Secretos de mujer

Yo no quiero casarme, ni quiero crecer jamás…

Es domingo por la mañana, mi madre se sienta al borde de la cama, cuando giro mi cuerpo a medio sueño mis piernas chocan con su espalda. Aún adormilada escucho su voz y dice que se nos hace tarde. No sé de qué habla. Aunque soy su única hija, y la más chica de los hermanos, nosotras no somos cercanas y menos amigas, sólo me habla para poner la mesa y cuando necesita que le ayude a lavar y doblar la ropa. Yo la veo como la autoridad, igual que a la maestra Rosy de mi escuela, o la catequista de los sábados. Mi madre me quita las sábanas y me manda a bañar, mis hermanos duermen y papá, como siempre, trabaja desde temprano. Esta vez salió a instalar gallineros y a hacer talacha, apenas podemos verlo los fines de semana a la hora de la comida y la merienda… a veces, hasta me cuesta recordar cómo es su cara sin el sombrero.

El agua está fría y mientras me enjabono, escucho a lo lejos la voz de mi madre y una vecina. Algo así como que va a ir a la iglesia a los quince años de Margarita, allá en el pueblo de San Andrés Totoltepec.

—Pues me llevo a la niña, como no tengo a nadie que me acompañe… —el chapoteo del agua, con la que a valientes jicarazos me enjuago, se lleva el resto de sus palabras.

En mi cama está el vestido blanco que uso para ir a misa y una diadema de encaje con moño que no he visto en meses, también mis calcetas blancas con olanes y los zapatos de charol que uso en escuela. Me duele el estómago de tan solo verlos. Al terminar de vestirme viene mi madre envuelta en la toalla, con un cepillo en la mano y su bote de crema para el cuerpo. Aunque mi pelo está mojado, me teje unas trencitas en cada lado que amarra con una liga detrás de mi nuca. Me pone la diadema y me mira, no le gusta. No sé si el problema es el vestido, el moño de encaje o yo. Dice que me ponga un suéter mientras se frota crema que huela a rosas, esa que usa para ocasiones especiales. Toma un poco entre sus dedos y me pide cerrar los ojos, ella me da un ligero masaje en los cachetes. Aunque huele rico, el sabor de la crema es asqueroso y me tallo los labios con la mano. Me regaña porque necesita verme fresca y con los labios suavecitos. Pide que la espere en la puerta y que no me ensucie.

Frente a mi casa veo las milpas vecinas, el maíz está enorme, listo para ser cortado, hasta se me antoja un elote asado de los que a veces nos invita la vecina. Más lejos, un rebaño de borregos camina de bajada por la orilla y pienso que mi papá está a sólo unas casas arriba haciendo un corral para guajolotes. Yo siempre quise ser uno de mis hermanos para ahora seguir durmiendo, antes de que se levanten para ir con el albañil de junto a acarrear piedra. ¡Y hasta se salvaron de ir a misa! Nosotras en cambio, vamos a ir a otra iglesia, la de San Andrés, para acompañar a una quinceañera. Me preocupa regresar tarde, porque todavía tengo tarea para el lunes y no quiero que la maestra Rosy regañe si no termino.

Vamos al salón de belleza y me siento a hojear revistas, la señora Ángela enciende la televisión y al verme tan aburrida le cambia al programa de Chabelo, aunque con el ruido de la secadora de pelo, a veces no se oye nada. Mi madre pide que le baje el volumen porque ese señor le cae gordo porque ya está muy viejo para vestirse de niño… Yo pienso que él tampoco quiere crecer.

Una nube de spray con aroma a durazno llena el salón, veo a mi madre levantarse con el pelo recogido en una cola de caballo con grandes rizos, sus pestañas enchinadas y gruesas por el rímel y los labios apenas rojos. Tras pagar, vamos camino abajo hasta el paradero de camiones. Dice que necesitamos llevarle un regalo a Margarita. Recuerdo que el mes pasado fue mi cumpleaños y me regalaron las calcetas con olanes que traigo puestas y un estuche de plumas de colores para la escuela… Pienso que nunca quiero tener hijos.

