Ausente

Si fuera el padre de ese mocoso ya le hubiera dado unos cinturonazos hasta dejarlo sin aliento por dejarme en vergüenza con toda esta bola de gente. Sí, como en esos días lluviosos, cuando mi padre agarraba el cinturón mojado y me golpeaba cada vez que llegaba a casa madreado por otros niños. Sí, claro, ya estamos en otros tiempos, ya hasta los mocosos tienen derecho a denunciar al padre, ¡Vaya, tontería! Pinche bola de pendejos ojetes del gobierno. Hubieran aparecido esos putos derechos en mi niñez, no que ahora, sí ahora, ni un consejo, aunque sea como un “hijo por qué estás aquí, ve al hospital al lado de esa mujer que dice amarte”.

Ese señor se creía bien chingón con su caguama en mano, la camisa afuera del pantalón, y esos pasos temblorosos al llegar a casa, sí claro, la que lo recibía siempre con los brazos abiertos era mi madre. Pobre mujer, ¿De dónde tuvo tanta tranquilidad para atenderlo? No lo sé, pero mi jefecita le aguantaba las palabras hirientes, esas patadas salvajes, los escándalos en la calle con otras personas o la obligación de calmar la bestial necesidad de su hirviente verga.

Siempre fuimos como animales en busca del alimento. Recuerdo tener como unos nueve años y ya te cortaba unos cuantos chiles para una salsa, que los tomates, calabaza, y de vez en cuando pescado o el ganado muerto en la carretera.  Éramos nueve hombres y cuatro mujeres, el más grande apenas tenía diez años, a pesar de esa condición de poder conseguir comida y coser con alambre el huarache, nunca pudimos ser protectores de mi madre, él siempre con su fuerza nos aventaba hasta la pared de carrizo.  

En mi adolescencia, la pena jugaba con mi forma de vestir, pues no tenía la buena ropa como los otros. Siempre me decían las mujeres de esos tiempos que nunca entablarían una relación conmigo porque creían que sería igual que el señor. Me tuve que ir a la Ciudad de México, me dijo mi hermano en ese tiempo que se ganaba bien, y no se equivocó. Gané unos billetes al ayudar un carpintero.

—Disculpe, ¿le molesta si tomo el cartón que se encuentra debajo de su silla?

—¿Acaso ve que lo piso o lo tengo en las manos?

—Sí, verdad. Disculpe, no lo molestaré más.

Gente así me cagaba, llegaban a la carpintería con sus “¡Buenos días, señor Marcelino y muchacho! Mira que muchacho tan noble se ha conseguido usted, se ve que es un buen trabajador”. Esa cortesía hipócrita, si hubiera resaltado tanto mi trabajo por qué no pagaba completo los muebles. Lo que recibía de pago era una miseria para varios, pero en mi caso era la gloria. Le mandaba cada mes unos billetitos a mi madre, compré una buena ropa nueva sin agujeros y manchas extrañas, cada fin de semana me iba a los bailes ahí en la alameda. Tenía el mundo en las manos, pero nunca supe que se me escurría todo ese gusto por las coladeras.

Conocí a Josefina en los bailes, el sueño de ella era el de casarse conmigo en la iglesia y tener nuestros primeros hijos, yo para no desilusionarla a todo le dije que sí. No sé a dónde llega uno con esto, pero me funcionó para que aflojara.

Veo a los padres sonrientes al ver a sus hijos bajar por la resbaladilla, padres ejemplares que en un futuro les aconsejarán con sus sermones a esos niños, ¿debo ser un padre como ellos?, sí claro, así, pero en otra vida porque en esta seré el ausente.

Autora: Laura Ramírez de Jesús, estudio Creación literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), he participado con cuentos propios en las revistas Tlacuache, Tinta sangre, Unión “José Revueltas” revista independiente por mencionar algunos

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