Tormento

Hace mucho tiempo, en un reino muy lejano, vivía un rey en un castillo embrujado. Por los pasillos del lugar se podían escuchar gritos desesperados, lamentos, llantos, golpes en la puertas; por esto es que el rey no podía conciliar el sueño, las ojeras ensombrecían su mirada y poco a poco perdía la razón.

Antes de que el castillo fuera el hogar de fantasmas y ruidos, en el lugar se procuraba guardar silencio ya que el rey detestaba cualquier sonido que interrumpiera su sueño o su vida en general. Las ventanas permanecían cerradas para que los cantos de los pájaros no llegaran a oídos del rey; también así evitaban que el monarca escuchara los reclamos de su pueblo. Todos aquellos que trabajan para el rey tenían que andar por los pasillos con sumo cuidado por temor a que hubiera represalias por no cumplir las órdenes reales. Una vez, uno de los cocineros dejó caer un utensilio de cocina mientras el rey y su familia cenaban: por todo el castillo sonaron los ecos de la copa que chocó contra el suelo. Después de ese incidente no se volvió a saber nada del cocinero. El único sonido que toleraba y llegaba a amar era el de su propia voz.

Otra de las cosas que detestaba el rey era a su familia. El rey aborrecía a su esposa y a su hija, a veces ni siquiera las podía ver a los ojos.

El rey y la reina estaban juntos por obligación. La familia de la reina estaba a punto de perderlo todo antes de que la familia del rey llegara a un acuerdo con ellos: los hijos se casarían y así la familia no perdería su prestigio dentro de la nobleza. La familia del rey siempre consideró este acto como un favor y con esa idea fue que el rey llegó al día de su boda. En la celebración hubo baile y alegría pero el rey no volteó a ver a su esposa ni una sola vez, no hubo sonrisas ni palabras al oído; el hombre se dedicó a tomar todas las jarras de vino que se le pusieran enfrente. Los miembros de la corte se dieron cuenta de esto, pero decidieron voltear a otro lado. El rey estaba tan borracho que esa noche no se consumó el matrimonio. Al día siguiente el rey amaneció mareado y sediento pero antes de poder quitarse el malestar, su madre le recordó que tenía que acostarse con su mujer. El hombre vomitó y empezó a gritar que él jamás tocaría a una mujer que consideraba inferior y horrible.   

La reina era una de las mujeres más hermosas del reino, tenía cabello rizado color castaño que llegaba a la altura de su cintura; sus ojos eran negros y su piel era blanca como la leche. Su sonrisa iluminaba su rostro. Pero el rey jamás apreció su belleza, su cuna se volvería el blanco preferido de las humillaciones del esposo. Había días en que la dejaba encerrada en la habitación que compartían y la reina gritaba y golpeaba la puerta suplicando a su esposo que la dejara salir. A la hora de la cena había comentarios sobre la forma de comer, que parecía un cerdo, que no sabía si se había casado con una reina o con un animal; a veces lanzaba bromas frente a otros miembros de la nobleza sobre el hecho de haberse casado con una cualquiera. Una noche, la reina intentó hablar con él sobre su desprecio, al día siguiente amaneció en el jardín despeinada, con el vestido rasgado, las rodillas raspadas y con el labio roto. La reina jamás volvió a hablar frente a él.

Mientras tanto la mamá y el papá del rey insistían con las relaciones sexuales, el futuro o la futura heredera al trono, que en la corte se contaban rumores de una relación tensa en el matrimonio. El rey, harto de los sermones, accedió a dormir con su mujer. No hubo cariño. La reina lloró toda la noche y también las noches que siguieron.

El rey estaba desesperado porque no podía dormir y en un arranque puso sus manos alrededor del cuello de su esposa, mientras gritaba “Cállate. Cállate. Cállate”; presionó hasta que los labios de la reina se pusieron morados. El hombre retiró sus manos unos segundos antes de que la reina se quedara sin aire; desde ese incidente, la mujer se prometió a sí misma no volver a llorar. Meses después nació la princesa  y su padre la odió desde el primer momento que la vio.

El rey no soportaba los llantos de la pequeña. “Por favor, ya callen a esa niña. Que le den comida o lo que sea pero que ya se calle”, era lo que se escuchaba comúnmente. La reina trataba de calmarla meciéndola en sus brazos, cantando, dándole de comer; cuando la niña no se tranquilizaba, la reina ponía su mano sobre la boca para que el llanto no se escuchara tanto; si el llanto no cesaba, la reina optaba por taparle la nariz. Un día, la princesa lloraba más de lo acostumbrado, su madre la llevó al jardín para ver si el llanto se acababa por el cambio de ambiente pero lo único que pasó fue que todo se saliera de control. La niña ya estaba gritando y su madre estaba segura de que se iba a desgarrar la garganta.

