Mujeres: una historia de robos y anonimatos

“Nuestras antepasadas fueron las primeras médicas y anatomistas de la historia occidental. Sabían procurar abortos y actuaban como enfermeras y consejeras. Las mujeres fueron las primeras farmacólogas con sus cultivos de hierbas medicinales, los secretos de cuyo uso se transmitían de unas a otras y fueron también parteras que iban de casa en casa y de pueblo en pueblo… Pero durante siglos las mujeres fueron excluidas de los libros y la ciencia oficial”. (Ehrenreich y English, 1981)

Por consiguiente, las mujeres hasta hace poco no eran consideradas sujetos históricos ni dignas de mención. ¿Qué sabemos de las mujeres? Su paso por el tiempo está registrado, pero la Historia escrita por hombres y protagonizada por ellos ha invisibilizado a estas mujeres, y grandes hechos históricos se han contado sin incluirlas, a pesar de su participación en estos. 

Por ejemplo, hablemos de la mujer en la Prehistoria y la distorsión de su papel. Nos han contado durante toda nuestra vida que ellas se dedicaban a recolectar frutos mientras los hombres cazaban; sin embargo, una reciente investigación demuestra que no fue exactamente así:

“Una chica de entre 17 y 19 años enterrada hace unos 8.000 años junto a sus armas muestra que la caza de grandes animales no era solo cosa de los hombres prehistóricos. Tras su hallazgo, sus autores han revisado otro centenar de enterramientos encontrando que más de un tercio de los cazadores eran en realidad cazadoras. Estos resultados cuestionan la idea dominante de que en las primeras comunidades humanas ya había una división del trabajo por género”. (El País, 2020) 

De igual importancia, un mito muy común, es que sin la caza del hombre no hubiesen sobrevivido los primeros humanos y gracias a ellos fue posible llegar hasta donde estamos, pero esto ha sido analizado desde puntos de vista más objetivos, que muestran que la supervivencia de la humanidad se debió mucho más a “la mujer recolectora” que al “hombre cazador”. Lee y DeVore (1968, p. 4) han mostrado empíricamente que incluso entre los cazadores y recolectores, las mujeres suministraban hasta el 80% del alimento diario; mientras que los hombres contribuyeron sólo con una pequeña porción obtenida de la caza. A pesar de esto, hasta la fecha subsiste la creencia de que el hombre cazador, era el que satisfacía las necesidades básicas y protegía la sociedad… Es fácil darse cuenta que la humanidad no hubiese sobrevivido si el sustento diario de las sociedades primitivas hubiera dependido del hombre cazador.

Además, avanzando por la historia, nos encontramos con hechos bastante interesantes: los hombres se robaron el conocimiento de las mujeres y las excluyeron de la Medicina. Hablemos sobre las brujas, mujeres sabias y herbalistas que estaban mucho más avanzadas que los médicos de la época quienes sólo le rezaban a los males; tal es el caso del médico del rey Eduardo II de Inglaterra, bachiller en teología y licenciado en medicina por la universidad de Oxford que recomendaba tratar el dolor de muelas escribiendo sobre la mandíbula del paciente las palabras “En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amen” (Ehrenreich y English, 1981). 

Y cuando los médicos se dieron cuenta que había mujeres mejor que ellos en el arte de sanar, sin razón alguna más que (muy probablemente) sólo envidia y odio comenzaron a llamarlas brujas, estaba “claro” que tenían ayuda de «fuerzas malignas», y esto tarde o temprano provocaría la caza de sanadoras adelantadas a su época, como Bellezza Orsini y  Jacoba Felicie, denunciada en 1322 por la Facultad de medicina de la universidad de París, bajo la  acusación de ejercicio ilegal de la  medicina (Green, 2006, p. 50). Las principales acusaciones formuladas contra Jacoba Felicie fueron que: “Curaba a sus pacientes de dolencias internas y heridas o de abscesos externos. Visitaba asiduamente a   los enfermos, examinaba la orina tal como hacen los médicos, les tomaba el pulso y palpaba todas las partes del cuerpo”. Seis testigos afirmaron que Jacoba los había sanado cuando muchos médicos ya habían desistido, y un paciente declaró que la sanadora era más experta en el arte de la cirugía y la medicina que cualquier otro médico o maestro cirujano de París. Pero estos testimonios fueron utilizados en contra suya, pues no se la acusaba de ser incompetente, sino de haber tenido la osadía de curar siendo mujer.

