Yo no soy mi trabajo

Cuando hablamos del conflicto entre el capital y la vida, también hablamos de cómo el trabajo nos está consumiendo, desgasta cada célula de nuestro ser y es una especie de horma de la que pareciera no podemos escapar.

Yo creí que podía hacer muchas cosas, pero nunca escribir, tal vez sí, pero ésta horma hizo que se me olvidara, que dejara la danza, los cuentos y cualquier actividad por más mínima que fuera que me hiciera sentir placer y felicidad.

El trabajo, me dijeron, es lo más importante, es lo que genera valor y lo que mueve a los países. Por eso nosotros somos pobres, por eso estamos como estamos, por eso el Norte es más avanzado, porque allá sí trabajan.

También me dijeron que mi mamá no trabajaba, que era ama de casa, que cuando nací dejó su trabajo para dedicarse completamente a su familia hasta que mi papá perdió el suyo. Fue raro porque cuando mi papá no trabajaba tampoco era ama de casa, era mi papá buscando trabajo, olvidándome en la escuela y haciendo el partido chueco de mi hermana.

Después me dijeron que, si quería comprar cosas como un pastel a mi gusto, una muñeca, un celular o pagar cursos de danza tenía que trabajar. Lo hice porque me dijeron que el trabajo dignificaba.

Lo que no me dijeron es que los trabajos para las mujeres adolescentes no son dignos, me pagaban apenas 100 pesos por estar cuidando de niñas y niños en fiestas lujosísimas mientras sus familiares se emborrachaban. Creo que fue cuando me desencanté de la niñez, porque estos pequeños peleaban por quien tenía la televisión más grande de todos, quien conocía más partes del mundo y quien me hacía recoger más desastres. De 7 am a 9 pm estaba escuchando historias de lujos que pagaban sus padres y ellos ¡no trabajaban! Con lo que me pagaban era feliz porque ya me alcanzaba para comprarme una torta de milanesa de esas que me encantaban con su sabor a mantequilla sin tener que pedirle dinero a mi mamá.

Luego ya no me alcanzó para otras cosas que no querían que hiciera, así que tuve qué pensar cómo trabajar más. En vacaciones de la escuela descubrí el bello arte del boteo, lo amaba, era ganar dinero haciendo lo que más me apasionaba: danzar. Ahí descubrí que los hombres aman el dinero más que nada, y que el trabajo de todas y todos se quedaba en las manos del hippie adinerado que se creía Dr. House. Nunca entendí por qué lo hacía si ya tenía asegurado su futuro en España y nunca dije nada.

Luego ya no trabajé, aunque estudiaba todo el tiempo, limpiaba, lavaba y cocinaba, vendía hasta lo que no se vende para poder sacar los gastos del mes sin presionar el monedero de mi mamá porque mi papá ya me daba mucho pagando mi renta, y el siempre pagó su destino de privilegio trabajando. Nadie le había dado nada y él haría lo mismo que su padre, ser un abusador económico.

Luego me decidí a ahorrar y trabajar en vacaciones pues varias compañeras estudiaban y trabajaban. Lo hice, mi primer trabajo con seguridad social y prestaciones superiores a la ley. Aunque no pagaban las 4 horas extras que siempre trabajaba, ni el transporte para llegar hasta mi casa en el fin del mundo, según me decían. Es más, yo pagaba lo que otras personas tomaban de mi caja, los errores que cometía cobrando de menos y los malos tratos de las jefas que me tocaron. Recuerdo que la primera vez que me quedé a cargo de un S me descontaron 500 pesos de los 750 que ganaba. Mis compañeros no me querían porque al parecer no es bueno ser universitaria y su forma de decírmelo era darme el trabajo que no querían. Llegaba molida, en ese tiempo dormía tan bien, caía como piedra. Un día salí tan tarde que no encontré transporte para regresar a mi casa y no podía caminar más porque mis pies estaban cansados de estar de pie todo el día, porque obviamente no podías llevar tenis y sentarte más que en tus 30 minutos de comida calentada en micro. No sé por qué me aferré tanto a este lugar, no podía renunciar, creo que porque me divertía y me daban vales de despensa que le servían mucho a mi mamá. Quizá porque reía muchísimo con mis compañeras, eran graciosísimas, inteligentísimas y aunque los demás dijeran que no, trabajaban muchísimo. Sus historias, aventuras y pesares me hicieron crecer mucho y cuestionarme un montón de cosas. Queríamos trabajar, nos gustaba y nos pagaban, pero nos dio miedo. Temíamos que en una de esas veces que se extendiera el horario de trabajo, nadie nos diera ride y tuviéramos que caminar por la orilla de la carretera escuchando grillos y alumbradas por las luciérnagas alguien nos quitara la vida como a las mujeres que dejaron por ese rumbo. Decidimos irnos juntas siempre, nos hicimos fuertes y aunque también tenía miedo acompañaba a las demás hasta sus casas. Pero me cansé y decidí partir, además de que me ofrecieron el trabajo de mis sueños.

