Pasión fugaz

La vi en redes sociales, es verdaderamente hermosa.

Tenía muchos años de no ver a mis mejores amigas. Un fin de semana organizaron una pijamada, yo no estaba segura de ir, pero al final accedí.  Esa noche no me sentía bien, había discutido con mi ex novio, mi mente no estaba con ellas y no lograba concentrarme en nuestra plática. De repente, se abrió la puerta del departamento, era ella. Ver su belleza en una foto es impactante, pero en persona, es inevitable hipnotizarse.

Diez años de conocer a su hermana, pero fue hasta esa noche que la vi en persona. La vi entrar en cámara lenta, mi cuerpo experimentó una descarga de energía, mi corazón se aceleró, se me erizó la piel y las manos me sudaban.  No comprendía por qué mi cuerpo se descontroló de esa manera.

Entró a su habitación para no salir el resto de la noche, pero yo no dejaba de desear que saliera a convivir con nosotras.  Ella no me conocía, yo tampoco a ella… quería conocerla. Estaba experimentando un huracán de pensamientos, no podía concentrarme y decidí canalizar todo mi esfuerzo en solucionar la pelea con mi ex, así que corrí a verlo.

Desde entonces experimenté una sensación ajena, un presentimiento que sólo ignoré.  La sensación me duró varios meses, pero inconscientemente me resistí a buscar respuestas. No lo comenté, sólo venían a mi mente recuerdos de mi niñez, una parte de mí sabía que también me atraían las mujeres…no quería aceptarlo.

Recuerdo que, en la primaria, le escribí una carta a una niña de sexto año declarándole mi amor antes de su graduación.  Sentí atracción por varias mujeres durante mi adolescencia, sin embargo, fue fácil ignorar esa atracción cuando llegó mi primer amor de secundaria, y en la universidad, cuando entablé una relación “formal”; mis planes estaban con él, mi vida estaba con él, no estaba dispuesta a lo contrario.

Los recuerdos y sensaciones siguieron rondando en mi cabeza, tenía un presentimiento que no sabía explicar.  Fueron meses después, cuando mi vida se desordenó.  La relación que por cinco años sostuve, llegó a su final y me sentí en la nada. No tenía cabeza para pensar en otra cosa, sólo quería deshacerme del dolor que sentía en el pecho.

Mi corazón empezó a sanar y me desintoxiqué del amor romántico que nos ha dañado. Pasaron los meses, y fue en una noche de insomnio viendo las historias de Instagram de mis amigos, cuando me salió una historia de ella; decidí no quedarme con el famoso “que hubiera pasado”, me puse valiente y le hablé.  Aunque seguía sin entender que me pasaba con ella, quería conocerla.

Ya no tenía pretextos para evadir las sensaciones que experimentaba desde mi niñez. Acepté que también me gustan las mujeres. Además, compartir mi sexualidad no fue difícil, estoy rodeada de personas inteligentes que viven con escasos prejuicios.

Fueron pocos meses los que platiqué con ella. En cada mensaje se me dibujaba una sonrisa en el rostro. Estaba consciente que debía controlar mis emociones, que no era momento para ilusiones, que no podía volver a lastimarme, y que seguía en un proceso de sanación.

Parecía que volvernos a ver sería imposible, cada invitación era rechazada.  Ella es sincera, no teme dejar las cosas claras, es libre, no tiene censura y eso la hace interesante, deseable, única, admirable.

Una tarde de febrero, su hermana organizó un trueque de ropa, y era un buen momento para ver a mis amigas.  Salí de la oficina para dirigirme a su departamento. ¡Estaba muy nerviosa! sabía que existía la posibilidad de que ella estuviera allí, quería verla, pero no me sentía preparada.

Llegué al departamento, y lo primero que vi, fue ella. ¡Carajo, me paralicé!  Ahí estaba, sentada con su ukulele en las manos y su pelo largo adornando su cuello.

De nuevo sentí cómo mi sangre se calentaba y me recorría el cuerpo.  Había mucha gente, me presenté y no tenía valor para acercarme a ella, no quería ni saludarla, me daba pánico. Me aferré a mi mejor amiga para evadirla, empero en cuatro paredes, era obvio que fracasaría mi plan de pasar desapercibida.  Se acercó y me dijo “al fin nos conocemos”, me saludó con un beso en la mejilla, y claro, como era de esperarse, me entumecí.

Terminó el trueque de ropa y nos quedamos un rato más. Su hermana se tenía que ir, pero nos dejó con ella.  Pedimos de cenar, escuchamos música y platicamos. La tensión entre nosotras era fuerte, fue imposible disimular la energía que existía.

Llegué a mi casa y como se lo prometí, le envié un mensaje diciéndole que llegué bien.  Estaba a punto de dormir cuando me llegó un mensaje de ella: “pensé que te ibas a quedar”.  Evidentemente, la conversación se puso bochornosa…

Pasaron los días y seguimos platicando, ella sabía perfectamente que me gustaba, y yo sabía que ella no quería nada.

Un día recibí un mensaje que decía que se acordó de mí, y que me dejaba una sorpresa con el portero de su edificio. Era un sobre blanco, venía firmado por ella. Yo le dejé un sobre amarillo con una nota adhesiva color azul, que decía que ya habíamos coincidido pero que algún día tendría la suerte de volver a coincidir con ella en persona.

De inmediato me subí al coche y abrí el sobre, era una foto con un mensaje al reverso: “Recuerda que mereces el amor más bonito. Todavía hay esperanzas.”

