Círculo literario: El segundo sexo, parte II

“Todo mito implica un Sujeto que proyecte sus esperanzas y sus temores hacia un cielo trascendente. Las mujeres, que no se afirman como Sujeto, no han creado el mito viril en el que se podrían relejar sus proyectos; no tienen ni religión ni poesía que les pertenezca auténticamente: sueñas a través de los sueños de los hombres” (Simone de Beauvoir, El segundo sexo.)

Han pasado setenta y un años desde la publicación de esta magistral obra que surgió a partir de las reflexiones sobre lo que significa ser mujer, en un principio sólo de Simone De Beauvoir; después, de una ardua investigación por parte de la filósofa sobre las mujeres a lo largo de la Historia, en sociedades diversas. Este maravilloso ensayo aborda cómo se ha concebido a la “mujer”, qué lugar hemos ocupado en el mundo, qué lugar deberíamos ocupar, dónde estamos las mujeres, qué implica la feminidad, qué es una mujer, y mucho más. Sin duda, es un libro talismán.

A siete décadas de su publicación, los capítulos de El segundo sexo resuenan en la vida de muchas mujeres, abren camino a la introspección, a las cavilaciones individuales y colectivas. Proponen rutas de exploración y transformación sobre nuestro lugar en el mundo. En tiempos de confusión e idealismos absolutos revestidos de la liquidez posmoderna, es más necesario que nunca ahondar en lo que ser mujer significa, lo que nos significa a nosotras.

Y es por esta apremiante necesidad que, en medio de un confinamiento mundial, a través de un espacio virtual, varias mujeres mexicanas nos reunimos a leer, conversar y repensar el segundo sexo; cada paraje, cada frase, cada recoveco mental, cada ejercicio de memoria al que nos invita Simone de Beauvoir.

Como resultado de la primera reunión de la segunda parte de este círculo literario virtual queremos compartir con otras mujeres, algunas de las historias propias –que en muchos sentidos son de todas- surgidas de la Tercera parte del libro; esto con la intención de sumar a la reflexión colectiva e invitar a seguir la conversación más allá de la virtualidad.

A continuación, compartimos con ustedes algunos hallazgos surgidos a partir de la Tercera parte: MITOS

Recordemos que en este capítulo Simone nos habla de la importancia fundacional de los mitos, de cómo perduran e impactan a través de los siglos en cada sociedad. De la imagen femenina dentro de ciertas mitologías. Cómo modelan incluso ciertos procesos biológicos de las mujeres, desde que somos niñas; de nuestra socialización. Cómo ajustan ciertos mandatos, creencias, señalamientos, relaciones, que sostienen la política sexual de subordinación de las mujeres. Y cómo encarnamos ciertas ideas a partir de ser “lo Otro”.  Cómo nos atraviesan en el cuerpo las historias que, durante milenios, los otros, han contado e impuesto sobre nosotras.

MITOS

Viví la menstruación de manera tardía, a todas mis amigas ya les había bajado, pero yo nunca me ocupé por saber qué era, más allá de lo básico de la plática que nos dieron en 6to de primaria, donde después nos regalaron unos kotex que nos escondimos en la bolsa de la falda para que los niños no los vieran. Yo se los regalé a mi amiga Nora porque no veía para cuando me llegara.

Pero una vez que llegó, a los 14 años, de inmediato se me prohibió hablar de eso enfrente de los hombres. Cuando decía que tenía cólico o que me estaba bajando, sentía la mirada de mi hermano y mi papá diciendo en mayúsculas: “¿QUÉ TE PASA? NO HABLES DE ESO”. Lo que no recuerdo es la reacción de mi mamá ante tales expresiones, probablemente les daba la razón porque “¡GUÁCALA!”. Guácala que te baje cada mes, guácala que eso sea parte de tu vivir, de tu ser. Guácala ser mujer.