Al llegar al pueblo vamos a la farmacia del centro, a la sección de regalos. Una caja musical con forma de corazón en la que gira una bailarina me gusta para Margarita, la señalo, pero mi madre prefiere un perro amarillo de peluche. Aunque es muy bonito, no sé si alguien de quince años lo querría, al menos a mí me encanta. Mi madre me da a cargar el regalo: una bolsa de papel celofán con globos y confeti amarrada con un listón y ricitos rosas. Mientras más lo veo, más me gusta, tanto así que duele saber que es para otra persona… Ojalá mi madre me prometa algo, que diga que tendré uno así para mi santo o para día de reyes, hasta con la intensión y algo en qué creer me conformo, pero no pasa nada. Vamos a salir de la farmacia cuando una multitud invade la calle, a la cabeza vienen unas mujeres con flores blancas en las manos que caminan lento, otras lloran, unos señores cargaban un ataúd. Me persigno y rezo por el santo descanso del muerto. Una señora envuelta en un rebozo camina chueco, otras señoras la agarran y ella se suelta mientras llora a todo grito:

—¡Ay madrecita, ay mi madrecita chula!… ¡ay, mamita mía! ¿Por qué…? —la mujer se desploma de rodillas en la banqueta y otras personas la levantan— ¡¿Por qué, argggh, mi madrecita santa?! —su llanto me llega hasta lo más profundo del pecho y siento piquetes, seguramente su mamá tenía que ser una anciana. ¿Por qué sufre así si ya es una señora?, y la oigo llorar tan fuerte como la vez que me caí al cortar ciruelas y me tiré dos dientes… Si hago memoria nunca he visto llorar a mi madre, ¿nada la entristece?, ¿lloraría por mí?, ¿lloraría por mí si me muero? ¿Hasta arrancarse el cabello y desmayarse, mientras mi papá la carga en sus brazos y se la lleva seguido de mis hermanos? Los veo irse hacia el panteón.

Salimos de misa. Es la primera vez que veo un vestido tan precioso: amplio con capas y capas encima, como el vestido de Bella solo que rosa, más un tocado lleno de diamantes y con zapatos de tacón color de rosa muy claritos, como las zapatillas de cristal. Hasta casi se me olvida lo de hace rato. Margarita se sube al carro de su papá, quien lo adornó con moños blancos y rosas. Nosotras vamos en camión rumbo a su casa. Mientras más cerca estamos, mi madre se alegra, lo siento en el apretón de su mano con la mía, lo sé por lo que dijo a la vecina: que su amiga Berenice estará ahí con Alicia, su hija. De solo escuchar ese nombre, un dolor agudo sacude mi estómago. Sujeto con la misma fuerza el regalo.

Alicia es “la sobrina” de mi madre. Así la llama frente a nosotros. La señora Berenice y mi madre se conocen desde chicas, aunque cuando cada una se casó dejaron de verse tan seguido. Mi madre siempre dice que cuando tengamos teléfono en la colonia se la pasará platicando con ella en sus ratos libres. Yo lo veo lejano, no tenemos ni agua corriente. Desde que tengo memoria mi papá ha comprado pipas y llena la cisterna que él mismo construyó. Supongo que mi madre también tiene promesas lejanas en las que le gustaría creer. Llegamos ante un zaguán adornado por una corona en forma de corazón, hecha de flores blancas que amarradas entre sí forman un XV. La música se escapa por toda la calle, el patio está protegido por una enorme carpa de plástico y los invitados entran y salen de todos lados. Hay muchos chavos, amigos de Margarita: unos platican afuera de la casa, otros están jugando en la milpa de enfrente, unos más arrancan duraznos y capulines de los árboles. Pregunto a mi madre si puedo quitarme el suéter que me cerré para la iglesia, ella mira a los alrededores y me responde que sólo si tengo calor. Decido dejarlo así.

