¿Sin miedo al éxito?

¿Cómo se mide el éxito? La mayoría de la gente pensaría que se mide de acuerdo a los números en tu cuenta de banco, la marca del celular, el modelo de tu automóvil o las escrituras de una casa propia: Podría ser.

Pero, ¿cómo se mide el éxito para una mujer?: Diría que la lista es más extensa, asfixiante, asesina.

Entre las muchas películas que podría mencionar, existe una que siempre me recordará mi inicio en la vida laboral. Vi la famosa película El Diablo viste a la moda cuando tenía 15 años, y soñé con tener una oficina para ganar mucho dinero, así podría ayudar a mi madre.

Empecé a trabajar a los 5 años, junto a ella. Vendíamos dulces en una mesita afuera de la casa de mi abuela a escondidas de mi padre, para tener nuestro propio dinero y no sufrir de hambre. No conozco otra vida diferente a trabajar y estudiar al mismo tiempo, esto último debía hacerlo en la madrugada cuando todos en casa dormían. Recuerdo aún los comentarios de mis compañeros de Universidad quienes no creían que “la ñoña” -como me llamaban- escribiera sus proyectos horas antes de la entrega por no tener tiempo.

Crecí con una certeza: Si deseaba cumplir mis sueños, el sufrimiento era el único camino.  Después entendí de dónde viene este discurso.  Las mujeres educadas en una familia humilde, donde la educación les fue negada a la mayoría (como es mi caso), aprendemos e introyectamos el síndrome de la hormiga, y claro el capitalismo rapaz no permite pensar diferente. Ahora, agreguemos un patriarcado implacable, ése que asegura: “el éxito de una mujer depende de saber compaginar el trabajo con la familia” o al menos eso intentan hacernos pensar.

En algo estoy de acuerdo, tener una vida difícil nos prepara para la realidad fuera de casa. No conocí mi carácter hasta mi primer acercamiento real con el trabajo, después de graduarme. Mientras muchos compañeros se colocaron rápidamente en la empresa de su familia o de amigos, yo me enfrenté al desempleo. Utilicé mis últimos ahorros para comprar dos bolsas grandes de papitas, y me dediqué a venderlas en casa, de algo debía servir mi experiencia infantil,  ¿no?

Un mes después, me armé de valor y engañé al policía de una reconocida televisora para entrar a las instalaciones y así asegurar que leerían mi currículum, que para ese momento ocupaba la mitad de la cuartilla. Trabajé un año ahí, uno de los más demandantes de mi vida. Aquí es donde retomaré la película, para contarles mi realidad: Yo era la Andy Sachs de las noticias (sin la ropa fabulosa, claro está). Mi sueño era dedicarme al periodismo de investigación, por eso cuando me ofrecieron trabajar en la redacción de un noticiero no dudé en aceptar; pero ganarme el respeto y un lugar dentro de la empresa no sería nada fácil. El ambiente laboral en los medios de comunicación (y más en el duopolio mexicano) es un infierno: Gente prepotente, competencia desleal, explotación laboral y acoso sexual es el pan de todos los días, como diría mi abuela.

Yo viví todo el paquete al mismo tiempo. Un día, mi primer jefe (ya saben, el típico hombre amable y servicial que te ofrece su ayuda por “ver en ti potencial”) me esperó afuera de la empresa para exigirme un beso. Afortunadamente, mi padre me esperaba y corrí hacia él sin decirle nada. El miedo por perder mi primera oportunidad laboral, mi juventud e inexperiencia me hizo callar. No se imaginan cómo me arrepiento de no haber hablado.

Literalmente, empecé en los medios desde abajo, eso sí, JAMÁS SERVÍ UN CAFÉ como comúnmente sucede con “las nuevas” (es la forma común de los hombres para ejercer su poder sobre ti).  Nunca olvidaré cuando mi jefe me mandó por una taza de café, mis palabras fueron claras: Yo vine a trabajar y aprender, no a servir café. Jamás lo volvió a pedir.

Todos los días llevaba mi computadora para redactar mis notas, y al inicio padecí no tener un escritorio. Pasé días recargada en mis rodillas con la espalda totalmente arqueada y sentada en una pequeña silla, hasta que por fin, “me gané” mi lugar. A pesar de los malos tratos del productor (quien dicho sea de paso,  desde el inicio dejó clara mi nula jerarquía), las malas caras de otras mujeres y la exigencia del conductor del noticiero –era Miranda Priestly, versión hombre- amaba mi trabajo. El ambiente dentro de la redacción con mis dos compañeros/jefes de información era una de mis motivaciones para seguir asistiendo.

