Crónica de una renuncia deseada

Diré que ahora poseo la capacidad negativa, esa de la que habló John Keats, la de existir en medio de incertidumbres, misterios y dudas sin una búsqueda irritable del hecho y la razón. Pero no siempre fue así, durante mucho tiempo viví entre inseguridades, oscilaciones y tinieblas con una exaltación permanente, en una exploración arrebatada, danzando en el caos a veces dado por la vida, a veces creado por mí. Hablo de los últimos diez años, donde lo más constante era el turbulento cambio. Dirán que como en toda existencia, pero me atrevo a decir que no, no como cualquiera. Cada historia es única.

Y a pesar de tanta sacudida, de una vida entregada al laberinto, el motivo para escribir esto es hablar de algo que pareció casi inmutable, no siempre agradable o provechoso, a lo que me aferré quizá por mera desesperación o búsqueda frustrada, y que hoy llega a su fin. Me refiero al trabajo al que acabo de renunciar. Nunca pensé que el cierre de un ciclo laborar me pusiera a escribir, pero creo que es indispensable hacerlo como ritual de clausura, de toda una etapa mía.

Hace dos semanas le avisé a quien fuese mi “jefe” (qué extraña palabra ¿no?) que ya no podría laborar más para él, para su portal de internet. Llamémosle así, “el portal”. La noticia le cayó como balde de agua fría, le incomodó un poco, me lo dijo, y después de eso me felicitó por el motivo. Una vez que me sentí medio liberada –pues aún quedaban dos semanas para entregar le cargo- comencé a comunicar a las personas más cercanas la decisión, la buena nueva. Algunas me felicitaron pues de cierta forma comprenden el gran paso, la libertad ansiada; otras simplemente ignoraron mi mensaje, y una que otra no entendió mi “euforia” pero se alegraron.

Cuando comuniqué el mensaje dije que llevaba seis o siete años en dicho trabajo, y que desde hace mucho quería dejarlo, pero no podía, y que por fin había llegado el momento. Durante las noches siguientes rondaban en mi mente tantos y tantos momentos en los que ese trabajo me acompañó. Y fue ahí que me di cuenta, no eran siete años, recordé perfectamente el día que fui a entrevista, es más, casi el día preciso en que vi el anuncio en el periódico y llamé, un 8 o 9 de septiembre de 2011: se solicitaba mujer que gustara de escribir. Hace nueve años, ¡nueve!, en el mero día de mi cumpleaños fui a ser entrevistada, un lunes 12 de septiembre de 2011.

En mi diario, el 06 de septiembre escribí sobre la desesperación de estar desempleada, igual que mi sobrina y hermana, las tres profesionistas recién egresadas y sin un peso. Luego la vida me sorprendió con una próxima entrevista para el día 12, cuando cumplía 25 años. Hoy después de tantos años releí esas páginas.

Recuerdo que ese día de cumpleaños amanecí cruda, exaltada, en la cama de quien era mi amante o pareja, después de una tarde de fiesta extrema en el patio de la casita de pocos muebles en la que vivía con mi hermana y sobrina. Esa fiesta fue un desastre, hubo peleas, robos, vómitos, acoso, caídas, amistades, profesores, ex amores, y todo terminó en una especie de tragedia u obra de teatro descompuesta. Luego me fui con él, desperté en su cama, me bañé en su casa y después me llevó a la mía para que me vistiera tipo trabajo, y me llevó a la entrevista que fue en una oficina frente al malecón de La Paz. Me contrataron. Y fue extraño, porque quien sería mi jefe me tenía un regalo de cumpleaños.

Como para el 20 de septiembre de ese año ya estaba en capacitación. El trabajo trataba de sacar a flote un proyecto de revista digital dirigida a personas universitarias, a su vez que un portal que fungiera como una base de datos para la promoción turística del estado.

Dicho proyecto se transformó mucho en estos años, la idea de revista “Universitarios” fracasó, y sólo quedó “el portal” de promoción del estado. Yo también cambié muchísimo en estos años. Nunca pensé llegar a donde estoy.

En estos nueve años he ido y venido. Y de alguna forma –quizá cuatro años después- acordé con quien fue mi jefe, que en cierto momento se transformó en mi amigo, trabajar a distancia, a veces sólo con pago simbólico. Les cuento.

