Una historia que no fue

No recuerdo cómo nos conocimos, sí recuerdo que teníamos amigos en común. Se suponía que a él le gustaba correr, ir al teatro y leer, por eso me animé a contestarle sus mensajes cuando me escribió; además, su nombre traía a mi memoria la famosa obra de Oscar Wilde “La importancia de llamarse Ernesto”, así que comencé la aventura.

Nuestra primera cita fue en un parque, en la zona de Polanco, que lleva el nombre del gran líder hindú; el parque no es grande como el de Chapultepec, pero es abierto, limpio. Sus grandes árboles, verdes. Sus veredas estrechas, cafés. Resulta un lugar agradable para ejercitarse, para muchos atletas es más que un parque, lo consideran como su segundo hogar; yo lo pienso así también.

En nuestro primer encuentro Ernesto se esmeró por ser amable, confiable, simpático. Confieso que me cayó bien. Cuando terminamos de entrenar la noche cubría la ciudad. Si mirabas al cielo era posible ver la luna y su perfecta simetría, la luna y su imperfecta piel. Nuestra cita terminó con una bebida caliente y el acompañamiento a mi hogar. En ese entonces realmente no tenía intenciones de entablar una relación sentimental, pero él me convenció de lo contrario y así empezó mi historia con Ernesto.  

En las primeras semanas todo iba bien (así es siempre ¿no?), pero al cumplir un mes de estar saliendo, cuando comenzaban mis primeras dudas sobre si una relación así era lo que yo quería, me di cuenta de que Ernesto no leía tanto como yo creía, no le gustaba tanto el teatro como yo pensaba, y no me sentía tan cómoda entrenando con él como yo deseaba. Los días pasaban y entre el ajetreo del trabajo, el entrenamiento y otros compromisos, olvidé aquellas dudas, aun así, llegó el día que cambiaría todo.    

Se llama Ernesto y en ese entonces tenía 33 años. Se dañó.

Un buen día, después de más de un mes de sostener una relación con él, me dijo que ya era hora de que tuviéramos un hijo. No me puedo imaginar la cara que puse, pero sí recuerdo muy bien la expresión facial de él cuando le dije que yo no pretendía tener hijos. Apenas nos estábamos conociendo, y yo empezaba a tener dudas sobre si quería seguir con él, pues de vez en vez me hacía comentarios que denotaban cierta superficialidad en su forma de ser. El mismo tema salió a cuenta una semana después: Ernesto me dijo que para él era importante tener un hijo, lo tenía como meta en la vida; le contesté que tener un hijo no era una meta para mí, por lo que era mejor que nos separáramos, resultaba evidente que nuestras formas de pensar no coincidían. En ese instante suavizó su voz y en un momento de sinceridad me contó que su exesposa lo había dejado, y que ahora ella tenía un hijo con otra pareja.

A pesar del abismo que se abrió entre nosotros, él no terminó conmigo. Tal vez pensó que yo cambiaría de opinión. Yo no tenía nada que cambiar, nada que pensar, nada que reconsiderar; en algún momento llegué a cuestionarme si todos los hombres heterosexuales -sin hijos previos- darían por hecho que la obligación de su pareja era darles hijos, como si fuera un mandato y no una decisión consensuada. Como si fuéramos incubadoras obligadas a parir. Eso me hizo sentir mal en algún momento. Hoy en día las mujeres que no desean descendencia todavía enfrentan muchos prejuicios, son estigmatizadas. 

Hablé con Ernesto días después para terminar con él, hablamos brevemente en persona para despedirnos, todo fue cordial y de común acuerdo. Después de todo Ernesto no leía tanto como yo creía, no le gustaba el teatro tanto como yo pensaba, no me sentía tan cómoda entrenando con él como yo deseaba. No, y no y no y no. 

Se llama Ernesto. Está casado ahora. Pero no tiene hijos.

Autora: Indira Romero-Márquez: Economista en la ONU-CEPAL. Especialista en temas de desarrollo económico y comercio internacional. Maratonista, lectora apasionada e intento de escritora. Licenciada en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); Maestra en Economía por la University of Ottawa en Canadá; Diplomada en Modelos Econométricos Dinámicos por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Estudios de posgrado certificados en Desarrollo Económico en Pennsylvania State University (Penn State), Estados Unidos. Actualmente trabajo en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), sede Subregional en México, en la Unidad de Desarrollo Económico. Autora por varios años de los informes económicos de Cuba que se incluyen semestralmente en los siguientes documentos: “Estudio Económico paraAmérica Latina y el Caribe” y “Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe”. Profesora desde hace tres años en el Diplomado impartido en el Museo Interactivo de Economía, titulado “Historias comparadas de desarrollo económico”, módulo Cuba. Árbitro en Journals tales como: Investigación Económica (UNAM), El Trimestre Económico (FCE), la Revista de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y Comparative Economic Studies (Palgrave).

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