Nuestra primera vez


Este texto fue escrito a cinco manos. Cinco mujeres entretejieron sus historias para narrar su iniciación sexual, inspiradas y conspiradas al leer El Segundo Sexo. Y si bien es cierto, cada experiencia es única, la una resonó con la otra, generando una voz en eco.


Siempre que pienso en mi iniciación sexual me remito a la primera vez que tuve relaciones sexuales, como si mi cuerpo hubiese sentido deseo sólo hasta ese momento. No pienso en cuando me masturbaba de niña, porque seguro lo hacía, pero lo tengo borrado, la represión cumplió su función y me anuló ese recuerdo; no pienso en cuando me exploraba con un espejo porque sentía curiosidad de ver qué tenía allá abajo entre las piernas; ni pienso en cuando me besuqueaba en la boca con aquel amiguito a escondidas mientras nuestras mamás tomaban café en la sala.

En la secundaria nos enseñaron dibujos, esquemas y nos hablaron de los pistilos. Todo era plano, no parecía real. Nadie habló del placer, del rubor en los mejillas, de las orejas calientes. Nadie habló de esas cosquillas que se sienten “abajo” cuando algo te excita.

17, 20 años.

Un chico de la prepa que me gustaba un montón y con quien intercambiaba mensajes por Messenger después de la escuela. Un español que se llamaba Manolo y que tenía los ojos azules más preciosos que había visto. Mi primer novio, con el que llevaba dos años y que no se cansaba de suplicarme.

No es que no me dieran ganas y que no fajáramos interminablemente, pero siempre estaba en mi cabeza esa voz censora y acosadora que me repetía que no podía defraudar la confianza de mis padres. Traía ese discurso metido hasta el tuétano y les funcionó muy bien… por un tiempo.

Había norte en Veracruz, me acuerdo de las olas de arena y agua que golpeaban el malecón. Nos metimos en la playa. Fuimos a un hotelucho de paso, de esos que cuestan 350 pesos. No me gustó el lugar.

No recuerdo que tuviéramos una previa divertida siquiera para que yo me relajara, apenas habíamos entrado a la habitación cuando ya estábamos desnudos en la cama. Nos besamos o algo, luego vino el faje, recuerdo que ya me había quitado el pantalón cuando le dije que era virgen. Estaba nerviosa.

Metió y sacó sus dedos de mi vagina unas cuantas veces, luego se puso el condón y trató de penetrarme, el dolor fue espantoso. El condón seco y yo también, de hecho pienso que aún no tenía la noción de “mojarme”. Sentí el ruido de la rotura del himen -al menos en mi cabeza- sangré un poco, tuve cero placer y no recuerdo que a él le preocupara mucho.

No sé de dónde sacó un frasco pequeño, me lo ofreció y me dio instrucciones para que inhalara primero por una fosa nasal y luego por la otra, era una cosa que se llamaba popper y que de inmediato me produjo una sensación de mareo que luego se convirtió en intensas ganas de reír, sentí mi corazón acelerado y empecé a moverme con su sexo dentro de mí, el dolor siguió siempre ahí pero yo fingí que disfrutaba. En realidad, lo disfruté cero.

El vaivén siguió hasta que él eyaculó. Se quedó acostado boca arriba unos minutos y me dijo “bueno, pues ya no eres virgen”. ¡Y esas palabras sonaron tan hirientes!

Luego se fue al baño. Yo me acomodé sobre mi costado y me abracé las rodillas. Me quedé pensando si eso sería coger, muy adentro sabía que no.

Hoy pienso qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido distintas, si en la escuela y en las casas nos hablaran a las mujeres de sentir, de disfrutar, de los orgasmos, del squirt, de ensuciar, de gritar de placer; todas seríamos más felices con nuestra sexualidad. Y entonces pienso en iniciativas como el pin parental que pretende eliminar la educación sexual de la currícula, si se aprueba, las nuevas generaciones no tendrán ni los pistilos ni las monografías. Nosotras al menos tuvimos eso.

Aquella fue mi primera vez con un hombre, pero también tuve una primera vez con una mujer.

Estábamos sentadas en el piso de mi cuarto atrás de la cama y de pronto nos besamos. Aquellos eran los labios más suaves que había sentido. El sabor de cigarro con Motita de plátano era simplemente perfecto.

Ella había salido con mujeres desde siempre y sabía que era mi primera vez. Era muy vergonzosa pero me dejó explorar y experimentar todo lo que quise. Tan naturales, tan armónicas y profundas las sensaciones y las percepciones. Tantas texturas, humedades. Sabores nuevos que me ayudaron a entender por qué antes nunca disfruté tanto el sexo como cuando lo encontré al hacer el amor con una mujer.



Autoras: Gabriela, Marisol, Paloma, Regina y Cecilia.
Ilustración de María Hesse.

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