Alicia es mayor que yo, tiene catorce años y es muy bonita, ya parece una mujer. Usa un vestido sin mangas escotado, azul marino con bolitas blancas. La veo sentada al lado de su mamá, quien le platica divertida. Me dan envidia, se tratan como mejores amigas, la señora Berenice la cuida mucho y siempre que puede le hace un cariñito: le arregla el cabello, o el vestido, incluso revisa que sus zapatos estén bien abrochados. Me quedo mirándolas, pero me ignoran, mi madre salta a su encuentro, las besa y abraza. Cuando Margarita y su mamá se acercan, mi madre me ordena que entregue el regalo. Me había acostumbrado a sostenerlo, a arreglarle el celofán y el listón para que se viera recién envuelto como para ahora soltarlo, pero lo doy de mala gana, la señora lo mira con decepción y Margarita se ríe, es demasiado tonto para ella quien hoy es ya una mujer. Ambas agradecen que hayamos venido y se alejan a recibir los demás obsequios de los invitados. Escucho a la señora Berenice criticar a mi madre por ese regalo tan chafa, pero ella le responde que lo hizo a propósito.

—No le hace falta algo bueno, yo solo vine para verte, y a esta muñeca —acaricia el hombro de Alicia, ella sonríe y voltea a verme, no noto que mi madre ya está sentada con ellas, y la imito. Como en silencio el arroz con mole que me sirven y al menos tres veces mi madre pide que no me manche el vestido, Alicia se ríe. A partir de ese momento dejan de prestar atención a la fiesta para concentrarse en ellas, como si todo fuera una excusa para reunirse sin papá ni hermanos, solo conmigo para fingir una salida madre e hija. No escuchan el discurso del papá de Margarita ni ven el vals o a los cadetes, nada. Ni el último juguete de Margarita o las porras a la festejada sacaron a mi madre de eso que pertenecía solo a ella, a la señora Berenice y Alicia…. Por eso nunca quiero crecer, ni casarme o tener hijos. Si algo me pasa nadie llorará por mí, si un día me muero… quizá me lleven flores el dos de noviembre… Me dan un plato de pastel y lo como en silencio, siento picores, creo que se llaman celos.

La tarde oscurece rápidamente. La música, las risas y el ambiente se sienten pesados, la señora Berenice y mi madre comparten una botella de tequila, se ríen y platican desde hace horas, a Alicia se le acercan los muchachos y ella es coqueta con ellos. Desde mi silla y tras cuatro rebanadas de pastel lo contemplo todo. Mi madre y su amiga van al baño otra vez, y yo salgo a ver la milpa. Es más pequeña que las de mi casa, los muchachos juegan a corretearse dentro, algún elote tierno aplastado y frutas verdes mordidas que se lanzan entre ellos ruedan por el suelo y me da tristeza. Si mi papá los viera tirando la comida gritaría, una vez correteó a un señor con el machete porque lo vio haciendo del baño entre los maizales.

Un muchacho se me acerca, apenas camina derecho, cuando me mira bien se da la vuelta. Aunque está oscuro se da cuenta que tengo diez años. Regreso a la fiesta y veo a mi madre discutiendo con la señora Berenice, Alicia se cubre la cara y llora. La música suena tan alta que no se escucha su llanto. Casi a oscuras los otros invitados siguen en lo suyo, Margarita luce un minivestido suelto y rosado, los chavos la siguen como perros en brama.

—Es tu culpa, Bere, ¿para qué le pones ese vestido?, cualquiera podría fácilmente meterle mano y quitarle los calzones —la voz de mi madre es torpe y en vez de rosas le huele la boca a tequila, apenas se mantiene de pie y hasta se le soltó la cola de caballo. La señora Berenice se sienta al lado de la silla de ruedas de Alicia y acaricia a su hija.