“Eventualmente, las brujas llegaron a tener amplios conocimientos sobre los huesos y los músculos del cuerpo, sobre hierbas y drogas, mientras los médicos continuaban basando sus diagnósticos en la astrología y los alquimistas seguían intentando transformar el plomo en oro. Tan amplios eran los conocimientos de las brujas que, en 1527, Paracelso, considerado como el padre de la medicina moderna, quemó su manual de farmacología confesando que todo lo que sabía lo había aprendido de las brujas”. (Ehrenreich y English, 1981)

De la misma forma, tiempo después, a las parteras se les fue arrebatado su oficio cuando los hombres se tomaron más en serio la Medicina y pidieron la creación de leyes para que las mujeres no pudieran practicar partos, dejándolas sin trabajo porque no querían competencia, sin importarles lo duramente criticados que eran por no ser tan buenos como ellas (Ehrenreich y English, 1981). Otro caso parecido es el de las enfermeras, a las que no dejaron ser médicas y les ofrecieron el trabajo de “ayudantas del doctor” porque ser médica era poco femenino. (Ehrenreich y English, 1981)

A pesar de eso, no todas las mujeres se conformaron con la idea, algunas decidieron hacerse pasar por hombres; por ejemplo, Margaret Ann Bulkley (Birkle, 1995, p.50), conocida como James Barry, quien se hizo pasar por hombre para conseguir ir a la universidad y estudiar Medicina. Margaret soñaba con ser cirujana, algo que era impensable en 1800, por lo que decidió vivir toda su vida como un hombre hasta el momento de su muerte, su labor en la medicina fue muy importante, consiguió ser cirujana militar del ejército británico durante la Batalla de Waterloo, más tarde fue nombrada inspector médico de la Colonia Británica y Oficial Médico de Primera. 

Lo mismo hizo Henriette Faver (Johnson, 2017), que acortó su nombre para estudiar cirugía en París y atender al ejército de Napoleón en su incursión rusa. Instalada en Cuba, se casó con una joven tísica, quien terminó pidiendo la anulación del matrimonio en 1833. Encarcelada, fue sometida a la fuerza a un examen médico para determinar su sexo, a pesar de que previamente había confesado para evitar la humillación. Condenada a diez años en Santiago, apeló al tribunal de Puerto Príncipe, que rebajó la pena a cuatro años. 

Hasta hace poco, se pensaba que las mujeres no participaron en las artes ni la ciencia porque la sociedad machista no les dio la oportunidad de acceder a las universidades, pero la realidad es que cientos de mujeres se vieron obligadas a vestirse como hombres para llevar a cabo sus aspiraciones. Célebres militares, arqueólogos, médicos, escritores y músicos fueron en realidad mujeres muy valientes. 

Por otra parte, quienes no querían vestirse de hombres, también recurrían a usar seudónimos o el nombre de sus esposos. Virginia Woolf, quien en su obra Una habitación propia (2007) afirmaba: «Me atrevería a aventurar que Anónimo, que tantas obras ha escrito sin firmar, era a menudo una mujer». 

De hecho, uno de los casos de anonimato más conocidos es el de Jane Austen, quien publicó Sentido y sensibilidad con el nombre “by a Lady” (Tanner, 1979). Además del anonimato, otra forma para que no supieran que era una mujer la que escribía, fue el uso de seudónimos masculinos. Las hermanas Charlotte, Emily y Anne Brontë escribieron sus primeras obras, incluida Cumbres borrascosas, bajo los seudónimos de Currer, Ellis y Acton Bell, para evitar los prejuicios de la época sobre las escritoras (Costa, 2018).

