Algo se cuela por la ventana

Eran las cuatro de la madrugada en Minsk, había perdido el dedo anular, nunca un accidente le pareció tan puntual, las gotas de sangre derritieron la incipiente capa de hielo sobre el cofre del auto, sin embargo, era libre a todas luces, en esos primeros días de las nevadas, cuando todavía el clima gélido no acierta a llegar y solamente es viento poblado de plumas de agua y de hielo que se queda en los rostros pálidos de los habitantes. Vanya podía imaginar toda su vida de pronto frente a sus ojos como una película sobre el vidrio de la ventana de la cocina, las horas en que pasaría contemplando su soledad como se mira una obra de arte, porque así había sido, había creado algo monumental. La ollita del café derramó un poco de agua, su bebida estaba lista, la leve luz que entraba por las cortinas de la sala partía la casa en dos, parecía una enorme nuez que se abre, pero que está muerta por dentro, con rastros de oscuro polvo. Masha ya no era su problema. Él había dejado sobre la finísima carpeta de la mesita del corredor, el dedo, el anillo, el peso de los años, el dolor terrible al sumergirse una y otra vez, uno y otro día en esos cementerios azules que eran sus ojos. De verdad era bella, pero su corazón latía a otra velocidad, parecía que entre un parpadeo y otro podían pasar siglos, su mujer le pesaba más que la misma muerte, más que una sombra, más, mucho más que su triste vida anterior en la fábrica de motocicletas. No recordaba una palabra de amor, no sabía si en realidad ella alguna vez había pronunciado una, recordaba su rostro inamovible en el funeral de sus padres, pero no recordaba ni una sola lágrima. Por fin pudo decirse a sí mismo que la libertad era esa estatua, ese mural en las paredes de su mente.

Pensó en volver a la vieja casa que compartió en la juventud con una de sus hermanas, intentaría de nuevo ocuparse del pequeño espacio donde estaba el jardín y esperaría la primavera, vería su mano sin dedo y sonreiría otra vez, con esa boca un poco torcida y esos extraños, pero alegres ojos negros, enmarcados por mechones de pelo castaño claro. Vanya nunca dejó de ser sensible, deseaba vivirlo todo intensamente, perderse en el cálido océano de su propio pecho y explotar de gozo, de tristeza, de amor, de todo.

Autora: Jeanne Karen. Tiene doce libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2007), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018). Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón y el Salvador Gallardo Dávalos. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara dos libros de poesía y dos novelas.

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