Amor adentro

Está tendida en el patio y es probable que nunca más hable, por el tajo en la garganta que se acaba de dar. Sus ojos miran fijamente a la luz de la luna con quien parece conversar sobre él, que al fin liberado, se mezcla con la sangre.

Hace mucho lo reconoció. Él era hábil en esconderse entre sus pupilas, pero ella aprendió que a él le gustaba que ella se mirará al espejo y lo complacía muchas veces. Pasaba larga horas encerrada haciéndolo mientras en el resto de la casa todos preguntaban por su repentina ausencia.

Llevarlo dentro marcaba su ánimo de maneras inconcebibles para ella antes de su presencia. A veces la obligaba a atiborrarse de chocolates con whisky o lamer una pared cuando nadie la veía. Pulsiones disfrazadas de excentricidades que muy pocos conocían.

Su madre preocupada al verla tan cambiada comenzó a prohibirle irse de fiesta, incluso limitó su presencia en reuniones familiares después del último incidente. En el cumpleaños de la tía, se paró en medio del festejo y comenzó a recitar bien alto frases de las cartas de Sartre a Beauvoir. Todos se callaron mientras ella gritaba: Estoy dominando mi amor por ti y tornándolo hacia adentro en un elemento constitutivo de mi ser. Lo atribuyeron a las drogas. Como si la marihuana que había probado  dos veces con su primo tuviera la capacidad de hablar de amor como él.

Él no tiene nombre, ella nunca quiso ponérselo. Se despierta a las 3 y 33 para recordar obsesivamente el momento en que entró en su garganta.

El novio la dejó ese día por no querer ceder más a su forcejeo. Ella lo amaba y el novio, al parecer, amaba ahorcarla, golpearla, violentarla; solo así gozaba. Entonces ella le temía y esperaba que se tranquilizara. Su bravuconería le impedía pedir perdón, pero por ese entonces ella solo entendía y perdonaba sin esperar siquiera que él insinuara arrepentimiento.

Por eso cuando la dejó por otra ella solo atinó a llorar. En medio del dolor que le provocaba su ausencia corrió al bosque cercano a su casa. Después de unas horas, más tranquila y como anestesiada por el viento se sentó a mirar a una flor color rosa que parecía juguetear con una abeja.

De pronto sintió que la flor la miraba de vuelta. Ella, con la poca valentía que le quedaba, le pidió amor a la flor, pero fue la abeja la que paró en seco y empezó a subir como en un ritual para entrar por su boca semiabierta. Ella, paralizada ya por la escena, solo atinó a gritar antes de desmayarse cuando el veneno se clavó en la amígdala izquierda. 

Al despertar todo había cambiado. A pesar de los cuidados prodigados por la madre ella no se sentía a gusto con nada. Comenzó a apartarse, a leer sola por horas los libros que encontraba en la biblioteca de su casa.

Pasaba en silencio la mayoría del tiempo. En su cabeza las palabras se mezclaban, bailaban entre sí. Al comienzo no lo soportaba. De familia cristiana con tradición en el mundo de las finanzas, trataba de estudiar matemáticas para alejar sus pensamientos, pero los infelices números caían del cerebro como naipes arrastrados por las letras.

Nunca habló con nadie de esto. Bueno, con casi nadie. Buscó al novio después de un tiempo para explicarle las consecuencias de su ruptura. Caminaron en el bosque. Ella con temor comenzó a decirle que cuando se fue alguien tomó su lugar. El novio se reía sin entender del todo quién era este ser dentro de ella. De pronto la agarró de los hombros por la fuerza hasta que la botó al piso. Ofreciéndole su lengua de gato como cura a la maldición mientras la desnudaba como poseído. 

Ella, callada, miraba desde dentro de sus ojos como él salía a defenderle de tan vil propuesta no comparable con el amor que alguna vez sintió por aquel salvaje.

Fue la primera vez que él y ella estuvieron en perfecta armonía. Ella abrió la boca y comenzó a cantar un canto ajeno, lejano, altísimo, mientras él tomaba con sus manos una piedra para juntos recibir a la culebra que erecta una vez más los miraba con ojos asesinos.

Después de varias pedradas sólo corrió. Corrió entre lágrimas hasta que se sintió fuerte y ya lejos de todo comenzó a saltar entre flores, a reír mientras su torso aún desnudo jugaba con la yerba alta. Fue una flor amarilla, pequeñita la que le llevó a pararse en seco.  La observó extasiada sintiendo el calor primero en sus mejillas y luego en todo el cuerpo. Inclinó su cabeza lo suficiente y sin usar sus manos se la comió directo del suelo. El dulce néctar invadía su boca, sus entrañas y en la espalda dos punzadas en los omóplatos le impulsaban a alzar un vuelo imaginario.

Embriagada como estaba sus ojos se llenaron de naranjas y amarillos. Así, posesa, llegó a la casa, donde la madre al verla atinó a llevarla a la ducha y abrir el agua helada. Después de eso, la clínica y los doctores fueron sus únicos acompañantes.

El cuchillo lo consiguió fácilmente. Hay enfermeros que comprenden que los pagos no siempre son en billetes. Quizás fue la falta de espejos o la luna llena la que le hizo decidirse esa noche a salir al patio.  Fue él quien impulso el ritual. Descarado y cada vez más dueño de ella, tomó la navaja con su mano y la puso en el corazón. Ella empezó a escuchar poemas extraños, en lenguas desconocidas. Con su último aliento alcanzó a subir la mano a la garganta antes de que él hiciera el corte preciso que no llegaría a matarla.

Todo es silencio por un rato. La luna en medio del patio baña el cuerpo de ella, que ahora comienza a dibujar alas con los brazos en la sangre que le rodea, mientras espera a los médicos que no deben demorar. En sus ojos una pequeña sombra parece renacer. El zumbido en los oídos se mezcla con un canto de grillos que suena a una ceremonia antigua que ella al fin parece entender.

Autora: Karla Armas. Nació el 6 de julio de 1978 en Quito. Comunicadora de profesión. Amante de las letras. Licenciada en Comunicación Organizacional. Ha colaborado con diversas revistas en la redacción de artículos. Cocreadora de la Editorial Turbina y del poemario Arrarrau, donde consta uno de sus poemas.  Ha participado en varios recitales de poesía a nivel nacional y como jurado de letras en los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura. Su libro Pez Amapola le sirvió para recibir una invitación al Festival de la Lira 2019. Es mamá de tres niños y una gata negra llamada Anís.

Ilustración: The Yellow Flowers, por Danya Tarakanya.

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