Sí, el trabajo de mis sueños. Aún recuerdo cuando me entrevistaron y me dijeron que estaría trabajando con la creme de la creme, que terminaría mi tesis en un santiamén y saldría con una plaza de investigación, una maestría, un doctorado, mil artículos y dos mil libros publicados. No fue cierto y sí. Aprendí mucho y estaba, estoy creo, muy agradecida por todo lo que aprendí y a quien conocí. Pero también ha sido una etapa muy dolorosa, en un principio todas las personas a mi alrededor lo veían y me lo decían, pero yo no. Estaba en una relación laboral violenta hasta el tuétano disfrazada del deber ser de una becaria. Pasé casi diez meses sin un ingreso con la promesa de que el CONACyT algún día pagaría, mientras tanto trabajaba 24/7 y si no estaba dispuesta a hacerlo se cuestionaba mi inteligencia con gritos escritos por mail. Eso fue algo que me dolió mucho, la primera vez que recibí una humillación tan grande por un trabajo que no sabía que tenía que hacer, que nadie me dijo o advirtió porque todos pasaron por eso y ahora son respetables Doctores. Porque no sabía que para investigar sobre la vida de las mujeres mi vida se iba a fragmentar. Todo esto se reflejó en mi cuerpa, en mis músculos de la espalda y en que mis articulaciones se desgastaron de tanto estrés que ahora no puedo comer una manzana o un elote, vaya no puedo ni bostezar sin oír un chasquido que me recuerde las lágrimas invisibles que corrieron por mis cachetes cada que recibía un comentario ofensivo. Pedí consejos y me dijeron que debía ser fuerte y aguantar, que estar ahí era mi destino. Lo creí y los tres años que estuve los sentí como una vida entera. Estas líneas me parecen poco para describir todo lo que viví en este trabajo, pero me doy cuenta de que aún no sana, a pesar de las terapias y todo el apoyo que encontré en el feminismo. Aún duele y lo bloqueo de mi mente para no revivirlo en mis entrañas.

Me dolió pensar que nunca podría zafarme de este trabajo porque, aunque yo consideraba que tenía suficiente experiencia en el mercado de trabajo resultó que no. Era muy joven para tener un trabajo decente y muy grande para no tener experiencia. Tenía que encontrar trabajo pronto, no podía quedarme sin ingresos porque la financiarización de mi existencia me amenazaba con dejarme sin nada.

Trabajo, trabajo, trabajo. Tierra, trabajo y rebeldía, así nos decían en la facultad de Economía. Pero esto no servía, querían que realizara cálculos sobre ganancias, que les dijera qué hacer para ganar productividad y que las personas pagaran sus deudas bancarias. No querían que cuestionara al sistema, que les hablara de la vida de las mujeres y resultó que no era buena trabajando como profesional. Me asusté, no supe que hacer porque no quería dejar mis convicciones por unos pesos. Pero tuve que, me contrataron en un trabajo que nunca quise. De 7 am a 3 pm me ofrecieron darme experiencia para encontrar algo mejor. No me dijeron que lo que hacían era enfrentar a las personas, precarizarlas para que la empresa les diera el título de “empleado del mes”. No me dijeron que no podía usar tenis ni playeras, que me querían como las mujeres se visten:  en tacones altos, traje sastre y bolsas de piel. No me dijeron que los jefes acosan. Pero lo que me hizo huir fue algo muy fuerte, me dolió tanto escuchar en la hora de comida que el que una compañera sufriera de bulimia y anorexia eso era motivo de burla, de chistes y chismes. Ella no trabaja, ella es la consentida, decían.

Por suerte, creo, pude encontrar un trabajo haciendo lo que más me gusta y donde considero que hay un trato digno. Aunque en mis primeros días sentí tanta tensión, ansiedad y estrés que me hicieron recordar los traumas del pasado y abrieron las heridas de mi adolescencia. Trabajaba, pero eso no era bueno del todo, no debía trabajar tanto y debía mantener la boca cerrada para evitar confrontación, pensé que sería mi fin, que nunca más podría volver a trabajar porque sería esparcido el rumor de que no soy una buena compañera. Lo creí y a veces lo siento, siento que no soy buena trabajando, que soy una floja, que no me pongo a jalar, que no trabajo lo suficiente y que trabajo de más. Pero ¿qué es el trabajo? ¡el trabajo no soy yo! YO soy más que un trabajo, más que una trabajadora, soy mujer y quiero ser libre de definirme en tanto lo que hago.

Por nosotras, por todas las que trabajamos y no lo sabemos.

 

Autora: Denisse Vélez. Soy poblana, feminista y economista feminista. Estudié la Licenciatura en Economía por la UNAM con una especialidad en El Género en la Economía, pero ha aprendido más de mis ancestras, maestras de vida y amigas.

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