni lo tuve que cuidar.

Lo bueno de haber perdido temprano a mi padre es que nunca lo veo encarnado en patriarcado. No, mi papi, no.  Mi papi no es el patriarcado. Mi papi solo es el papi de esa, mi niña de 7 años. Mi padre no encarna el patriarcado.

Unos nacen con estrella y otros nacen estrellados, eso dicen que decía mi padre. Y yo nací con estrella. Esto sin duda ha tenido una serie de ventajas, en esta vida no todo es pérdida. Todo tiene sus ganancias.

 

 

Autora:  Anilú Zavala Alonso (Ciudad de México, 1971). Mamá de Matías. Feminista. Consultora y tallerista especialista en género. Gestora cultural. Sus textos han sido publicados bajo el sello Eterno Femenino y han sido leídos en diversos espacios como el Palacio de Bellas Artes bajo Comuarte y otros recintos como el Museo del Pulque y el Centro Cultural Futurama. Ha incursionado en StandUp Feminista sobre el tema de Maternidades.

 

Un comentario en “Tic, tac, tic, tac

  1. Anilú, me encantó tu texto. Es muy conmovedor y profundo, al mismo tiempo divertido, aunque es muy triste de lo que hablas. Por cierto, cómo no pensar en las canciones a las que haces referencia. Gracias por tu honestidad. Te abrazo muy fuerte!

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