—Mijita, eres una babosa, te dejo un minuto sola y ya te estás besuqueando con un chamaco pendejo, nada más te vieron, te les antojaste, mi reina… —Alicia sigue con el rostro cubierto, la señora Berenice se levanta, dice que va a buscar al pendejo. Mi madre se ofrece a acompañarla, aunque no tienen idea de quién fue. Me acerco a Alicia, al fin se descubre la cara, y me enseña la lengua. Bebe un trago que saca detrás del centro de mesa, Margarita pasa a lado nuestro e intercambia gestos con Alicia, las dos se ríen y la festejada se va con su manada por detrás. Pienso que si Alicia fuera normal, su papá no la hubiera dejado sola con su mamá y mi madre no se sentiría culpable de tener marido e hijos sanos. Si yo no hubiera nacido, ella no me ignoraría para no hacer sentir mal a su amiga. Prefería herirme antes que a ella a quien quiere desde siempre. Quizá si Alicia pudiera caminar la historia sería diferente.

—¿Quieres? —me ofrece su bebida, la acepto, doy un trago, pero es asqueroso. Me dan náuseas y necesito aire. Doy un par de pasos hacia la puerta y echo un último vistazo a Alicia, un chavo que no alcanzo a distinguir le agarra una chichi… es todo, nunca quiero crecer, no quiero ser grande si es como ellos. Me meto a la milpa y veo una lucecita y luego otra, son luciérnagas y las sigo. Entre el maíz tan alto una podría perderse si no fuera por la luna que me deja ver el camino a la gran carpa de plástico. Piso un hoyo y me caigo, seguro que el vestido blanco se ensucia tres veces más que cualquier otro color. Entre el canto de los grillos y el llanto de los pinos en el viento voy de regreso, pero me detengo y casi se me sale el corazón ante unas sombras, son unos novios que se abrazan en la noche, los esquivo. ¿Por qué nací?, ¿para qué si soy un estorbo? Pienso en mi madre y corro al pensar cuánto me va a regañar, me va a acusar con mi papá y mis hermanos se van a reír cuando me vean toda sucia y despeinada. Llego a la orilla de la milpa, un muchacho me habla y yo lo ignoro, insiste detrás de mí y pone su mano en mi hombro, pienso que traigo un vestido y que él fácilmente podría meterme mano y quitarme los calzones. Me libero y corro a un árbol de durazno. Sin importarme rayar los zapatos, romper el vestido o tirarme otro diente, trepo como lo hacía antes. Ya nadie me sigue ni me habla, me siento en una rama, las piernas me arden, los raspones duelen y también mis manos. Recojo la falda del vestido que cuelga como una flor marchita y siento una mancha húmeda, la toco, es pegajosa y aromática, la savia no saldrá jamás de la tela, lo sé… No quiero crecer, ni ser adulta, ni besar o abrazar a los hombres.

Mi madre y la señora Berenice vienen cuesta arriba, riéndose y caminando chueco con los zapatos en las manos. Mi estómago duele, me pica hasta el pecho. Quiero bajarme y cuando me acomodo para dejar la rama siento también una humedad entre mis piernas. Toco, hay un líquido tibio en mis dedos, pero no es savia. Me asusto tanto que hasta me tiemblan las manos, luego me calmo y la risa se me escapa de los labios, me rio fuerte, me rio aún arriba del árbol y recargo mi cuerpo contra el tronco, cierro los ojos consolada por la luz de la luna, como ese único abrazo cariñoso que necesitaba recibir y dejo caer mis brazos con la sangre fresca en la punta de mis dedos.

—Ay madrecita… ay mi madrecita chula… creo que me estoy muriendo.

Autora: Carmen Macedo Odilón. Bibliotecóloga de la UNAM por profesión, escritora de la UACM por afición, oriunda de la CDMX. Huidiza, estudiante de la vida, devota al Gatolicismo, las siestas largas y a evitar la fatiga.

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