La última vez y nunca más

Estoy sentada en la misma cafetería en la que empecé a idealizarla, pero está vez creando la estrategia para escapar de ella. Y es que todo fue atípico a su lado, desde la primera vez que su cuerpo se tatuó en el mío, se estancó un deseo, una ilusión que atrapó mis tobillos y me impedía continuar. Así que ya no podía permitir que el anhelo obstaculizara mi velocidad.

Debo decir que correr me ha liberado del estancamiento, porque observar mis piernas mientras corro me ha enseñado que la resistencia y la velocidad implican ganarle al tiempo de vida que tenemos, y yo, sin duda, tengo prisa por descubrir el camino de descubrirme.

¡Tengo que parar!, me repetía, pero antes exploté mi apetencia.

La última vez estaba sentada a mi lado, nos acompañábamos en una mañana nublada. Fue la primera vez que hablábamos a solas, mi mano temblaba, supongo se notaba cada vez que alzaba mi taza de café. De nuestra conversación iban naciendo nuevas preguntas de las que preferí no obtener respuestas. Conversar con ella fue una exquisita pausa en el tiempo.

Aquella mañana no dejaba de repetirme ¡No, Fernanda, no!, pero lo excitante de lo clandestino me dominó, su instinto sabía jugar con los míos. La tensión sexual ganó, otra vez. Ninguna de las dos pensó bien la situación.

Era la última vez, me lo había prometido a mí misma. Me incliné hacia ella, recorrí su cuello y disfruté de las contracciones involuntarias de su cuerpo. Me aferré a su cintura mientras mis labios dibujaban el camino entre su pecho, recorrí todo su cuerpo, asegurándome de retratarla en el mío antes de soltarla. Dibujarla en mí fue una obra de arte que pinté una vez, y otra más. Aquel día no supe descifrar su mirada, así que me sacié de ella, porque fue la última vez y nunca más.

Pasaron los meses y, bueno, batallé para ganarle a la parquedad de lo prohibido.  Durante esos meses eché de menos lo difuso de nuestros encuentros y, claro, también eché de menos lo que no pasó. Me tomó tiempo escribir de nuevo sobre ella, sobre nuestro último encuentro, quizá porque escribirlo significa materializar el “nunca más”, respetar mis límites.

Liberé mis tobillos, sigo en la carrera, mejorando mi velocidad cada día y en el camino disfruto de mis deseos con libertad, sin sabotaje, sin pérdidas, sin apego.

Con ella todo fue atípico, con ella soltar no significó decir adiós.

Autora: María Fernanda González Betancourt  (Ciudad de México, 1993). Licenciada en Derecho, egresada de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México (UNAM), litigio estratégico y defensora de derechos humanos. Fiel creyente de que, como abogada tiene la tarea de innovar y contribuir en criterios jurídicos que faciliten el acceso a la impartición de justicia en nuestro país. Bisexual, aprendiendo a ser feminista, luchando constantemente para erradicar mis conductas machistas. Apasionada, soñadora empedernida, amante del café,  el vino y el mar. Mujer decidida a experimentar lo que hasta hoy no me atrevía por miedo a no ser buena, como por ejemplo: escribir.

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