Mosquitos

El maldito aprovechó la oportunidad para meterse a la recámara cuando fui al baño, y andaba por ahí zumbando cada vez más cerca de mi cabeza. Me levanté, prendí el foco y en cuanto el cuarto se iluminó, el zumbido cesó. Sacudí las cobijas, recorrí las puertas del clóset, moví la persiana, me quedé quieta y cerré los ojos para concentrarme en el sonido; escuché un tráiler pasar por la avenida y una ráfaga de viento colándose por debajo de la puerta, pero del mosquito, nada.

Apagué la luz y me volví a meter a la cama, mi respiración se fue volviendo lenta y profunda, estaba muy cerca de quedarme dormida cuando pasó zumbando muy cerca de mi oído, como tanteando en la oscuridad para encontrar mis mejillas. Me pasé la mano cerca de la cara para espantarlo y volví a prender la luz, esta vez probé con la lámpara por aquello de que los insectos “siguen la luz” y me quedé sentada en la cama esperando que el mosquito se acercara para aplastarlo entre mis palmas. Esperé y esperé hasta que empecé a aburrirme, intenté pasar saliva, pero tenía la boca seca, ¿cómo era posible que estuviera sedienta si me había tomado una jarra de agua entera antes de dormir?, ¡qué molestia!

¿Y si mi sed no era normal?, ¿qué tal si era una señal de algo más?, ¿podía ser un síntoma?, ¿hay enfermedades que provoquen sed? ¡La diabetes!, ¡claro! A Lucía le pasó, un día se dio cuenta de que no podía enfocar bien y fue con la oftalmóloga, pero la doctora no encontró nada malo en sus ojos y la mandó al internista, quien le hizo un montón de preguntas raras como – ¿se ha sentido sedienta?, y entonces Lucía recordó que las semanas previas había tomado mucha más agua de lo normal porque se la pasaba con sed, ¡con sed! Luego de las pruebas, se confirmó que tenía la glucosa por el cielo y que tendría que inyectarse insulina el resto de su vida. Seguro era eso, seguro mi páncreas había dejado de funcionar por alguna razón relacionada con mi herencia familiar, y seguro también me había pasado de la raya con el refresco y el pan dulce, seguro cuando analizaran mi sangre confirmarían niveles de glucosa por encima de lo normal y me recetarían insulina. Tendría que inyectarme todos los días y renunciar a una larga lista de alimentos y bebidas. Y si no lograba disciplina perfecta con el tratamiento, la dieta sin azúcar y el régimen de ejercicio; seguro empezaría con complicaciones, necesitaría diálisis por la insuficiencia renal y tal vez incluso me amputarían un pie y después una pierna…bzzzzz…bzz…bzzz…bzzzzzzzz

Ahí estaba el mosquito otra vez, podía escucharlo, pero no lo veía. Agarré una playera del closet y recorrí la habitación blandiendo la prenda con la esperanza de golpearlo en pleno vuelo, pero no funcionó. Miré al techo en busca de algún puntito negro y lo que descubrí fue una grieta delgada que iniciaba en la unión de la pared y el techo, y se extendía varios centímetros hacia abajo. ¿Sería sólo la pintura partida o llegaría hasta el cemento?, ¿y si era suficientemente profunda como para alcanzar el bloque de concreto? Examiné a detalle cada esquina de la habitación y luego pasé al resto del departamento. Nada en el baño, nada en el otro baño, nada en el estudio, nada en… ¿eso es…?, ¡cómo no las había descubierto antes!, no una, ¡dos grietas en la sala!

