Epístola de la memoria

Querido:

Ayer soñé que estábamos embarazados, y en ese momento me sentí feliz. Acaricié mi vientre y pensé que alcanzaría una meta que por mucho tiempo perseguí.

Pero desperté y estabas dormido a mi lado, como siempre. Las paredes eran las mismas de todos los días y nuestras pertenecías estaban en el mismo lugar que ayer y que hace años atrás. Entonces, siguiendo esa rutina que no cambia entre tú y yo, caí en la cuenta que hace tiempo aborté. A veces hablamos del tema, pero no a la profundidad que en verdad quisiera. Tiempo atrás, cuando supimos que el método nos había fallado, que pese a la cirugía que nos prometió librarnos de ser padres, el destino cruel nos volvió a traer el dilema “¿y si…” dijiste que la decisión era mía, ambos lo sabíamos, pero me interesaba tu opinión. Pensé que sería arriesgado, una aventura fuera de nuestras expectativas, ¿y si lo que dice la sociedad es correcto?, ¿y si hago feliz a mi madre con un nieto?, ¿y si en verdad lo deseo, y siempre lo deseé, pero me apegaba a nuestra ideología free child?

Te dije que no quería hijos, y nos acostamos, pero no podía dormir. Busqué información acerca de las semanas que tenía de embarazo, no me tragaba el cuento de “épale, mi piernita”, pero tampoco sabía demasiado que había de vivo a las diez semanas de gestación. Al final me dormí. Agendamos la cita y fuimos a la clínica de confianza: profesional, rápida, amable. Salimos y compramos dulces para quitarnos el mal sabor de boca, chocolates, tamarindo, galletas, todo lo que gustaba para los días sucesivos.

No lo entenderías, aunque te lo explicara, pero el aborto fue doloroso, pese a que estuviste ahí en todo momento, el procedimiento con pastillas fue cruel, vi el famoso coágulo de dos a tres centímetros y el sangrado abundante, pero al día siguiente mi vida, nuestra vida, regresó a la normalidad.

Casi no hablamos del tema, a veces hasta hacemos bromas pensando en cuántos años tendría si nos hubiéramos decidido, y luego se nos pasa. De nuevo te sometiste a la vasectomía, esta vez en una clínica cinco estrellas, método norteamericano, doctor con profesionalización en los Estados Unidos, nada que ver con el servicio en el seguro social.

Llevamos años después de esta, que según parece, es la definitiva, aunque en ocasiones, cuando tengo un retraso por el estrés pienso en qué sucedería si de nuevo, contra toda estadística nos embarazáramos otra vez. Ya cumplidas las metas que ansiábamos tiempo atrás, ya con patrimonio de los dos, más maduros y estables que nunca, ¿y sabes qué? La mejor parte de esta fantasía es que si se diera el caso, una excepción dentro de otra excepción, es probable que esta vez aceptaría, porque la libertad de elegir la maternidad es un derecho en el que nadie puede interferir. Si deseo ser madre, ten por seguro que esta vez te lo diré y ya veremos cómo reaccionas, estoy convencida que serías un buen papá, y yo, más estricta y fanática del orden que nunca con tal de darles a nuestros hijos una vida mucho mejor que la nuestra, uy, ¡cuándo pasé de hijo a hijos!, mejor voy a fantasear con otra cosa, como cuando estamos a punto de dormir y me dices: sueña con gatitos. Eso es, será lo mejor.

Nos amo.

Autora: Carmen Macedo Odilón. Bibliotecóloga de la UNAM por profesión, escritora de la UACM por afición, oriunda de la CDMX. Huidiza, estudiante de la vida, devota al Gatolicismo, las siestas largas y a evitar la fatiga.

Ilustración: TOMATOE

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