Regina

Mi relación con la virginidad fue todo un proceso. Al principio me daba miedo tener relaciones sexuales, tuve novios con quienes solo hubo caricias y acercamientos, pero no sexo. En la universidad éramos un grupo de doce mujeres, y en ocasiones hablábamos de nuestras experiencias íntimas, pero a mí me daba pena porque yo nunca había tenido una relación sexual, me sentía fuera de lugar, extraña, también porque todas tenían novio menos yo, y porque en ocasiones hacían chistes y burlas sobre el tema. Sí, era un tema de burla “ser virgen”, o no tener un novio. Ya en el último año de la universidad conocí al chico con el que perdí mi virginidad, lo quise mucho, fue algo muy especial y supe que para mí era lo correcto. Con él todo se dio muy bien y de manera natural. Unos días antes de que sucediera le pedí pruebas de ETS y de hecho recuerdo que fue un 14 de febrero, esa noche terminando de cenar preparamos los condones y siempre estuvo al pendiente de mí.

Mariana

¿Masturbación? A lo largo de toda mi infancia y los primeros años de mi adolescencia, la masturbación fue algo completamente invisibilizado. No era algo prohibido, era más bien inexistente en el lenguaje y, por tanto, en la realidad, en la vida.

La primera vez que recuerdo reparar en la palabra “masturbarse”, fue en la secundaria. Fue un compañero de clase quien la dijo, y yo, que no sabía lo que significaba, se lo pregunté a otra chica. En actitud burlona ella exclamó un amplio “¿A poco no sabes qué es masturbarse?”, y no, de verdad no lo sabía, y no lo averigüé en ese momento porque la chica no me explicó nada y se limitó a hacerme sentir estúpida. Tal vez no me lo dijo porque ella tampoco lo sabía.

Que yo me haya enterado hasta los trece o catorce años que los hombres acarician sus órganos sexuales para complacerse, y que haya tardado unos años más en comprender que la masturbación no es una actividad exclusiva del sexo masculino, no es una casualidad. Tampoco lo es el hecho de que muchas mujeres de mi generación –millennials que tuvieron acceso a internet desde muy temprano en la vida- no se sientan cómodas hablando de masturbación o jamás hayan siquiera tenido en sus manos un juguete sexual.

La determinación de las familias y las escuelas de no mencionar la masturbación de las mujeres, ni por error, para mí es claramente un mecanismo para arrebatarnos el derecho al disfrute, al placer, porque ¿qué es una mujer que se frota con los dedos para regocijarse en su propio sexo?, ¿qué es una mujer que aprende con la práctica a proveerse un orgasmo tras otro?, ¿qué es una mujer dueña de su cuerpo y de su placer?

Al parecer, esa mujer es un peligro, habría que preguntarse para quién.

Paloma

Recuerdo el día que mi mamá me llamó para hablar de “sexualidad”. Regresé a jugar con mi hermana con una revolución en la cabeza. Fueron palabras que no entendí muy bien y que tuve que procesar. Recuerdo la frase que me dijo con la mejor intención, al terminar la conversación: “Te digo esto para que no te asustes cuando pase”. Pero claro que me asusté.

Lo que no me dijo fue lo incómodo que era llevar una toalla enorme entre las piernas, que mis reglas al principio durarían 8 días y que tendría cólicos dolorosos. Tampoco me dijo que somos mujeres cíclicas, que podía reconocer mis cambios y conocer mi cuerpo para relacionarme conmigo de una forma amorosa. Pero cómo me lo iba a decir, si a ella nunca nadie se lo dijo.

Gabriela

Menstruar.
Vomitar, llorar, desmayarte.
Sentirte cansada, mareada.
¡El miedo a que una mancha aparezca!

¿Sororidad?
Preguntar entre susurros: ¿estoy manchada?

La toalla, los tampones, la copa,
a todas rozan y molestan.

¡Me choca menstruar!
Problemas hormonales, sangrados interminables, quistes en el ovario.

