Ondulación

Cayó, abandonó la cima, a sus pares, se deslizó con el viento, cayó inevitable y dolorosamente, como las lágrimas, cayó sin esperar nada, como los desesperados, cayó sin aferrarse, cayó, cayó y cayó ondulándose con el viento hasta llegar al piso.
Cuando lo hizo, él, la recogió riendo, en su mente la imagen de ella sonriendo con los ojos apenas abiertos iluminados por el sol. Le gustaban los pequeños detalles, “Pensé en ti cuando vi esto”, “No has comido, ¿verdad?, te traje esto”, visitas inesperadas, notas escondidas, risas robadas, tiempo, tiempo que vuela como la hoja rojiza, con manchas marrones y bordes amarillos que le recordaron el color de sus ojos, por eso la recogió.
Porque sabía que nunca volvería a ver esos ojos, ese extraño color que despertaba cosas en su ser que ni siquiera sabía que existían, era un adiós.
Cuando se enteraron era demasiado tarde, el tratamiento solo la enfermaría más…en su situación, le recomendaron disfrutar del tiempo que le quedaba con quienes más amara.
Todos pensaron que era egoísta, ¿Por qué no pasar el escaso tiempo que tenía en el mundo con quienes ama? ¿Por qué irse?, ¿Por qué? Por el mundo.

Por la inmensurable cantidad de cosas maravillosas que hay en él. Si la vida se le escapaba, aferrarse a un lugar sería como tratar de sostener arena con las manos abiertas. Viajar, sin embargo, le daría un poco más de control, control en la libertad de escoger como vivir, como morir. Ella viajaría, él se quedaría esperando la noticia por parte de, probablemente un consulado cuando encontraran identificaciones en su cuerpo frío.
Llevó la hoja en el bolsillo sobre su corazón, la tenía ahí, porque al final, ahí estaría ella, en su corazón, en su memoria. Se habían despedido la noche anterior, ella no quería ser recordada como una mancha borrosa por las lágrimas desvaneciéndose en las blancas baldosas de un aeropuerto entre el ruido humano. Quería ser recordada como la mujer que bailaba cuando nadie se atrevía en ser el primero en tocar la pista, la mujer que escogió despedirse con una sonrisa en lugar de desvanecerse en lágrimas y sufrimiento. Mantuvo la hoja con el todo el tiempo, pasaron días, semanas, y no recibía la llamada, estaba aliviado, enojado por no estar con ella, feliz de saber que la mujer que amaba se encontraba descubriendo mundos, abriendo puertas con esos ojos peculiares.
Un día, la hoja desapareció, buscó por todas partes, estaba desesperado, no escuchó la llamada, él era el contacto de emergencia, pero no la escuchó. Perdió la hoja, se rindió, se le hacía tarde para el trabajo, la buscaría después. Tomó su celular para ver la hora, pedir un taxi o saber si tenía tiempo suficiente para esperar el autobús, la pantalla se iluminó con una notificación, “Murió en la nieve, siempre la quiso ver, ¿recuerdas?”
Perdió la hoja, la perdió. Y ella emprendió el viaje final, el que nadie puede contar, el que algún día vamos a experimentar.

Autora: Karla Paulina Castillo Sánchez. Estudiante de séptimo semestre de Literatura Latinoamericana en la Facultad de Ciencias Antropológicas de la UADY. Para mí, escribir es pensar, algo que hago porque lo necesito, me interesan las historias con personajes cuestionables y mundos complicados, disfruto hablar de literatura y dar talleres a niños y niñas. He sido publicada dos veces en la revista Letrina del colectivo Letrantes, con los cuentos Solo uno más y No… Sí, igualmente he impartido los talleres Cuéntame el libro. El libro salvaje de Juan Villoro: Resumen didáctico y ¿Qué es un monstruo? Redefiniendo a los personajes literarios. Comparto lo que escribo en la cuenta de Instagram @karlawritingjar.

Ilustración de Ileana Rivera

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