̶ ¡Dame a la niña! – gritó el rey a espaldas de la mujer. La reina se dio la vuelta y vio que el rey caminaba a zancadas a dónde estaban ella y la niña.

La reina abrazó a la bebé y se alejó del rey.

̶ ¡Que me la des! – exigió el hombre. La reina movió la cabeza en negación.

̶ ¡Carajo, dame a la niña! ¡Ahora! – la niña gritaba más fuerte – Traigo un terrible dolor de cabeza por sus malditos gritos. Sólo quiero callarla.

El rey arrebató a la niña de los brazos de su madre, caminó rápidamente a la habitación que compartía con la reina, colocó a la niña en su cuna y la dejó encerrada el resto del día. Después de unas horas, en el castillo se dejaron de oír los llantos de la bebé; antes de ir a dormir, la reina se acercó a la pequeña para ver que dormía profundamente. La pequeña no volvió a llorar.

Los años pasaron, la pequeña niña de unos cuantos meses se convirtió en una adolescente y en un reflejo fiel de su madre: cabello castaño y rizado, ojos negros y piel blanca; a diferencia de su madre, ella nunca tuvo una sonrisa iluminadora y en sus ojos se podía distinguir una profunda tristeza. En todos esos años aprendió a guardar silencio ya que el padre podía enfurecer si alguien decía una palabra dentro del castillo. La princesa fue testigo del maltrato de su padre hacia su madre y, en ocasiones más crueles, ella sufrió de insultos, manotazos, gritos y humillaciones. Pero jamás alzó la voz.

Un día frente a ella se desarrolló una situación que ninguna hija debería presenciar. El padre se encontraba en el salón sentado en su trono y mandó llamar a la reina. La princesa quiso acompañar a su madre pero el mensajero dijo que el rey sólo quería ver a la reina. La joven quería saber qué es lo que el rey tenía que decirle a su madre así que siguió a la reina y al mensajero a la distancia y con mucho sigilo. Ese día el rey había bebido demasiado. Seguía con la copa en mano cuando la reina se presentó ante él, al verla, le lanzó el objeto que impactó en la nariz; la reina apenas se incorporaba cuando el rey se abalanzó sobre de ella gritando “Maldita puta”. La reina no reaccionó, sólo alcanzó a dar un grito antes de tener las manos del esposo alrededor de su cuello presionando con mucha más fuerza que aquella noche en que intentó ahorcarla. “¡Nunca te quise!” “¡Te hice un favor!” empezó a gritar el rey. Las manos de la reina dieron algunos arañazos a la cara y a las manos del rey pero fueron inútiles, la fuerza y la ira del hombre sobrepasaron sus intentos. Después de unos minutos el rey quitó las manos del cuello de la víctima. Empezó a reír, se incorporó, volteó a la puerta y ahogó un grito. Ahí estaba parada la princesa, con el rostro pálido; sus ojos iban del cuerpo de su madre a su padre.

̶ ¿Querida? – la voz del rey era temblorosa. La princesa fijó sus ojos en él.

̶ ¿Qué viste? – preguntó el rey. La joven no respondió.

̶ ¡Te pregunté que qué viste! – gritó. La chica volteó a ver el cuerpo de su madre. – ¿Qué viste? ¿Qué no puedes hablar? – volvió a gritar el rey.

̶ Nada. – respondió la princesa, su voz apenas era audible.

̶ Exacto. Nada. Aquí no pasó nada – el rey caminó hacia la puerta. Pasó a lado de la princesa con velocidad; a los pocos segundos se empezaron a oír gritos por el pasillo.

̶ No sé que pasó, Dios mío, no sé qué pasó. Estábamos los tres en el salón hablando cuando mi hija perdió el control.

̶ ¿Qué hizo?

̶ Todo fue tan rápido. Estábamos hablando y en segundos la princesa le pegaba con una copa y después la empezó a ahorcar.

La princesa volteó cuando el rey llegaba acompañado de unos guardias – Llévensela. La joven no comprendía la situación; los guardias la tomaron por las muñecas. —Llévenla a la torre más alta del castillo. – ordenó el rey. La princesa miraba con sorpresa a su padre pero no gritó ni trató de zafarse del agarre de los guardias.

Esa noche el rey mandó llamar a su consejero; le preguntó qué podía hacer con el cuerpo de la reina y que podía hacer con la hija. El consejero le recomendó que hiciera un funeral privado para la reina “Y a privado me refiero a que sólo usted esté presente. Si se hacen preguntas convenceremos a la gente de que estaba tan dolido que prefirió estar solo en todo momento” – dijo. “¿Y la princesa?” – preguntó el rey. –“Déjela en la torre”.

