Sobrevivir

S o b r e v i v i e n t e. Sobreviviente de abuso sexual en la infancia, eso me dijeron que soy. Aunque cuando me apropié del trauma decidí llamarlo violación, pero cuando lo cuento siempre digo “fui abusada”, en lugar de “fui violada durante seis años”.

Seis años tenía, casi siete, cuando dejó de violarme. Me gusta pensar que me defendí solita, que mis gritos y mi llanto jugaron como fuego, que lo quemé y no le di otra opción más que dejarme ir y no volver a tocarme. Sobreviví, porque mientras él me ordenaba vestirme, yo lloraba sin parar y creí que iba a matarme. Y lo puedo imaginar, quizás enterrándome en su jardín o arrojándome a un baldío y actuando con desesperación cuando mis papás me buscaran.  

Pero no, no me asesinó- y es una mierda que sea un privilegio-, aunque la escena fue tan traumática que mi cuerpo la bloqueó durante diez años, hasta que una madrugada no pudo más y explotó. Y entonces recordé mis piernas abiertas, el peso encima de mí, el humo de tabaco saliendo de su boca hacia mi cuerpo. Escuché su voz, repitiendo, repitiendo, susurrando… Odio cómo sonaba mi nombre en su asquerosa lengua.

Mi memoria corporal tiene tan presente todo y a la vez parece que no recuerda nada. Una vez mi mamá me quiso llevar a terapia de hipnosis y yo dije no, ¿para qué? No quiero olvidar esto poquito, no se puede, se escondió años y ahora salió porque su lugar es afuera. No, tampoco quiero desbloquear más, las pesadillas son suficientes, no necesito saber dónde y cómo me tocó, no lo necesito para sanar ni para odiar.

Sobreviví de él, de mí, de la psicóloga que me presionó tanto que me terminé inventando mil formas en las que me pudo haber violado y quizás alguna sea cierta, quizá no.

Sobreviví de la depresión cuando empecé a charlar con ella, nunca anuncia su llegada, pero es muy simpática, dice mucha mierda y tiene unas ojeras gigantes, pero siempre anda sonriendo; también es muy sincera y comprensiva y fue la única que no me llamó egoísta.

¡Egoístas son ellos que te quieren tener así, como si esto fuera vivir! Que se chinguen, ellos no saben, no saben nada, nunca hicieron nada y ahora ni morir en paz te dejan. Es una mierda, ni siquiera puedes hablar con los chicos porque les tienes miedo, no puedes vivir después de ser violada, es así.

No, no es así. Tampoco soy, ni fui egoísta, no me quería morir, sólo quería escapar del dolor, de la Calle de La Luz, Colonia el Rosario, #no me acuerdo, pero es la casita blanca que alguna vez tuvo un jardín bien bonito, con rosales. Y había una perrita embarazada, él me regaló uno de los cachorritos y es lo único bueno que trajo a mi vida, pero si tuviera que volver a pasar por todo eso sólo para abrazar una vez más a mi Poppy, lo haría.

Él. Mucho tiempo lo llamé tío, pero en realidad no es mi familia, no hay ningún tipo de lazo que nos una, no hay. El tipo que me violó, el maldito ese, el cobarde ese que corre cuando ve a mis papás, pero que se pasea muy tranquilo cuando me encuentra en el súper mercado. No entiendo por qué pareces tan cómodo con mi presencia, yo soy la que recuerda, yo te enfrenté una vez y lo volveré a hacer. El trauma lo tengo yo, tú debes tener el miedo, temer porque yo ya no te temo y nunca más lo haré, nunca más.

Rabia, siento rabia. Mucho enojo contra él, por haber violado mi infancia de muchas formas; contra ella, su cómplice, mi hermana, mi persona favorita, tú también vete a la mierda, aunque no puedo odiarte. Rabia, siento rabia.

Miedo ya no más, pero transformo mi odio en rabia para tener una razón por la cual luchar, escribo mis pesadillas para que se agoten, se cansen de mí y vayan a joderlo a él; narro la venganza para que en algún lugar de mi universo literario los agresores reciban lo que se merecen, para quitarme de encima esta sensación de injusticia y abandono.

Marcho y grito, porque las niñas no se tocan, no se violan y no se matan; porque a mí me tocaron y me violaron, pero nunca más, nunca más silencio. El morado y el verde me abrazan y sé que no estamos solas. Escribo, lloro, resignifico, sano. Mi psicóloga me dijo que voy bien, me salí del papel de víctima y lo hice yo solita, como a los seis años.

Sobrevivo. Lo hago cada que me veo de niña e intento hacer las paces con mi inocencia; cada que visito el cuarto de mi abuelo donde está presente un recuerdo borroso; lo hago cada que escribo, porque escribo para [sobre]vivir y para desahogar, drenar, vomitar, deconstruir y crear.

También escribo porque [me] duele mucho, porque sí, soy valiente y fuerte y no le tengo miedo, pero duele. Lloro, dejo mi tristeza en una pirueta, en un tulipán de papel, en una pulsera. Siento enojo, tristeza, rabia, pero también amor, ternura, siento mi cuerpo, que es mío y solamente mío.

Siento rabia de no poder firmar esto con mi nombre, pero está bien, yo espero, espero a que la familia pueda enterarse. Pueda… como si tuviera que pedirle permiso a alguien para contar mi historia, para hacer uso de mi propia voz. Pueda, puedo, ¿puedo? No porque sabes la situación… no porque se van a morir, tú llevas el trauma cargando toda la vida, pero ellos se van a morir, a ellos hay que protegerles.

Es posible sobrevivir después de una violación, también vivir. Entonces, sí, soy sobreviviente, pero no sobrevivo, sino que vivo, a pesar de la ansiedad, de la depresión, del estrés postraumático. Vivo convirtiendo mi dolor y mi rabia en arte, esa es mi forma de sanar.

So-bre-vi-vien-te. Lo que no se nombra no existe, pero que lo sea no significa que me defina. La violación no me define, soy mucho más que una niña que fue agredida, y soy mucho más que una mujer que lo superó.

Autora: Mar radica en Querétaro, México. Tiene 19 años, es estudiante de Comunicación y Periodismo, bailarina principiante, feminista, ávida lectora, sobreviviente de violación, y escritora de cuentos, ensayos, reseñas, artículos y (borradores de) novelas. Corrige textos, rescata perritos, tiene dos escritos publicados en Especulativas y firma en Twitter como @TristezaFeliz29.

Ilustración: kathrin Honesta

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