Hola mamá, ¡otra vez me desmayé en la prepa!
“¿Qué? ¡Exagerada!”

12, 15, 18, 20, 21, 22….
¿Embarazo?
¡9 meses, adiós regla!

Michelle

Se dice que empecé a menstruar a los once años, no hubo un gran revuelo, mi mamá me compró las toallas del empaque que me pareció más llamativo. A partir de entonces, tuve algunas descargas, pero nadie me dijo que eso no era sangre menstrual sino un flujo que me sigue acompañando y que es, como me he informado, bastante común. Igual me ponía las toallas, porque era lo que tocaba.

Pero no empecé a menstrual realmente hasta un año después, en la secundaria, una mañana en que se me manchó toda la falda y mi papá me tuvo que llevar ropa para cambiarme. Qué vergüenza.

Desde entonces he asociado mi período con nada más que dolores insoportables, con sentir que mi cuerpo no me pertenece, que me traiciona, que me destroza desde dentro.

Aprendí tardíamente a llevar la cuenta de manera correcta, tampoco sobre eso hubo mucha información. Pero por lo menos tuve el consuelo de ser extremadamente regular y poder predecir lo que iba a pasar, casi día por día. Al final creo que llegué a convertir mis síntomas en ley, pero he tratado de no pensarlos más así, de llevar una relación más amable con mi cuerpo.

El mes pasado fue la primera vez que me bajó sin mayores molestias. Espero que la experiencia se repita.

Abigail

El cabello largo en un chongo, en una cola. Me duela la cabeza, me aprieta y no me creen. “Cómo te va a doler el cabello por traer cola, ¡péinate!”.

La incomodidad del brassiere no me deja pensar en otra cosa. Me lastima la varilla, me da mucho calor. “¿Cómo puedes andar con las chichis colgadas?”.

¿Cuándo fue la primera vez que me indicaron sumir la panza? Ni siquiera lo recuerdo, pero se grabó tan profundamente en mi mente que ya no sé cuándo la sumo o cuando no, ya no sé cómo es mi panza.

¿Todo para qué? ¿Cuánta energía y tiempo me quita pensar en esto todo el tiempo? ¿En qué lo invertiría?

Denisse

Menarquía. Ni siquiera conocía la palabra, hace algunos años la escuché en inglés, “menarche”, en un festival de mujeres en Australia. Cuando dije que no sabía qué era, se me quedaron viendo terriblemente, pensé que era algo del idioma, pero no.

En casa nunca fui consciente de que mi madre menstruara, todo era discreto. Seguro que lo hablamos con algún libro de educación sexual y en las típicas pláticas de la escuela, pero no se hablaba con nadie de la familia, tampoco con amigas. Recuerdo cuando mi mamá me informó felizmente que a una amiga mía ya le había bajado, como si fuera un gran logro. Yo no quería saber al respecto, me parecía ridícula la celebración y no me emocionaba nada que me llegar la hora.

La noche que me bajó estaba en secundaria. Lloré, le avisé a mi mamá y me llevó toallas. No recuerdo bien su reacción, creo que me felicitó, seguramente me abrazó, pero yo estaba triste, era algo indeseable para mí. Me di permiso de desvelarme leyendo mi libro favorito de The Baby Sitters Club en la cama.

Siempre era estresante ir a la escuela menstruando, aterradora la idea de mancharme, y pasó una o dos veces, pero pude esconderlo con éxito. En la prepa un compañero sugería que en esos días portáramos un listón para que ellos supieran y pudieran tratarnos con más delicadeza. Entonces se volvió un chiste local, cada que alguna se molestaba o exaltaba, Julián gritaba: “¡listón!”. Y a algunas les (¿nos?) daba risa, porque además le atinaba. Hoy no me causa nada de gracia.