La torre en la que habían encerrado a la princesa tenía una única ventana, no había cama, ni cobijas; la puerta se abría por afuera y no había manera de mandar notas por debajo ésta. Después de varias noches en aquél lugar, la princesa comprendió lo que había pasado y la invadió el dolor, así que lloró hasta que ya no pudo derramar más lágrimas. Pero al llanto no le siguió más tristeza, le siguió un sentimiento de odio: el rey había matado a su madre y después la había culpado a ella. Tenía que pagar. Por días y por noches pasó recordando cada una de las acciones del rey contra su persona y contra la reina, las agresiones, las burlas, los insultos; quería venganza. Una noche de luna llena pidió a quien fuera que la escuchara que quería que aquél hombre sufriera todo lo que ellas habían sufrido bajo su presencia.

La princesa estaba sentada en el piso de espaldas a la ventana cuando sintió un escalofrío recorrer su espalda e instalarse en su cuello. Volteó y vio una figura en la ventana; era más grande que un animal. La chica se dio unos golpecitos en los cachetes, abrió y cerró los ojos varias veces para asegurarse de que lo que veía era real. La figura entró a la habitación, la princesa se arrastró en dirección contraria hasta que su espalda pegó contra la pared; la luz de la luna iluminó el lugar y la princesa pudo distinguir que la figura estaba cubierta de telas grises y que éstas formaban una especie de vestido. De pronto, la figura movió lo que pudieron ser sus brazos y se quitó algunas telas de la parte superior. Al caer una parte del vestido en el suelo, la princesa pudo distinguir el rostro de una joven de su edad, con cabello rojo y ojos cafés.

̶ Hola. – dijo la pelirroja. La princesa sólo pudo asentir. – Soy Nem. Estoy aquí para ayudarte.

 ̶ ¿Qué? – preguntó la princesa.

̶  Pediste ayuda, ¿no?

̶ Yo… yo no… – de pronto la princesa recordó su petición varias noches atrás. Nem sonrió.

̶ ¿Qué quieres?

̶ Quiero que pague.

̶ ¿Cómo?

̶ Pues quiero que sufra.

̶ ¿Cómo?

̶ Quiero que no pueda dormir.

̶ ¿Qué más?

̶ ¿Qué más?

̶ Sí. No creo que sólo quieras que no pueda dormir.

La princesa se mordió el labio. Nem volvió a preguntar  ̶ ¿Qué quieres?

̶ Princesa, ¿qué quieres que pase? ¿Qué quieres? ¿Qué quieres?

̶ Quiero que sienta el mismo miedo que mi madre y yo sentimos en este castillo, con él. Quiero que sienta desesperación. Quiero que no duerma.

̶ ¿Qué más?

̶ ¿Qué? Yo… 

̶ ¿Qué más? Dime, ¿qué más quieres?

̶ Ya te lo dije.

̶ No. ¿Qué más quieres?

̶ Quiero que no pueda salir de este castillo y que el pasado lo persiga, para siempre.

Nem sonrió.

̶ ¿Ahora qué? – preguntó la princesa.

̶ Ahora yo hechizaré el castillo para que suceda lo que has pedido. – Nem caminaba hacia la ventana cuando la princesa tomó uno de sus brazos. Nem la volteó a ver.

̶ Después, después del hechizo, ¿me dejarás aquí?

̶ Claro que no.

La princesa sonrió. —Entonces, estaré esperando.”

Nem partió por la ventana. Llegó al salón, se paró frente al trono y maldijo el lugar “Espíritus que hayan padecido en las manos de este hombre, háganse presentes ahora y no abandonen el lugar, nunca más. No permitan que su cabeza repose en la almohada con tranquilidad por las noches. Acéchenlo, en cada rincón, en cada habitación, que no haya día en que no mire por sus espaldas”. Se sentó en el trono y maldijo al rey “Hombre, no volverás a vivir de la misma forma que antes. De ahora en adelante los pecados que cometiste caerán sobre ti y no conocerás la paz ya que tu tormento no acabará hasta el día que mueras.”

Regresó  a la torre más alta del castillo, tomó la mano de la princesa y huyó con ella en la noche.

Autora: Bertha Serrano. Chilanga. Estudiante de Letras Inglesas que todavía no puede terminar la tesis. Le gusta leer y escribir. Es fan de Harry Potter, pero no concuerda con las opiniones de J.K. Rowling (por cierto, es una Ravenclaw). Aún no supera el final de Game of Thrones, cree que Daenerys merecía un mejor final. Una chava que anda redescubriéndose.

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