Igualmente, dos casos indignantes de robo de autoría, son el de la escritora francesa Colette, quien alcanzó el éxito a comienzos del siglo XX con la serie de novelas “Claudine” que se publicaron a nombre de su marido (Thurman, 2002), Henry Gauthier-Villars y el de Margaret Kaene, pintora quien a principios de los años 60 fue encerrada, golpeda y casi asesinada por su exesposo Walter Keane quien robó todas sus obras y se atribuyó el éxito de éstas (González, 2014). Pero no son las únicas mujeres que pasaron por lo mismo; Mary Shelly, Camille Claudel, Rosalind Franklin, Lise Meinter, Hedy Lamar, Margaret Knight, Nattie Stevens y Denisse Scott son parte de la larga lista. 

Infortunadamente, el uso de seudónimos masculinos por parte de mujeres no es algo de siglos pasados. Joanne Rowling, escritora de Harry Potter, a finales de los años 90 tuvo que utilizar sus iniciales en lugar de su verdadero nombre a petición de sus primeros editores (Poyo, 2017), porque la novela de Harry Potter parecía estar dirigida principalmente a lectores hombres, quienes podrían tener prejuicios a la hora de leer una obra de ese género escrita por una mujer. 

Lo bueno es que, gracias al interés de las mujeres por otras mujeres y su lucha por ser visibilizadas, poco a poco esto ha ido acabando y las escritoras que tuvieron que usar seudónimos masculinos ahora serán leídas con sus nombres verdaderos (Costa, 2018).

En definitiva, aún faltan muchos nombres importantes de mujeres por agregar en los libros, debemos rescatar su merecido protagonismo y releerlas como acto de justicia. Por tanto, las invito a reflexionar por qué se intentó (y sigue intentando) borrar a las mujeres y robar sus aportaciones. Para concluir, agradezco a las lectoras por el tiempo invertido en estas palabras, esperando que les genere interés esta otra parte de la Historia.

Bibliografía:

Birkle, C. (1995). “Así que vayan a casa señoritas”: Mujeres y medicina en el Canadá del siglo XIX [“So go home young ladies”: Women and Medicine in Nineteenth-Century Canada]. http://www.kanada-studien.org/wp-content/uploads/2014/07/ZKS_2014_7_Birkle.pdf

Costa, C. (2018). Las escritoras que tuvieron que usar pseudónimos masculinos y ahora serán leídas con sus nombres verdaderos. https://www.bbc.com/mundo/noticias-46293652

Criado, M. (4 de noviembre 2020). Las mujeres prehistóricas también cazaban grandes animales. El País. https://elpais.com/ciencia/2020-11-04/las-mujeres-prehistoricas-tambien-cazaban-grandes-animales.html

Ehrenreich, B. y English, D. (1981). Brujas, parteras y enfermeras. Madrid, España: La Sal.

Green, M. H. (2006). Llegando a la fuente: el caso de Jacoba Felicie y el impacto del lector medieval portátil en el canon de la historia de la mujer medieval. Foro Feminista Medieval: Una Revista de Género y Sexualidad, 42 (1), 49-62. doi: https://doi.org/10.17077/1536-8742.1057

Johnson, I. L. (2007). La sorprendente doble vida de Enriqueta Favez. https://www.swissinfo.ch/spa/cultura/la-sorprendente-doble-vida-de-enriqueta-favez/6325706

Lee, R. V. y DeVore, I. (Eds.) (1968). Man the Hunter. Chicago: Aldini.

Poyo, A. (2017). J.K. Rowling explica por qué usa un seudónimo. https://www.vogue.es/celebrities/articulos/jk-rowling-seudonimo-harry-potter/30317?amp

Tanner, T. (1979). Jane Austen: “By a Lady”. New York Times. https://www.nytimes.com/1979/05/06/archives/jane-austen-by-a-lady-austen.html

Thurman, J. (2002). Secretos de la Carne. Vida de Colette (Trad. de Miguel, Ofelia.). Madrid: Siruela (2000).

Woolf, V. (2016). Una habitación propia. (p.37). Madrid, España: Seix Barral.

Autora: Karina Hinojosa (Veracruz, México, 1998) Ecofeminista, antiespecista, amante de la literatura, poesía e historia. Escribe para las mujeres y todo lo que tenga que ver con ellas. Las flores le apasiona.

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