Pactos

Después de bañarme, estrené la suelta blusa azul de manta que había conseguido en Oaxaca en mi último viaje y que me había coqueteado hermosa en la pared de la tienda, pidiéndome a tiernos gritos que la comprara. Jeans azules y tacones cafés en botas altas completaron mi atuendo. Trencé con dulzura mi cabello ligeramente húmedo y tomé el desayuno.

Mi jefe me había pedido que recibiera al influyente funcionario en la oficina. Lo conocí en un evento al que acompañé a mi jefe días antes. Cruzamos algunas palabras y se mostró muy sonriente, amable y político. Mientras me miraba, le dijo a mi jefe que pronto iría a la oficina para revisar los avances de proyecto. Al retirarse, lo vi de lejos. Me roza a distancia su mirada y yo tengo que bajar la mía mientras sale apurado de la enorme sala.

11 a.m. Llega el personaje por primera vez en un ostentoso carro negro y con chofer. Me avisa mi asistente que llamó y tengo que salir de manera informal a recibirlo.
Así se estacionaría el chofer las visitas subsecuentes sobre la empedrada calle que, por múltiples razones y por mi bien, olvidé su ubicación y nombre.

Sus visitas se repitieron por semanas. De pronto sólo me avisaban que andaba cerca y que pasaría a revisar los trabajos que realizábamos. Siempre muy trajeado y elegante, con sus carísimas corbatas de colores, se sentaba junto a mí de manera bastante informal.

Un día le pidió a mi jefe que yo lo visitara en su oficina para recoger un documento. Situado en una de las avenidas más anchas de la Ciudad de México, el edificio burocrático con ínfulas de culto me absorbió con su liso pasamanos de madera. Subí las escaleras hasta el tercer piso. De frente, su asistente me recibió sentada en el sillón, en medio de su fastuosa antesala de madera adornada de vetas claras. Me dijo que él me esperaba y que podía pasar a su oficina.
Entré caminando sobre la alfombra que, aunque café, no tenía aroma. Una mesa de juntas de madera, un pesado librero y el escritorio llenaban el espacio. Él estaba parado de lado con el auricular en la mano. Sin dejar de hablar y sin colgar el teléfono me hizo una seña para que me acercara, indicando con un dedo en su mejilla en ademán de recibir mi infantil saludo. Me acerqué distante a darle el beso de etiqueta, en silencio para no interrumpir su llamada telefónica. Fue entonces que metió su mano por debajo de mi suelta blusa blanca. Recorrió la vestidura de mis lumbares con sus dedos huesudos. Me quedé inmóvil por instantes y después intenté separarme, pero me sujetó suave y firme. Estaba petrificada, con mi cuerpo hacia él en la enorme oficina, sin poderme mover. Su aliento ácido y rancio cerca de mí, su sonrisa socarrona de labios delgados, su pequeña mirada debajo de los anteojos.

Colgó el teléfono y descaradamente me besó. Todo mi cuerpo incómodo contra la mesa manifestó una enorme repulsión que seguro él notó. Se alejó un poco y empezó a hablar del apoyo al proyecto en el que yo trabajaba y en otros proyectos comprometidos, incluida la subvención para la que yo había aplicado. De pronto, cada palabra dicha por mi jefe hizo un terrible eco. No podíamos perder esos apoyos porque sería desastroso para la organización. No podíamos darnos el lujo de poner en riesgo el padrinazgo al que nos habíamos hecho acreedores.

Recordé como una ráfaga la primera vez que nos conocimos en aquella fastuosa inauguración, cuando antes de salir de la sala, al despedirse, se acercó a mi jefe y en el oído algo cuchicheó mientras se dieron la mano mirándose a los ojos al calor de esos tratos que se dan entre caballeros.

Hoy me despierto y como muchas mañanas, aún somnolienta veo las publicaciones que realiza desde el otro lado del mar. Sólo leo concesivamente. Pienso que carezco de esta furia generacional del escrache, a pesar de sentir vergüenza y coraje, y saber que no fui la única. Sé que podría armar un incendiario #MeToo, sin duda alguna. Lo pienso por un instante. Han pasado más de 20 años. Sonrío con una mueca torcida y me levanto de la cama a tomar la blusa azul que estrenaré el día de hoy.

Autora:  Anilú Zavala Alonso (Ciudad de México, 1971). Mamá de Matías. Feminista. Consultora y tallerista especialista en género. Gestora cultural. Sus textos han sido publicados bajo el sello Eterno Femenino y han sido leídos en diversos espacios como el Palacio de Bellas Artes bajo Comuarte y otros recintos como el Museo del Pulque y el Centro Cultural Futurama. Ha incursionado en StandUp Feminista sobre el tema de Maternidades.

 

 

2 comentarios en “Pactos

  1. Leí los relatos de Anilu. Me parecen extraordinarios, me cautivo la lectura de tictac
    Una reseña de cuánto vacío se vive en la infancia cuando se pierde a un ser tan entrañable como el padre y los conflictos sociales que conlleva este vacío.
    Que interesante leer el interior de su alma y el conflicto emocional al tener una pareja.
    Gracias por tu reseña.
    Muy, muy ilustrativa.

    Me gusta

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