El éxito como a Andy me llegó de pronto, y no había quién me detuviera; pero seguía sufriendo abusos. Después de un año, mi cuerpo comenzó a mandarme señales para bajar mi nivel de locura: dormía poco, comía mal, y tenía un estrés insuperable. Después de la negativa de mi jefe a pagar por mi trabajo, renuncié. Salí de la empresa sin dinero, ni rumbo; pero me sentía orgullosa de mí. Ahí conocí la satisfacción de alejarme de los lugares donde no era feliz. Se volvió una constante en todos los aspectos de mi vida: familia, trabajos, amigos, parejas.

A partir de entonces, duré poco en mis empleos (en uno de ellos, incluso estuve un día). Algunos por falta de presupuesto, otros por el simple placer de renunciar en la cara de los déspotas. A lo largo de ocho años, he tocado más puertas de las que se han abierto. También he peleado por conseguir el respeto para mí y mi trabajo. Me consideraban “demasiado joven para ser profesional” o “inexperta” para darme crédito por mis investigaciones. Sí, otros hombres se han llevado los aplausos por mis desvelos. Ante las humillaciones, el machismo, la violencia construí mi propia defensa. Aprendí a levantar la voz cuando intentan violentarme, sin importar el cargo o jerarquía. Tengo algo muy claro: siempre elegiré vender humildemente dulces en la calle a quedarme en un lugar donde me maltratan, donde no soy feliz. No me da miedo renunciar.

Nunca he tenido ayuda de nadie para conseguir trabajo y a veces he llegado a considerar alejarme de mi carrera; sin embargo, la vida siempre me trae sorpresas. He desarrollado la confianza en mis capacidades más allá de mi  profesión, por ejemplo, sé hacer pan y lo he vendido para pagar mis medicinas. Ya no me da pena decirlo. He pasado meses sin un trabajo, y desde mi graduación vivo en una inestabilidad laboral. Puedo tener meses con mucho trabajo o sin proyectos, viviendo de mis ahorros; ya no lo sufro tanto.

Me gusta pensar la suerte como la suma de preparación y oportunidad, tal vez eso me ha mantenido a flote. Cuando me han negado un trabajo-y han sido muchos- prefiero pensar, “las cosas pasan por algo, este no era mi lugar”. He aprendido a no aferrarme a nada, e intento contagiar a las mujeres cercanas; aunque también me pienso egoísta, pues mi situación no es similar: Nadie depende de mí, ni de mi salario.

Hasta este punto, podrán pensarme tranquila ante el tema laboral; pero les prometo me ha costado lágrimas llegar a este momento. En mi camino por alcanzar el éxito efímero he lidiado con trastornos alimenticios por verme delgada a cuadro, he dudado de mi capacidad a consecuencia de otras personas; me he sentido al borde de la muerte por mi exigencia para ser “alguien” en esta vida, y me he enfrentado a los reclamos de mis ex parejas por “no tener tiempo”: ¿Les suena conocido?

La vida laboral de una mujer siempre implicará señalamientos, exigencias familiares; además de soportar las diferencias de salario, la explotación, los ataques pasivo-agresivos, eso si nos libramos del acoso, hostigamiento o abuso sexual.

Por eso, si me preguntan ¿qué es el éxito para mí?, respondería: saber quién soy y estar en paz conmigo. No concibo mi vida cerca de quien no pueda ver más allá de la misoginia, el machismo y la envidia. Mucho menos me permito mantenerme en un lugar donde no pueda ser libre para crear, compartir con otras mujeres, emocionarme con un nuevo proyecto. No me pienso nunca más como un objeto reemplazable al servicio de las empresas explotadoras. Conozco el valor de mi trabajo, no permito me comparen ni impulso la competencia con otras mujeres.

Hoy me detengo ante el espejo, y veo en cada parte de mi cuerpo el camino sinuoso recorrido. Puedo observar mis noches de desvelo en mis ojeras pronunciadas o las venas de mis manos saltadas por cargar desde niña; pero a pesar de ello, puedo reconocerme y abrazarme.

Esto es para ti, mujer poderosa: Si estás pasando por un momento difícil, donde pareciera existir únicamente oscuridad, no te preocupes. No estás sola, nunca lo estarás. Respira, confía en tu fuerza. Voltea y observa tu camino andado, ¿ha existido en tu historia algo que no hayas podido lograr? Tal vez costará llegar. Habrá lágrimas y noches dolorosas; pensarás en abandonar todo, desconfiarás de tu potencial; pero finalmente podrás levantarte. Lo has hecho antes. Toma la mano de la niña que fuiste, recuerda sus sueños, y cuando por fin puedas sentirla, te sabrás a salvo. Ella te conducirá a la luz.  Abrázate fuertemente, y recuerda que la solución de tus problemas siempre estará a un lado de tu complicación, sólo necesitas poner atención para reconocerla. Mejor dicho, la solución siempre estará dentro de ti.

 

Autora: Jacqueline Alarcón: guionista/locutora en busca de buenas historias para contar y paz espiritual. Feminista, repostera en ciernes y fiel defensora de la escritura como sanación.

Ilustración: Labaribaruska

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