La impostora de mi vida

A veces siento que vivo la vida de alguien más, pero sólo me pasa cuando algo bueno llega a mí o soy yo la que llega a algo bueno.[1] No es lo mismo con los dolores, las malas suertes y los malos días, meses o años, esos sí son todos míos.

Es como si dos versiones de mí habitaran el mismo cuerpo, una de ellas sabe lo que quiere y hacia dónde debe ir, pero una vez que llega, la otra parte toma control y, como si acabara de despertar en un lugar diferente a donde se durmió, se convence de que no pertenece, de que alguien más la puso ahí por error y ahora tiene que actuar como si nada pasara, esforzándose por mostrar a las otras y a sí misma que ese es su lugar.

Esta última es la que más me habita. Rara vez se duerme, vive atenta, ansiosa, ruidosa, pesada. Vive gritándome que salga de ahí, que es mejor estar en otro lugar, pero no me dice dónde y, una vez que salgo, vuelve a despertar desconcertada, inconforme… y vuelve a gritar. Una voz que me invita a abandonar, a dejar de usurpar el lugar que con esfuerzo alguien más se ganó, que no merezco y que no estoy calificada para cubrir.

Una vida de incognito es lo que me toca vivir, siempre buscando las sombras y los silencios para ocultar la verdad: no debería estar aquí. Una vida de no pertenencia a los logros a los que la parte fuerte llega cuando la otra se va a dormir. Vivo esperando que ella surja para tomar decisiones, para sacarme de lugares a los que realmente no pertenezco. Vivo entonces, esperando vivir mi vida.

Mientras eso pasa, cuando la otra se vuelve la única voz que escucho, es inevitable cuestionarme si tiene razón, pero algo peor que no sentirme parte de mi vida es no saber dónde sí me sentiría parte: alcanzo un impase, un vacío, y me conformo: mejor ser impostora de una vida que no ser en ninguna parte.

En mi vida de dudas, pero también de demostraciones contundentes de fuerza y valor, donde una y otra vez me he probado ser no sólo merecedora de esos logros, sino también capaz de alcanzar muchos más, me pregunto, ¿quién es la impostora entonces? Yo, o esa voz intrusa que se aprovecha de la mínima inseguridad o duda que surja en mí para gritarme que es mejor no arriesgar. Tal vez la impostora es ella, que se despierta en las cimas de mis logros para susurrarme que ese no es mi lugar, que ese no es mi mérito.

Tal vez un día logre callarla por completo, por ahora, sólo queda enfrentarla, arriesgarme, gritar más fuerte y hacer equipo con aquellos ojos, propios y ajenos, que me miran como soy: siendo parte de mí.


[1] Síndrome de la impostora, le dicen. Es algo común y mi teoría es que nos pasa más a las mujeres porque vivir en un mundo hecho por hombres para hombres, no es sencillo. Como tampoco lo es construir el nuestro, sobre todo si pasamos la mayor parte del tiempo convenciéndonos de que merecemos estar donde estamos.

Autora: Selvia M. Vargas Kotasek, nací y vivo en la Ciudad de México, tengo 28 años. Estudié psicología social, lo que me dio gafas para mirar el mundo desde una postura crítica y vivir inconforme en cualquier empleo que tenga. Luego encontré el feminismo y aquí sigo, aprendiendo, cuestionando, enojándome (pasatiempos favoritos). Actualmente estudio un posgrado en el que me reencuentro (y desencuentro) con la academia y navego por las turbias aguas del freelance. Con una constante tendencia a la nostalgia, me gusta escribir para curar mis heridas y me gusta dibujar para reencontrarme con la niña que fui. Creo firmemente que el arte de mujeres es lo que va a cambiar el mundo.

Ilustración: @julika.ilustration

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