Epístola sobre el aborto

Querida amiga:

Te envío un afectuoso saludo en esta carta que escribo motivada por la marea verde que cada vez avanza más poderosa por nuestro país.

Me emociona escuchar el clamor de la ola, aunque, en ocasiones creo sentir con más fuerza las voces de personas obsesionadas con decidir por las demás. Ojalá alguien les pudiera decir “antiderechos dense cuenta”, pero no creo que lo hagan, hay mucha religión y machismo de por medio.

Y si bien, no le debemos explicaciones a nadie de nuestra vida, menos al patriarcado, a los morbosos o inconscientes de esta estructura que nos ciñe, siento que como amigas, sí es muy importante contarnos lo que nos ha herido, hablar sobre cómo esta estructura social pareciera más una sucesión de obstáculos que un camino para vivir.

Esto me hace pensar en lo importante que se convierte compartir entre nosotras mientras impulsamos esta marea verde, para que todo aquello que rodea o le pasa a la mujer deje de ser esta “vida femenina secreta”, y se pueda socializar cada vez más fuera del lente patriarcal. Debemos ser visibles en todo ámbito.

Y hoy, amiga, quiero ser visible contigo, así que comenzaré diciéndote que nunca he querido ser madre, por supuesto, mi verdad fue rebatida constantemente. Posteriormente, cuando inició el asunto del tumor en la pierna y el cáncer, me encontré con una narrativa muy distinta que me enervaba, porque pasé del “ya cambiarás de opinión” a una aparente decepción porque “ya no me daría tiempo ser mamá”.

Varias mujeres con las que coincidí en el pabellón de oncología, me preguntaban “¿el médico ya te confirmó si podrás ser mamá?”, “¿tu novio ya le preguntó al doctor si podrás tener hijos?”, “¿tú novio sabe que puede que no alcances a darle hijos?”, y muchas otras frases sobre esta narrativa impositiva que me urgía a cumplir “mi fin último”, por favor. Los doctores asumían estaba preocupada por ello porque, decían, “si todo sale bien, podrás ser mamá”, me dieron un sinfín de soluciones y escenarios amables para cumplir un deseo que nunca enuncié.

Toda la zona de oncología estaba llena de mensajes sobre “Si usted está o sospecha estar embarazada, avise a su médico tratante”, hablando con otras pacientes, enfermeras y personal femenino, me quedó claro que monitorean esto porque se debe suspender tu tratamiento ya que muchos son incompatibles (te mentiría si asevero que todos) con el embarazo. Eso me helaba, no concebía el orden de prioridades, pero creo que entendí un poco más cuando hablando con una mujer más grande que yo, me dijo: “¿y por qué no querrías tener uno? Sería negarle la oportunidad de nacer a un bebé que podría tener un cuerpo sano y no como nosotras”.

Sus palabras resonaron con fuerza en mi cabeza ante el significado que guardan. También generaron miedo en mí ante la idea de dejar mi tratamiento, ver las consecuencias de un embarazo en mi cuerpo ya atrofiado, entre muchas cosas más.

Todo esto fue más duro y terrorífico cuando supe que estaba embarazada. Te podría decir que pegué el grito hasta el cielo pero no sería exacto, si “grité” fue con tanta fuerza que me hundió en dirección contraria, a unos cientos de kilómetros bajo tierra, en donde transitan miles de mujeres que deciden en secrecía encontrar una solución para no llevar a término sus embarazos.

¿Cómo terminé embarazada?, es algo que omitiré porque además de lo evidente, siento que narrarlo es fomentar este espacio de “calificación” sobre qué embarazo sí merece o no atención médica. Se me vuelve a romper –simbólicamente- la pierna al leer o escuchar todas las tipificaciones de morales difusas y machistas que dirigen esto. Si una mujer no quiere llevarlo a término es razón suficiente.

¿Has visto como algunas mujeres comparan el tabaquismo, diabetes y otros padecimientos que se atienden sin cuestionar al paciente?, yo, pongo el cáncer sobre la mesa. Amiga, nadie me preguntó que si fue por irresponsable o genético, simplemente se me atendió. “Es diferente”, me podrían decir; luego me imagino cómo sería si el cáncer se transmitiera teniendo sexo y ya pude oír a varios diciéndome “¿por qué no te cuidaste? ¿por qué debemos de pagar de nuestros impuestos tu tratamiento?”. La hipotenusa (hipocresía), como diríamos memeramente, estos días.

La verdad es que estar embarazada fue de los momentos más terribles de mi vida, la impotencia me dejó meses sin dormir, ansiedad y niveles de frustración muy altos. Me pregunto muchas veces ¿por qué no inicié el proceso legal para intentar abogar por una interrupción segura bajo la causal de “poner en riesgo la vida de la mujer”? Te confieso, amiga: tuve miedo del sistema, de las leyes, he leído como las causales no proceden y es enfrascarse en un proceso más extenso. No quise exponerme a que una decisión tan íntima estuviera ligada a burocracias, ni a las narrativas sobre que “mejor lo tuviera, para que dejara algo por si me muero”.

No me expuse a eso, pero sí a un aborto incompleto, ya que no pude reunir el dinero para irme a CDMX o una solución más cercana. Sentí mucha culpa y no porque se terminó el embarazo si no “por lo que me había hecho después de todo lo que he pasado”, además me enojaba pensar que de haber sido legal en mi sitio de residencia, pude haber acudido y evitado todas las consecuencias posteriores. Esta culpa fue la que más trabajo me costó trabajar y aún batallo con algunas secuelas físicas y mentales que me dejaron aquellos días.

Deseo, amiga, que las mujeres puedan decidir sin tener que pasar exámenes de moral para decidir si es válido o no el aborto, que lo hagan sin sentir miedo al expresar una decisión distinta a la que se espera. Deseo, que ninguna mujer, sea cual fuere su circunstancia, pueda sentirse libre y dueña de su cuerpo.

Confío en que hablando entre nosotras, con más amigas, alzando la voz y apoyando a las mujeres que le dan cuerpo a esta lucha en múltiples tribunas podamos, juntas, como lo han hecho las mujeres a través de la historia, podamos crear caminos libres de obstáculos. Me imagino que será bellísimo cuando estos caminos se pinten de verde y esta marea pueda llegar a cada rincón de México.

Gracias por leerme, amiga, cuídate mucho. No lo olvides: será ley.

Autora: Miranda Campos es Licenciada en Comunicación Social, radica en Cancún y se dedica al marketing digital. En los últimos años se ha interesado e involucrado más en el feminismo, inspirada por otras y como una forma de sanarse. Miranda se convirtió en una persona con discapacidad debido a un tumor en su pierna derecha, tras varios años sin poder caminar, volvió a lograrlo gracias a una prótesis interna de titanio. Con un panorama de salud más estable, la autora, se encuentra buscando espacios para compartir sus experiencias, así como reflexiones en torno al dolor, cuerpo, el cáncer, la discapacidad u otros temas que han atravesado su camino. La fortaleza, resiliencia y ganas de vivir la han llevado a describirse como una amazona de titanio.

Ilustración de: ChiariB

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