A principios de 2012 terminé con ese amante-pareja con el cual pasé tantos momentos terribles y otros de locura total. En fin, además de la ruptura tuve que dejar La Paz y regresar a Los Mochis porque mi papá se vio envuelto en un problema legal, y yo era la única que parecía poder ayudarles. La tiendita de abarrotes con la que crecimos, lo que era el negocio de mi padre y madre por más de veintisiete años, les fue arrebatado por familiares que nos dañaron, acosaron y molestaron durante años (algunos continúan hasta la fecha). Sí, mi madre y padre perdieron su lugar de trabajo, así como la mitad del terreno donde vivíamos; un día amanecimos con una cerca de por medio, la habían puesto en la madrugada. Yo estuve un año intentando solucionar ese caso, visitando la procuraduría agraria, el ministerio público, despachos, abogados, la Comisión para la regularización de la tenencia y la tierra, la Unidad de transparencia del estado, las oficinas de catastro, y nunca pude lograr nada, sólo frustración, peleas, llantos, tristeza. El reconocimiento de que en este país la justicia sólo existe para quienes tienen contactos, amigos en la función pública, y dinero.

En ese tiempo yo realizaba el trabajo a distancia, escribía artículos, subía otros textos al portal, y en retribución mi jefe me pagaba el internet mensual y a veces me “prestaba” dinero.

A finales de 2012 conocí a alguien por internet, en una página de esas de citas, y me fui a vivir con él a León, Guanajuato. Ahí seguí “laborando” a distancia. Como las cosas no funcionaron con el hombre en cuestión, me regresé a Mochis, toqué tierra madre, y luego partí de nuevo a La Paz. Hablé con mi jefe y le pedí regresar a trabajar más en forma y recibir un sueldo “normal”. Aceptó. Ganaba $700 pesos a la semana, trabajaba de lunes a domingo. Algunos días de manera virtual y otros debía ir a la oficina. Claramente no me alcanzaba para una renta, no tenía dónde vivir, así que estuve varios meses –o más de un año quizá- en casa de una amiga, quien amable y cariñosamente me acogía como por tercera vez.

En 2013 inicié mi vida como profesora universitaria, casi por error, cubriendo una suplencia. Encontré en la docencia una gran pasión. Un exprofesor me contactó en otra universidad y pude entrar. Así que ese año impartía clases y a su vez continuaba con el trabajo en “el portal”. Pude ahorrar, y a principios de 2014 renté un cuarto en la colonia Puesta del sol. Fui muy feliz. Formé parte de una colectiva de promoción cultural y rescate de espacios públicos, La caracola, así se llamó. Escribí más que nunca. Ese mismo año gané un premio estatal de cuento, con mi primer libro “Penny Black”.

Finales de 2014 y todo 2015 crecí muchísimo, me sentía libre, independiente. Seguía apasionada de la docencia, estaba de lleno como promotora cultural. A través de este trabajo también organicé varios eventos de lecturas poéticas, tertulias, homenajes a Sor Juana Inés de la Cruz, a Jaime Sabines. Por el lado de la escuela pude capacitarme, asistir a coloquios, organizar algunas conferencias. A finales de 2015 asistí a algunas colonias a realizar lecturas con grupos de mujeres, visité algunas escuelas para leer en chocolates literarios, en cafés de letras, participé leyendo poesía en eventos musicales, etc. También a finales de este año me invitaron al Instituto tecnológico de Mulegé, a leer mi libro previo publicación, luego se enteraron que era relatos eróticos y de alguna manera subrepticia me censuraron. Pueden encontrar algunas notas sobre esto en internet.

Ese mismo final de año conocí a un hombre al que le dije que quería se enamorara de mí, que me quisiera. Vivimos varias aventuras juntos, me apoyó mucho en lo que pudo y viceversa. Compartimos algunas tribulaciones de la vida. Para ese momento yo debía ir más seguido a la oficina de este portal en el que trabajaba. Mi sueldo ascendió a $800 pesos a la semana. Debo decir que había momentos en los que ya no quería estar ahí, tener que trabajar diariamente en sus artículos, publicaciones de Facebook y la promoción cultural por tan poco dinero, me parecía injusto; pero esos $3200 pesos al mes eran indispensables al menos para pagar la renta. Con lo de las clases comía y ayudaba a mi familia.

A principios de 2016 empecé a estudiar -por mi cuenta- sobre feminismo. Me mudé al departamento de mis sueños, bueno en realidad era un tipo estudio, por la calle Bravo muy cerca del mi mercado favorito en La Paz. Por fin llegó mi libro, lo tuve en mis manos, había parido una serie de cuentos que se materializaban a través de ese objeto textual. Como en mayo visité Santa Rosalía, al norte de BCS. Conocí a una buena amiga, y tuve una especie de gira como escritora. Luego, regresando a La Paz formalicé mi visita al CERESO, empecé un taller con las internas. En junio de ese año asistí al festival literario Horas de junio, en Sonora. Impartí dos cursos de capacitación en la Policía Estatal. Todo esto al mismo tiempo que trabajaba en línea para el portal, nunca dejé de hacerlo, siempre malabareaba entre mis actividades y ese trabajo.

