Cosas que hacen latir deprisa mi corazón

Les contaba que mi corazón late deprisa al saber que desayunaré mis platillos favoritos: chilaquiles o tacos de carnitas. Llegar a la cocina, sin tambalearme, a preparar mi comida es un abrazo en mi corazón. Salir a caminar al parque, elevar la mirada cargada de un vértigo que no me dejará, después de tantos años mirando al suelo. Acariciar mi cicatriz…

Planeaba que este párrafo fuera la continuación retomando el taco de carnitas que sí llegó en estos días, y de ahí proseguir con mi fin de semana, pero, tengo que desviarme un poco para contarles algo que también acelera mi corazón: el dolor.

Este fin de semana el dolor eclipsó la mañana después de conocerlas.

Me “atoré”, como le digo coloquialmente al dolor que puede emerger de mi dorsal o de mi espalda baja. Tengo una serie de contracturas en la espalda que se suelen activar por diversas razones. Son consecuencia de muchas cosas que ameritarían sus propias páginas, sin embargo, mi equipo médico y yo lo solemos resumir como “el precio” que pago por volver a caminar o moverme en general.

Este dolor que acelera mi corazón, se expande poco a poco hasta que deja rígido toda la musculatura de las áreas afectadas, imposibilitando moverme, convirtiendo cada respiro en una aguja dolorosa que siento me romperá el costado derecho. ¿Cómo se siente? Podría definirlo como un machucón perpetuo, puede durar horas y el eco me acompaña por días.

El dolor se expande con ardor mientras la rigidez se asienta, tengo unos pocos segundos para tomar mi celular y avisarles a mis padres antes de convertirme en una pupa inmóvil en mi cama. Debo hacerlo porque es fácil que el dolor recrudezca. Y con mi respiración al mínimo de su capacidad, las primeras veces que experimenté esto tuve ataques de pánico o llanto sin control. Como en ambas interviene la hiperventilación o movimientos de tórax bruscos, he aprendido a contenerme y sólo derramar lágrimas discretas mientras pienso qué hacer, es imperante evitar que mi corazón se acelere. Este proceso de contención, estar presente en mi dolor, no querer huirle sino comprenderlo, es algo que tal vez les pueda parecer extraño, pero, me ha dado mucho placer.

Ya no como picante, pero quiero comparar mi experiencia con el dolor, después de 6 años de sentirlo casi diario, como cuando nos topamos con una salsa de aquellas groseras, audaces, insolentes y decimos, “uy, pica sabroso”. No sé qué tan loco se lea esto, pues ya he obtenido miradas o comentarios extraños al compartir esto con personas significativas, sin embargo, con el concepto de eros en mente, más otras cosas que he reflexionado en estos años, puedo concluir con tranquilidad que efectivamente he aprendido a disfrutar mi dolor.

Saber que puedo controlarme, que puedo estar ahí para mí, que tranquilamente le hablo a mis padres, trazo un plan de acción, les oriento para acomodar las almohadas y mientras soy una ladrona de oxígeno a respiros pequeños, soy capaz de orquestar una danza que les permite atenderme, poner sus manos bajo mi cuerpo y colocar compresas hirviendo para que mi músculo pueda relajarse. Con tranquilidad, sin omitir el dolor, cavilando bien que todo se encuentre en el límite de lo “conocido”, me muevo poco a poco. Totalmente boca arriba sin poder enderezarme, me las ingenio para tomar un relajante muscular fuerte y espero.

¿Qué hago una vez mi madre y todos salen de mi habitación para esperar que la medicina rompa las cadenas de mi espalda? Lo que he hecho desde que me rompí la pierna, y que hoy puedo describir como algo erótico: recordar cosas, momentos, lugares, sabores que me gustan y convertirlos en un bálsamo para evitar que el dolor -ese personaje fijo en mi vida- me corroa.

En esta ocasión pude encontrar un punto más tolerable del dolor, recargada en mi costado izquierdo, con una almohada entre las piernas para evitar que mi rodilla operada tocara la otra, con una almohada en forma de estrella soportando mi cabeza, y así permitir que los anticorrosivos fluyeran.

Recuerdo, no con mucha fuerza para no provocar que se acelere demasiado mi corazón o me den ganas de llorar, las cosas que me gustan. Dosifico el placer recordando con lentitud para poder apapachar a mi mente y cuerpo del sobresalto mañanero. A veces entre el torrente de recuerdos llegan aquellos que me tensan más, la frustración no me deja del todo, así como los cuestionamientos sobre si podré desempeñarme laboralmente, asistir a cursos y entregar mis pendientes con un cuerpo tan jodido. Me pido guardar silencio y sigo recordando.

Esta vez papá entró al cuarto a decirme que saldría más al rato por mi taco de carnitas. Alcé con lentitud mi brazo para mostrarle un “like” con mi mano, es mi forma de decirle que estaré mejor. Pedí disculpas pues eran a penas las 6:30 am cuando el dolor me despertó, y como siempre, él me respondió en un tajo amable que no dijera tonterías.

Salivé un poquito ante la noticia del arribo de mi taco. Sentí placer y decidí intentar dormir pensando en mi taquito que no tiene ninguna salsa insolente, lo cual agradecí porque suficiente insolencia es vivir con dolor.

Desperté, rompí con mucha calma mi pupa, me enderecé y retomé el vuelo con mi ala derecha maltrecha, con mucha tranquilidad dejé que el olor a mi taquito me motivara. Llegué a la mesa, comuniqué que estaba mejor y con sumo cuidado me senté, cualquier movimiento en falso, activaría todo de nuevo.

La cebollita, el cilantro, separar mi taco en dos para que el placer no perezca tan pronto, agarrar el chicharrón, toda mi ceremonia fue placentera, un premio a mis ojos. Comer también me es doloroso porque ya estoy usando los músculos afectados al sentarme, más tragar, más elevar el taco, mi lado resentido podría separarme de mi taco. Pero no, esta vez no lo podía permitir.

Así que mis ansias por el taco no pueden nunca superar mi deseo por él. Conquistando el impulso, con toda la calma del mundo en mi mente -porque mi espalda claramente ya no aguanta nada, llevé esa carne hasta mi boca. No me importa que el bocado me cause dolor, sólo debo disfrutarlo más lento antes de engullirlo para convivir armónicamente entre el dolor y el placer.

De eso se trató mi fin de semana, chicas, de sentir mi corazón acelerarse en el máximo dolor, en sus ecos y por el placer que tuve que buscar, generar o recordar para poder compensar esa mañanera destructiva.

Me congratulo porque esta situación ya no me quiebra como antes, porque gracias a validar mis placeres, he logrado añadir un dolor más a mi currículum, y eso me permite atravesarlo con dignidad, una dignidad placentera que me motiva siempre a ver más allá del dolor para no cerrarle la puerta al placer.

Autora: Miranda Campos es Licenciada en Comunicación Social, radica en Cancún y se dedica al marketing digital. En los últimos años se ha interesado e involucrado más en el feminismo, inspirada por otras y como una forma de sanarse. Miranda se convirtió en una persona con discapacidad debido a un tumor en su pierna derecha, tras varios años sin poder caminar, volvió a lograrlo gracias a una prótesis interna de titanio. Con un panorama de salud más estable, la autora, se encuentra buscando espacios para compartir sus experiencias, así como reflexiones en torno al dolor, cuerpo, el cáncer, la discapacidad u otros temas que han atravesado su camino. La fortaleza, resiliencia y ganas de vivir la han llevado a describirse como una amazona de titanio.

Ilustración: María Hesse

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