¿Y si el temblor de septiembre había llenado de hendiduras el edificio?, ¡once pisos de grietas escondidas! En aquel momento, la administradora dijo en el chat vecinal que el personal de protección civil de la alcaldía había revisado el inmueble y no había encontrado “daño estructural”, pero no envió ningún documento, yo no vi ningún dictamen, ¿puedo confiar en alguien que ni siquiera vive aquí? No sería la primera vez que se pone en riesgo la vida de las personas por negligencia o por… ¿corrupción?, ¿y si la habían sobornado?, ¿qué tal si la alcaldía le había ofrecido una suma considerable a cambio de convencernos de no exigir el reforzamiento del edificio?, ¿qué pasaría en el siguiente temblor?, porque en la Ciudad de México siempre, siempre hay un siguiente temblor, bzzz, ¿se caería el edificio?, bzz, ¿sonaría la alerta sísmica con suficiente tiempo de anticipación para bajar los cuatro pisos de escaleras y salir antes del derrumbe?, bzzzzzzzz

¡Dónde estás, insecto infeliz!, ¡muéstrate, maldito cobarde! Estaba harta, me moría de sueño y tenía frío, entonces recordé la lata de insecticida para cucarachas que compré cuando me mudé y descubrí que los inquilinos anteriores no se caracterizaban por la pulcritud. Revolví las botellas de artículos de limpieza y encontré el insecticida en el fondo de un mueble. Agité el envase, presioné la válvula con el brazo elevado hacia el techo y rocié furiosamente todos los cuartos hasta que una picazón insoportable me inundó la garganta; a la tos le siguieron las náuseas y el vómito. Cuando todo acabó me quedé sentada en el piso del baño un instante con la espalda recargada en la orilla del cancel y se me cerraron los ojos, ¿qué hora sería?, ¿pasarían ya de las dos o tres de la mañana?, ¿cuántas horas podría dormir antes de que sonara la alarma para ir a trabajar?

Otra vez tendría que llevar el termo grande lleno de café a la oficina, debía mantenerme despierta porque urgía destrabar ese proyecto que llevaba semanas de retraso, el mismo que seguramente sería liderado por mi compañero de al lado, quien no solamente se llevaría el crédito, sino también un pago treinta por ciento mayor al mío porque él tiene pene y yo no. Y así transcurrirían los días hasta la llegada del depósito quincenal que me alcanzaría para pagar la renta, los servicios, la despensa, la recarga de la tarjeta del metro, el salario de la enfermera de mamá y dos bebidas de cafetería. Difícil pensar en dejar de pedir préstamos a mis amigas para gastos imprevistos, imposible ahorrar suficiente para el enganche de un departamento, iluso soñar con un negocio propio para mantenerme cuando me llegue la hora del retiro sin pensión. ¡Ay!

Sentí el pinchazo de dolor en el brazo derecho cerca del hombro, rápidamente me di un manazo y percibí humedad, ¡lo había matado por fin! Me miré la palma en busca del insecto aplastado, pero sólo encontré una manchita de sangre. Qué raro, si lo destripé y le saqué la sangre que antes me había succionado, ¿por qué el cadáver no estaba en mi mano?

Recordé una entrevista en la que una bióloga explicaba que los seres humanos habíamos perdido todo respeto por la naturaleza y que, al invadir los ecosistemas para explotar sus recursos, estábamos provocando que los animales desarrollaran mecanismos de adaptación para sobrevivir en ecosistemas agresivos.

¿Qué tal si la tala en las zonas selváticas del sur del país estaba acabando con el hábitat natural de los mosquitos, obligándoles a mudarse?, ¿qué tal si habían desarrollado algún extraño mecanismo de adaptación para sobrevivir en la ciudad?, ¿se habrían vuelto resistentes?, ¿habrían aprendido a camuflarse?, o peor aún, ¿se habrían vuelto invisibles?

Bzzzz…bzz…bzzzzzz

 

Autora: Paloma Villanueva Cruz. Comunicóloga feminista. Trabajó como reportera en el periódico Reforma durante 5 años, y posteriormente se incorporó a la sociedad civil como parte del equipo de comunicación de Oxfam México; siempre con la intención de contar las historias de quienes son invisibles para la mayoría, y en especial, las de las mujeres. Integrante de la primera generación del diplomado en Formación de Agentes para la Igualdad de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Activista, lectora entusiasta, corredora y amante del bosque. Ha llegado a la literatura creativa a sus 32 años y planea quedarse un tiempo largo.

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