Los Jorges no lloran

En la familia de mi padre hay diez Jorges. Bueno, once.

Está Jorge Raúl, hijo mayor de mi tía Mercedes; José Jorge, hijo de mi tío Rosendo; Jorge Ignacio, nieto de mi tía Clara; y Jorge Arturo, hijo de mi tío Ricardo. También están mi primo Jorge Luis y sus cuatrillizos Jorge Pablo, Jorge Rubén, Jorge Jesús y Jorge Ramiro.

Mi padre se llama Jorge Diego, no podían ponerle Jorge a secas porque ese nombre ya lo tenía el mayor de sus hermanos, el Jorge original.

Que haya tantos Jorges en la familia ya es raro de por sí, pero hay algo más excéntrico aún, los Jorges no lloran o, mejor dicho, no pueden llorar.

Cuando Jorge original tenía once años y su hermano Ricardo, cinco, tuvo lugar un suceso trágico. Mi abuelo y Jorge original regresaron del rancho cerca del mediodía para el almuerzo y Ricardo corrió hacia su hermano favorito haciendo ¡pum, pum, pum!, y empuñando una rama como si fuera una escopeta. Jorge original corrió hacia la casa agachando la cabeza y buscó resguardo en una de las habitaciones, mientras Ricardo lo perseguía lanzando tiros imaginarios. Ojalá mi abuelo no hubiera dejado el rifle en esa habitación, ojalá no hubiera estado cargado. Jorge original tomó el rifle y le apuntó a su hermano pequeño, que lejos de asustarse ante la superioridad del arma de su oponente, se abalanzó sobre él para arrebatársela. Bastó un instante, un estruendo, y Ricardo terminó en el piso con mucha sangre de verdad saliéndole del hoyo de la panza.

Jorge original se desplomó y la angustia se le desbordó por los ojos, su hermano el más chiquito, el que más adoraba, moriría por su culpa.

Llegó primero mi abuela y apartó a Jorge original sólo para aterrorizarse ante la visión del cuerpo ensangrentado de Ricardo. Mi abuelo se frotó la frente en un movimiento brusco y sacudió con fuerza a Jorge original.

  • No chille, nadie se salva de un tiro tan de cerca, no hay nada qué hacer, éste se nos muere. ¡Que no chille! ¡Sea hombre!

A Jorge original, su padre le extinguió las lágrimas a punta de cachetadas y cuando por fin lo soltó, el niño salió corriendo de la casa, atravesó el corral, pasó la milpa, bordeó el solar vecino. Corrió sin descanso. Huyó durante años y no volvió. No se enteró que, a Ricardo, un vecino lo subió al caballo y lo llevó con un médico militar que en principio se negó a atenderlo porque casi se había desangrado, pero que terminó por salvarlo.

Mi padre fue el último en nacer, la abuela le puso Jorge Diego en honor a su hijo perdido y porque estaba convencida de que cada vez que alguien pronunciara ese nombre, el eco viajaría sin descanso y Jorge original se enteraría que su familia lo llamaba.

Han pasado cuarenta y dos años desde el accidente con el rifle, varios niños de la familia han recibido el nombre de Jorge desde entonces con la esperanza de que el eco permanezca, pero Jorge original no ha dado señales de vida, por eso no estoy segura cuántos Jorges hay en la familia de mi papá, lo que sí sé es que la furia cruel que mi abuelo descargó sobre Jorge original fue tan devastadora, que todos los Jorges que vinieron después nacieron con discapacidad lagrimal.

Jorge Arturo no lloró cuando un camión de carga lo tiró de la bicicleta y le aplastó una pierna que tuvieron que amputarle, a Jorge Raúl ni se le humedecieron los párpados cuando lo deportaron y supo que su esposa e hija se quedarían del otro lado; cuando Jorge Luis anunció que por fin sería papá después de cinco años de intentarlo y que además eran cuatro bebés los que venían en camino, pensamos que lograría producir por lo menos algunas lagrimitas de felicidad, pero nada, incluso los cuatrillizos fueron incapaces de llorar cuando abrieron los ojos al mundo.

Por eso fue tan sorpresiva aquella mañana de martes en la que mi padre se despertó llorando. Seguí los lamentos hasta su habitación y al abrir la puerta encontré a mi madre de pie junto a la cama mirándolo completamente petrificada.

Él estaba sentado con los hombros caídos y agarrado del borde del colchón como si tuviera que hacer palanca para contrarrestar la fuerza del llanto. La expresión de su cara era de estupor, no sabía qué hacer con toda el agua que le brotaba por los ojos y la nariz, tanta que de pronto parecía ahogarse y se obligaba a toser, y la tos se le atoraba con los sollozos en la garganta, y las lágrimas se le metían a la boca, y el sabor salado lo asombraba, y abría los ojos bien grandes y seguía llorando.

Nunca habíamos visto a un Jorge llorar y no sabíamos cómo reaccionar, aquello era tan chocante, que mi madre y yo ni siquiera estábamos seguras de querer involucrarnos. No sé cuánto tiempo estuvimos sólo mirándolo hasta que el sonido del teléfono nos sacó del trance, era mi tía Rosa para avisar que tanto Jorge Luis como los cuatrillizos tenían ataques de llanto tan descomunales, que habían decidido llevarlos al hospital.

Al paso de las horas, nos enteramos que todos los Jorges de la familia enfrentaban el mismo drama, pero el escándalo mayor llegó con el noticiero: un hombre de entre cincuenta y sesenta años había amanecido muerto en la banca de un parque con ambos globos oculares cortados, cual naranjas partidas por la mitad.

Jorge original había logrado por fin liberarse de los grilletes que su padre le había impuesto décadas atrás, había reclamado su derecho a llorar, aunque esas lágrimas fueran rojas y fueran las últimas.

Han pasado tres días desde que mi padre se encerró en la habitación, por debajo de la puerta avanza un hilito de agua salada hacia el pasillo, son las lágrimas que empaparon las sábanas y las cobijas, gotearon hasta formar charcos bajo la cama, invadieron el piso de toda la habitación y ahora fluyen hacia el resto de la casa.

Autora: Paloma Villanueva Cruz. Comunicóloga feminista. Trabajó como reportera en el periódico Reforma durante 5 años, y posteriormente se incorporó a la sociedad civil como parte del equipo de comunicación de Oxfam México; siempre con la intención de contar las historias de quienes son invisibles para la mayoría, y en especial, las de las mujeres. Integrante de la primera generación del diplomado en Formación de Agentes para la Igualdad de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Activista, lectora entusiasta, corredora y amante del bosque. Ha llegado a la literatura creativa a sus 32 años y planea quedarse un tiempo largo.

Ilustración de Fernando Cobelo

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