Después del festival Horas de junio, tuve que ir a Mochis, una de mis hermanas, Claudia, estaba hospitalizada por tercera vez debido a un “extraño e insoportable” dolor en el nervio ciático. Ahí inició un infierno. Tuve que pelear mucho para que atendieran dignamente a mi hermana en el hospital general de Los Mochis, realmente le dieron un trato inhumano. Gracias a una tía “postiza” y a mi amiga de Santa Rosalía, pudimos comprarle el seguro a mi hermana, la ingresamos. Le diagnosticaron cáncer de ovario en etapa terminal. Ella tenía 30 años. Yo regresé a La Paz, tenía que concluir las clases en las universidades donde laboraba; UNIPAZ y Universidad de Tijuana. En agosto dejé el departamento de ensueño, pausé el taller en el CERESO (eso sí, alcanzamos a realizar una presentación de mi libro, en el que las mujeres hermosas que conocí me organizaron una gran fiesta, y me entregaron cartas de apoyo por lo que iniciaba con mi hermana).

En agosto regresé a Mochis, dispuesta a apoyar a mi hermana y familia. Recuerdo que cuando le dije al “jefe” lo que pasaba, le pedí que por favor me dejara trabajar a distancia, que quizá no podía estar al cien por cien atenta, pero que necesitaba el dinero. De una u otra forma, entre diplomacias y enredos él me dijo que lo mejor, que la mayor forma de apoyarme era pausar el trabajo –sin goce de sueldo claro; porque comprendía que yo estaría de lleno con “el problema de mi familia”. Así que me quedé sin ningún ingreso. Al igual que mi padre y madre desde hacía años (sólo trabajaban en tianguis, pero dejaron de ir por estar con mi hermana), y que mis dos hermanas. Fueron tiempos tan oscuros. Mi hermana murió el 18 de septiembre de 2016. Nuestro mundo se derrumbó.

Debo decir que la comida, los pañales, el oxígeno, la morfina, la gasolina, las consultas, los medicamentos, el funeral, el entierro, y todo lo que aconteció ese año lo pagamos con los pocos ahorros que teníamos cada integrante de la familia, y con la mucha ayuda de la gente que nos quiere o que se solidarizó con la situación.

En octubre de 2016 me detectaron un quiste en el ovario izquierdo; desde ahí ha iniciado otra etapa para mí, el duelo y el terror combinados. En noviembre de ese año, un poeta al que conocí en el festival de junio, me invitó a Guayaquil, Ecuador. Me mandó dinero para que dejara en casa, tramitara mi pasaporte, volara a Ciudad de México y lo alcanzara en Ecuador. Fue una experiencia extraña, por fin viajaba un poco más al sur, y experimentaba el dolor más profundo de mi vida.

En diciembre de 2016 estaba de nuevo en Mochis. Contacté de nuevo al “jefe”, recuperé el trabajo en la dichosa página. Con eso junté un poco de dinero. Luego, una amiga con la que no hablaba ni veía en mucho tiempo, me llamó y me dijo que le dolía mi dolor, y que lo que podía hacer por mí era abrazarme, acompañarme en el silencio. Me pagó un viaje hasta Veracruz donde ella vive. Recuerdo esos días, encerrada trabajando en el portal, por las tardes acompañada de mi amiga. Días nublados, de planeación e intentos de recuperación. En esos días, por internet, conocí a quien ahora es mi pareja.

A inicios del 2017 regresé al único lugar que me daría calma. La Paz. Recuperé mis trabajos en las universidades, y continué como editora, creadora de contenidos y “community manager” en el portal. Igual, por $800 pesos a la semana. Reactivé mis actividades como promotora cultural. Me metí de lleno al feminismo. En el Instituto de Cultura me apoyaron dejándome a consignación algunos libros para que me capitalizara. Muchas amigas y amigos me apoyaron. Continué con mi proceso médico. Conocí personalmente a quien hoy es mi compañero de vida. En agosto renuncié a las universidades; bueno a una, porque en la otra (UNIPAZ) ya no me contratarían debido a una crítica que realicé por escrito sobre la forma incompetente y macha en la que abordaron un caso múltiple de acoso sexual por parte de un profesor y terapeuta de la institución.

En septiembre de 2017 toqué tierra en casa madre, luego me mudé a la Ciudad de México. De nuevo, mi único empleo e ingreso era dicho portal. Trabajaba todos los días, a veces también tenía reuniones por teléfono. Escribía uno o dos artículos diarios, todo por los mismos $800 pesos a la semana. Busqué trabajo en esta gran ciudad, por varios meses no encontré. En 2018 hallé uno, era de tutora en una universidad virtual, me pagaban $8,000 al mes y daba asesorías todo el día, planeaba cursos, perseguía alumnas y alumnos, arreglaba asuntos administrativos, etc. Combinaba ambos trabajos.