Cynthia

Una de las partes claves a resignificar en la vida de las mujeres es la belleza ¿Qué es? ¿Quién nos la impone? ¿Cómo juega el sistema en todo esto? Los primeros halagos o castigos que recibe una niña siempre son en referencia a su belleza física. Desde pequeñas se nos enseña que sólo valemos por cuán bellas somos (cómo si fuera algo que pudiera medirse). Frases como “qué bonita te ves” “qué bonita bebé” en contraposición con un “No llores, mira qué fea te ves” cuando se trata de castigar.

Deconstruirme y reconstruirme en mi día a día como mujer y madre no ha sido sencillo, menos cuando los ejemplos de dichas frases me remiten a la infancia. Con Sofía es diferente, mis halagos, cariños y frases alentadoras poco tienen que ver con el “qué bella eres”. Antes, ahora y siempre: “Eres fuerte” “eres poderosa” “¿quién es mi chica mala?” Mi enseñanza va de “Sofía, no le debes belleza a nadie”

Una manera de fluir en el mundo es dejar de alentar el ideal de belleza que han querido y quieren los hombres. Mi refuerzo crecerá sin hacer alusión a las faldas, aretes o juntar puntos para ser hermosa. Ella es poderosa y fuerte, y es todo lo que necesita creer.

Zayra 

El mito de la buena madre se cuela por todas partes, es un zumbido incesante. Me acecha como pulpo de múltiples tentáculos, que nacen de adentro y de afuera. Las miradas, los juicios, las condenas, las cadenas invisibles, los cuestionamientos frente a mi forma de ser madre. El lugar asignado y la manera de habitarlo. Se mete por las paredes de mi casa y mi cotidianidad. Se inserta en mis relaciones más próximas. Borra una buena parte de mi vida, amenaza con borrarme para hacerme insignificante.

Marilú

No seguir normas de estéticas tales como maquillaje, tacones o vestidos, se parecía natural desde pequeña. Tengo fotos de la primera comunión, donde aparezco con cara de enojada pues me obligaron a tener puestos los guantes (ya había cedido en muchas cosas que la tradición obligaba… el vestido, el peinado, la canastita…los guantes me parecían el límite).

Esto sin quererlo fue un filtro durante toda mi vida en lo referente a lugares a los que concurría, por ejemplo, no iba a antros donde la entrada no era permitida si ibas con tenis. También hoy descubro que mis amistades aceptaban eso de mí, y no se limitaban a ciertas modas impuestas, respetaban mis gustos y eso hizo que el vínculo fuera más honesto y libre. Hoy lo sigo experimentando con el nunca haber teñido mis canas, algo que jamás fue un conflicto para mí; fue llevar mis cabellos grises desde los veinte años. Y descubro en las caras de mujeres adultas de melenas obscuras que me preguntan, asombradas, qué me hice en el cabello, y se asombran ante la simple respuesta de “nada”.

Ceci

Porque la belleza cuesta y para ser bonita tengo que ser delgada. Seguir regímenes alimentarios que me dejan con hambre, hacer mucho ejercicio para estar torneada, tomar pastillas y gotas que drenan la grasa del cuerpo o quitan el apetito, ponerme acupuntura en las orejas para sentir pronto la saciedad, inyectarme la panza para quemar la grasa,  masajes reductivos, etc… no recuerdo qué tanto he probado para bajar de peso, cualquier intento es bueno y vale el dolor e incomodidad que conlleva. Subo y bajo de peso, me doy atracones de comida y me siento culpable, adelgazo y lo festejo. Es una relación muy dolorosa la que tengo con mi cuerpo, nunca es suficiente para ser, para ser ¿bonita?

Cristina

Esos son los mitos con los que crecimos, con los que algunas mujeres se enfrentan aún el día de hoy. Pensarlos, socializarlos, escribirlos, es el primer paso para poner un alto y apropiarnos de la creación de una nueva historia.

¿Qué mitos proponemos hoy las mujeres?
¿Qué épica estamos construyendo a partir de estas reflexiones individuales y conjuntas?

Arte: Lizette Abraham/ @lizetteabrahamfotografia

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