Reconciliación

Un día dejé de sentirme culpable por el sexo violentado a los 2 años, los grandes senos criticados en la infancia, las caderas anchas, las nalgas pequeñas, las veces que me han sexualizado sin pedirlo, las que he deseado sin ser correspondida, las críticas a mi panza y las burlas cuando uso bikini.

Todos los días me miro al espejo desnuda mientras el sol baña mi costado, veo detenidamente el color de mis aureolas, la forma ligeramente irregular de mis pezones, la barriga prominente que antecede mi vulva, los muslos anchos que se rozan al caminar, los pies pequeños y anchos. Me acaricio despacio con amor y ternura. Meto las manos entre la melena oscura, siento la electricidad de mis cabellos mientras masajeo mi cráneo. Bajo despacito por la nuca y el cuello, con las yemas toco mis hombros hasta deslizarme por los brazos regordetes. Sujeto mis pechos con firmeza, siento el endurecimiento de mis pezones, los aprisiono entre el pulgar y el índice. Llevo un par de dedos hacia la humedad de mi boca pequeña y la guío en línea recta hasta mi sexo ardiente. Un escalofrío placentero me obliga a recostarme bajo el calorcito de la mañana. Abro mis piernas con cuidado, jugueteo con los vellos de mi pubis antes de acariciar mi clítoris. Cierro los ojos para concentrarme en el aroma de mis fluidos. Siento un ligero cosquilleo en las nalgas que me obliga a reacomodarme para poder tocarlas. Tanto tiempo las he tenido abandonadas. Las he juzgado por amorfas, por celulíticas, por insuficientes. Me pongo de espaldas al espejo para verlas de reojo mientras las nalgueo, una marca roja se dibuja en el lugar del impacto. Las muevo al ritmo de una canción de twerk que suena en mi cabeza. Me cachondeo con el movimiento de mi cuerpo. Juego con mi vientre inflado, recorro su grasa, sus vellos a la altura del ombligo, le pido perdón por los ayunos, los golpes, la negación, los masajes que lastimaron, el abandono, la negación, el odio.

Vuelvo a ponerme frente al espejo sentada sobre mis talones. Me acaricio en vaivenes de lentitud y salvajismo. Mi mano derecha vuelve insistentemente al clítoris mientras la izquierda se ocupada de los pezones y el abdomen.

Amo mi grasa, mi flacidez, mis redondeces. Sumerjo mi dedo medio en la vagina. ¡Qué rica!, me digo cuando termino de chuparme el dedo. Vuelvo a mi centro. Me recorro entera una última vez antes de abandonarme a la magia del Butterfly Kiss. Llevo el vibrador a mi cuello, a mis pechos, a mi vientre, a mi vulva. Lo introduzco en mi vagina. Me abandono a la exaltación de los sentidos. Me convierto en un río. Mi aroma inunda la habitación. No hay sonidos más allá de mi respiración agitada. Sólo existe mi cuerpa gorda en completo éxtasis. Soy un instante infinito.

Autora: Emilia BC. Gestora cultural, feminista, practicante narrativa y defensora de derechos humanos. Es co-fundadora de Las Vanders, organización que trabaja por los derechos de mujeres, niñxs y adolescentes migrantes. Amante del mar, los gatos y los tatuajes. Escribir es su sueño de infancia.

Ilustración: Maremoto

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