Reflexiones

Esperanza camina a la orilla de la playa serena, despacio, pero sin detenerse, ajena a la hora, sin miedo a la obscuridad.

De pronto, cierra los ojos y abre la mente para dejar salir libremente los pensamientos, que surgen desbocados y curiosos, deteniéndose allí en la fragancia de una flor, allá en el ulular lejano de una lechuza. Suspira, preguntándose por qué antes no notó ni disfrutó los tesoros que tenía a su alrededor: la fina arena blanca, la luminiscencia que hacia mágico su caminar, el perfume de los limoneros, el dulce sabor de las chinas jugosas y el cantar de los pájaros y ranas.

¿Por qué no se tomó el tiempo para platicar con sus seres queridos? Recordó todas las veces que estuvo a punto de salir corriendo, llorando de coraje y de frustración, y aquellas ocasiones en que sí lo hizo, maldiciendo a grito pelado y aventando al ser o cosa que colmó su paciencia mientras se iba, arrepintiéndose poco después. Anotó mentalmente todas aquellas horas en las que lloró sin querer consuelo de nadie, cuando odió con todas su fuerzas al que le llevó la contraria; las crisis de temor y desesperación cuando pensaba en el futuro económico desastroso que le esperaba al perder sus empleos.

Al recordar todo aquello se entristeció, pero enseguida enumeró las tardes con sus hijos en la cocina, horneando delicias que luego la familia entera comía, acompañadas de un rico café. Pensó en la música suave de fondo; en las películas y los libros que volvió a ver o leer mientras acariciaba distraídamente al gato; en los juegos que se armaban con el fin de pasar el tiempo; en las pláticas interminables -como en los viejos tiempos- con su compañero de vida; en las charlas por teléfono o por internet con las amistades y la familia lejana; en los planes que surgían para solventar las necesidades, como cuando horneó esas galletas que fueron un éxito, con ayuda de toda la familia; entonces, sintió un rico calorcito en su corazón.

En ese momento, Esperanza hizo un alto en su caminar, olvidándose de las penas, ejecutó unos pasos de baile, cantó un trozo de canción; levantó su mirada al cielo y agradeció con todo su corazón a Dios por sus bendiciones.

Volviendo sobre su andar, regresó esta vez a paso vivo hacia su hogar, donde dormía su familia, exhausta por haber librado mil y una batallas contra la pandemia, pero con la seguridad de que todo resultaría bien. La desesperación, el dolor y el enojo bien manejados fortalecen a la familia y el tiempo de convivencia sana prevalecerá como recuerdo feliz y como punto de partida para un futuro mejor con nuevos horizontes.

Autora: Dinora Goytortú Alfaro, nací el 4 de agosto del 65, en Cd. Mante, Tamaulipas; radico en Mérida Yucatán. Estudié Administración de Empresas Turísticas en CDMX. Tengo sangre artística por parte de ambas ramas de mi familia, contando con familiares escritores, verbigracia Jesús Goytortúa, quien tiene publicada una novela en editorial Porrúa; en San Luis Potosí, una calle lleva su nombre. Tengo en mi haber algunos cuentos breves infantiles y de suspenso, nacidos para entretener a los niños de la familia; coautora de una tesis y un guion de cortometraje, en auxilio de una amistad invidente en su carrera de Comunicación, pero ninguno de esos escritos, excepto la tesis, llegó a ver la luz pública.

Ilustración: Sea by Night, por Marianna Tomaselli

2 comentarios en “Reflexiones

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s