No dejaba de sonreír y de hacer mil interpretaciones de esas palabras. A los pocos minutos recibí un mensaje de su hermana diciéndome entre otras cosas: “… ¿o te debo de decir cuñis?” ¡Mi adrenalina se fue al limite permitido, no quería abrir los mensajes porque no sabía qué decir, qué pensar y menos qué hacer!

Después de ese día no sabía cómo interpretar lo que sentía, menos lo que estaba pasando por mi cabeza.  Me iba a dormir pensando en escenarios a mi antojo, creí que tenía posibilidades de ganar su corazón, y claro que lo hice, pero no como mi ego deseaba.

Pasaron las semanas y mis mejores amigas organizaron una reunión, ella iba a ir…

Llegó el día, estaba emocionada por verla, me sentía más segura de hacerlo en compañía de mis amigas.  Durante el día fueron cancelando, y sólo estaríamos ella, su hermana y una amiga de ellas.  Esas horas jugando, juegos que mi mente dispersa no entendía, reímos y también jugamos el juego de la seducción.

Yo quería pasar más tiempo con ella, así que me ofrecí a llevarla a su casa. Pedí un Uber, nos subimos al coche y me recosté en sus piernas. Mientras platicábamos, me sentía inquieta, así que tomé mi celular y fingí interés en mis mensajes no leídos. Fue así cuando en cuestión de segundos, inclinó su cabeza para besarme, pero rápidamente se alejó de mis labios, y mi reacción fue levantar mis brazos para tocar su cabeza e inclinarla a mi boca.

Llegamos a su casa, me invitó a pasar, y cuando entramos apareció de nuevo el deseo de volver a besarla.  La situación ya no se pudo controlar, mis labios llegaron a sus orejas, recorrieron su cuello hasta llegar a sus senos, caminábamos hacia atrás hasta que la pared no nos permitió seguir avanzando, mis labios no tuvieron más opción que aferrarse a su cuerpo.  El momento fue fugaz, decidí parar porque no me sentía preparada para lo que seguía.

No dejaba de pensar en ella. Sabía que tenía que parar, que no podía ilusionarme, que no había esperanzas en un claro “no”.

Semanas después volví a verla. Tomamos té, platicamos y escuchamos música sentadas en su cama.  El momento lo viví en cámara lenta, se levantó, se acercó a mí, conocí los tatuajes de su cuerpo, disfruté la perfección de su cintura, el olor de su pelo y el sabor de su piel.  Esa noche no tenía prisas, quería disfrutar cada parte de ella, sentirla, explorarla y perderme en su cuerpo porque sabía que era la primera y última vez que estaríamos juntas.

La volví a ver dos ocasiones más, en las que fuimos al teatro. La última vez que la vi, quise evitar las miradas y mantener cierta distancia, pero hubo momentos que me confundieron.  Esa última vez, estaba esperándola en la entrada del teatro, ella llegó y fuimos a comprar golosinas. Dentro de la tienda, me pidió que la tomara de la mano.  Me sorprendí, pues tomar de la mano es un acto íntimo, según entendía en su escala de intimidad.   Tomé su mano por unos segundos, y durante ese breve momento, sentí una sensación de paz.

Dentro del teatro, hubo un momento en el que nuestros rostros estaban frente a frente y nuestros labios separados por centímetros; supe controlarme para no besarla. ¡Vaya que tengo fuerza de voluntad!  Quise evitar las miradas, sabía que no resistiría volver a tocarla, a besarla, a tomarla de la mano porque ese breve instante me hizo entender que ya era tarde para parar, que no puede evitar enamorarme de ella en tan poco tiempo.

Fue la última vez que la vi. Enamorarme de ella fue una ironía, no creía posible enamorarme en tan poco tiempo y con tampoco contacto.

Hoy, gracias a ella, entiendo que existen fuerzas en el universo que no podemos explicar y tampoco negar…ella es esa energía.

A nuestra vida, llegarán personas que nos ayudarán a descubrir una parte fundamental de nosotras, su instancia será breve o permanente.

Ella. Ella llegó para darme una lección, para quedarse en mi vida, para quererla, pero no como mi ego lo desea.  Supo quedarse en mi mente y en mi cuerpo. Llegó en el momento indicado, y quizá, yo llegué tarde.

Me quedó con la lección aprendida, con sus enseñanzas para valorar el tiempo, con su libertad, con su honestidad, con su sensualidad, con su ternura, con su sentido del humor, me quedo con su pasión por el teatro, con el poder que transmite, me quedo con su bella energía.

Para mí, fue una lección breve que me acompañará toda la vida, quizá para ella fue una noche más, eso nunca lo sabré. No sé, quizás aún no nos conocemos realmente. No me conoce, no la conozco, sólo se conocen nuestros cuerpos desnudos.

De esa breve pasión sólo queda el deseo que me provoca, y una ilusión que se quedó en un punto muerto.

Autora: María Fernanda González Betancourt  (Ciudad de México, 1993). Licenciada en Derecho, egresada de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México (UNAM), litigio estratégico y defensora de derechos humanos. Fiel creyente de que, como abogada tiene la tarea de innovar y contribuir en criterios jurídicos que faciliten el acceso a la impartición de justicia en nuestro país. Bisexual, aprendiendo a ser feminista, luchando constantemente para erradicar mis conductas machistas. Apasionada, soñadora empedernida, amante del café,  el vino y el mar. Mujer decidida a experimentar lo que hasta hoy no me atrevía por miedo a no ser buena, como por ejemplo: escribir.

Ilustración tomada de: http://getdrawings.com/

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