Desde 2018 intenté –una vez más- dejar el portal o página para la que trabajaba, no pude. Porque por más que consiguiera trabajos acá en Ciudad de México, esos 3,200 pesos al mes me ayudaban un poco, al menos para enviar dinero a mamá o papá, y después para pagar una poliza de seguro con la cual según me operarían, y que finalmente resultó una estafa.

Ese mismo 2018 conocí a un grupo de mujeres maravillosas. Me adentré a la teoría feminista, encontré amigas y un gran apoyo. Formé algunas redes que me permitieron conseguir otro tipo de ingresos, creer más en mí, aventurarme en encontrarme. También emprendí un camino de autoconfianza y autocuidado que nunca antes conocí. Ese mismo año inicié mi reactivación de actividades como escritora y como promotora cultural, con ayuda de las nuevas amigas y de mi pareja.

En 2019 inicié en forma una “nueva vida”, con quien ahora soy. Y entre tanto emprendimiento, atrevimiento y capacidad negativa, recuerdo que pedí un aumento en el “portal”. Le dije al jefe que después de tantos años y con todo lo que realizaba, al menos debía ganar $1000 pesos a la semana, me dijo –de nuevo- de manera diplomática y atormentada que no había dinero, que eran tiempos difíciles y que no se podía. Un par de semanas o meses después, mi sueldo subió a $865.00 pesos a la semana.

De verdad que el año pasado no hubo un día en el que no pensara en la forma de liberarme de este trabajo, pero no encontraba la vía, por el simple hecho de que, aunque me pagaran muy poco, era un dinero seguro a la semana. Así que cada día de mi vida, aunque realizara otras mil actividades, como talleres y clases en preparatoria, vacaciones o promoción cultural, siempre debía realizar las funciones ya mecánicas para dicho portal.

Por fin, en 2020 inicié la postulación para una maestría, mi sueño. Desde que empezaron los trámites, lo que más me alentara era la posibilidad de cambiar mi vida por completo, a partir de renunciar a ese trabajo que definitivamente desde hace años no me llenaba. Es más, que sentía me minaba la creatividad, incluso el espíritu intelectual.

El primer viernes de julio de 2020 me enteré de que fui aceptaba en la Maestría. Fui la mujer más feliz del mundo. El domingo siguiente realicé la llamada, le avisé al “jefe” que ya no seguiría trabajando con él, en el portal. De verdad que me sentí un poco liberada, ¿por qué digo un poco? Pues porque hasta el lunes 20 de julio dejo formal y realmente de trabajar allí. Ya falta poco, falta poco.

El asunto es que, cuando lo verbalicé y le avisé a varias personas cercanas, yo sabía que eso era importante, decir adiós a ese trabajo. Pero no sabía qué tan importante, ni reconocía con exactitud todos los años que pasé unida a esa labor, incluso sin ganas y sin pasión, tan sólo por la precarización laboral, por la pobreza que me ha rodeado durante muchos años.

Todas estas noches pude darme cuenta de que ese trabajo me acompañó durante NUEVE años. Tiempo en el que viví tantas y tantas situaciones: malas, increíbles, buenas, inesperadas, alegres, profundamente tristes, místicas, radicales, etc.

Pensarlo así, escribirlo, externarlo, expresarlo por fin como una realidad, recordar, reconstruir historias, rastrear fechas, nombrar, observar en perspectiva, eso es lo que verdaderamente me permite creer, saber, que con esta renuncia cierro un ciclo de mi vida. Y que algo nuevo está por venir.

Todo esto que aquí expongo es parte de lo complejo de renunciar. Por fin me atreví, porque pude hacerlo, a cortar un vínculo laboral que desde hace años no me hacía feliz. Estoy agradecida.

 

*Deseo que cada mujer en este mundo tenga la posibilidad de renunciar a todo aquello que la haga infeliz; llámese trabajo, pareja, amistad, familia o cualquier situación.*

 

Autora: Marisabel Macías Guerrero. Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es sudcaliforniana por convicción, y habitante contenta de la Ciudad de México. Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), exploradora eterna de la sabiduría, apasionada de la escritura. Feminista, promotora de cultura y profesora. Cuenta con experiencia como tallerista y mediadora de lectura. Obsesionada en tópicos como el erotismo, el placer, el deseo y el amor. Amante de los libros, el café y, muchas veces, la soledad y el silencio.

 

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