She Works Hard For The Money

“El trabajo dignifica”, escuché o leí de adolescente. No pretendo escribir sobre las experiencias laborales, que ya me he quejado bastante y me han salido contraproducentes las palabras vertidas en modestos y, aparentemente, inofensivos blogs.

A esta edad, según yo, iba estar escribiendo en una revista de música, yendo a conciertos y reseñándolos. Pero esta no es una historia de superación, ni de éxito, ni de emprendimiento, ni de constancia, porque no tengo ninguno de esos atributos. Hablar de mi carrera profesional ya me parece un acto de egocentrismo en esta situación. Hoy por hoy, y a pesar de todo, me siento afortunada de acceder a derechos.

Me gustaría expresar sobre lo que sucede cuando al capital como que no le sirves muy bien porque no produces ni consumes como deberías. ¿Cómo es posible que tú, maquinita desconchabadita, no me estés generando el papel dinero que necesito para que sigas consumiendo?

A lo largo de mis 8 años de carrera profesional he transitado por dos periodos “sabáticos”. Buenísimo hubiera estado tener de esos sabáticos con los que viajas por todo el mundo, explorando selvas, ríos, mares; pero no fueron nada parecido a eso. Como esta máquina que soy salió bien defectuosa, es decir, depresiva, ansiosa, melancólica, soñadora e inconforme, pues se hartó de los trabajos y renunció porque podía.

Me daba terror que la gente me preguntara: “¿y a qué te dedicas?”; porque antes de cualquier cosa, hay que evaluarte de acuerdo con tu profesión.

Decidí meterme a hacer un montón de actividades durante el desempleo. Todo con la finalidad de que cuando les respondiera esa pregunta no me mirarán como si fuera un saco relleno de alimento podrido. No funcionó, igual me veían con desconcierto y, a veces, con lástima.

No me hubiera imaginado que mi profesor de física de la secundaria tenía razón cuando me lo encontré un par de meses antes de ingresar a la universidad; justo cuando me dijo que me iba a morir de hambre con la carrera que elegí. No se equivocó.

Bueno, no muero de hambre, pero cada año es más difícil sobrevivir o pensar en esas cosas de gente adinerada, como viajar.

Así, durante mi primer tiempo de “sabático” aproveché para titularme; si ya había cursado 4 años de una poco más que tormentosa travesía que fue la carrera universitaria. Porque, aceptémoslo, sí romantizamos un poquito la licenciatura.

¡Qué fregadazo! Cuando salí y me di cuenta, muy licenciada y todo, que jamás me han pedido mi cédula profesional. Ya ni los corajes que pasé con servicios escolares valieron la pena.

Hice mi servicio social, tomé inglés y francés al mismo tiempo. Se me cuatrapeaba hasta el español, pero intentaba certificarme en el idioma anglosajón porque supuestamente se te abren muchas puertas. Spoiler alert: nunca he usado el inglés en mi vida profesional y ya lo hablo al mismo nivel que una niña de kínder. De francés, ni hablamos, porque sólo se cantar decentemente: “Voulez-vous coucher avec moi ce soir?”.

Trataba de contestar con todo mi entusiasmo que me estaba titulando y que estudiaba idiomas; sin embargo, sólo recibía miradas como de pésame por ser una desempleada más.

Lo mismo sucedió durante mi segundo “sábatico”, en el que, ahora sí, viajé. Viajé con todo el dinero que le costó a mi estómago. Literalmente, mi estómago lo pagó, porque quedó destruido tras la ansiedad que me daba irme a parar a un corporativo internacional con cubículos grises en un piso catorce de Polanco.

Después de viajar al Cono Sur por dos semanas, me metí a colaborar con una revista online. La única que me dio chance, sin credenciales, de poder escribir. Digo sin credenciales, porque en el medio, si no eres amiga, conocida, prima, sobrina de alguien, pues no eres nadie. Ellas y ellos me dieron oportunidad, así que cuando me preguntaban “¿a qué te dedicas?”, me daba alivio decir que escribía en una revista de música, aunque omitiera la parte en la que todo era pro-bono para evitarme las miradas condescendientes.

Mi papá me veía cada día con más preocupación. ¡Pero cómo que su hija universitaria, con licenciatura y sin trabajo! Fue muy paciente hasta que me dijo que eso de andar persiguiendo los sueños no dejaba mucho dinero. Y eso me dice implícitamente cada que me quejo de los trabajos y me responde: “así es en todos lados”; muy a su manera de darme una ayudadita para que me resigne.

Los sueños no dejan dinero. Las maquinitas descompuestas como una tampoco dejan dinero. No somos productivas en tanto no obtengamos el papel dinero. Así nos va desechando el capitalismo. Y, además, la audacia mía es que tampoco quiero tener hijas o hijos y no tengo pareja. ¡Cómo te atreves, mujer! Si no produces papel dinero, mínimo la fuerza de trabajo, pero ni eso.

A pesar de ello, mi trabajo intelectual siguió en esas temporadas de desempleo. Escribí muchísimo, estudié, tomé fotografías, pinté, dibujé, pero nada de eso es valorado si no se recibe dinero. Eso me llevó a pensar en que hice otra chambota bien importante: cuidarme.

Durante los periodos en los que tengo trabajo hago justamente lo contrario: me descuido, dejo de comer bien, de dormir bien, de hacer las cosas que me gustan. La ironía: tenía dinero para pagarme cursos, libros y herramientas que me ayudaran a formarme en lo que me gusta, pero no tenía tiempo, ni energía; cuando tenía todo el tiempo, me faltaba el recurso económico.

También pienso en el trabajo del hogar. Ahora que soy más independiente y que ya me preocupo por temas como la limpieza, los servicios, las cuentas por pagar, me doy cuenta del enorme esfuerzo y trabajo tan poco valorado que hacemos las mujeres.

Cada que limpio la casa –por limpiar me refiero a barrer, trapear, lavar mi ropa y limpiar la cocina–, y termino agotada con un dolor de espalda terrible, recuerdo a mi mamá. Rememoro su rutina diaria: levantada a las 5 de la mañana, cocinando, alistándose para el trabajo y alistando a sus hijas para la escuela; sirviendo el desayuno y los almuerzos; llevándolas a la escuela; yendo a trabajar; saliendo del trabajo apurada para ir por mí; llevándome al trabajo; regresando a casa para calentar y servir la comida; haciendo el quehacer, y, así, todos los días.

Y por hacer el quehacer, me refiero a que ella barría, trapeaba, planchaba su ropa y la de su familia, lavaba su ropa y la de su familia, limpiaba y lavaba cada prenda o trapo con minuciosa obsesión, así como cada rincón de ese pequeño departamento en el que vivíamos.

Ahí es cuando pienso que hablar de mi carrera profesional me parece muy irrelevante. Quejarme de los jefes, de las formas, del abuso, de la explotación, de las y los compañeros, de las jornadas extras sin paga, cuando es lo mismo que viven muchas mujeres en el hogar sin el papel moneda y sin ser reconocidas.

Soñar dentro de este sistema capitalista, voraz, despiadado, horrible, llega a ser todavía más agotador que la rutina diaria.  Una, a veces, piensa en mejor renunciar a los sueños y seguir persiguiendo la chuleta, porque, diría mi papá: no hay de otra.

 

Autora: Daniela Caballero (1990) Chilanga, feminista y comunicóloga. Melómana sin remedio, amante de la fotografía, la escritura, el olor a libro nuevo y los chocolates.

Ilustración de: @stellarleuna

Seguir

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s