Ciclos

Iba corriendo a toda velocidad, lo más rápido que podía, aun estando descalza. Aquel bosque lo conocía bien, pero en la oscuridad era un poco difícil notar mi alrededor. Escuchaba al pueblo gritando detrás de mí como si me pisara los talones. No alcanzaba a mirar hacia atrás, sin embargo, la luz radiante de las antorchas iluminaba mi camino creando sombras aterradoras. El pueblo gritaba: “¡Quémenla! ¡Es una bruja!”. Yo no podía pensar, solo quería huir. El sudor se escurría por mi frente y me caía a los ojos, lo que limitaba más mi visión. El collar de perlas que mi madre me regaló golpeaba mi pecho mientras corría.

–¡Maldita sea!

Después de correr colina abajo, sentí mi cuerpo vibrar por el vértigo y supe que estaba cayendo en un profundo vacío. Esta sensación ya la había experimentado antes. Al vivir en mi pequeña casa junto a Duende y Motti, mis gatos, con frecuencia me inundaba una soledad inmensa, que me carcomía por dentro, hasta provocarme un hoyo negro en el estómago.

De pronto, paré en seco. Había caído en un agujero. No sabía cuántos metros había entre mi cuerpo y la superficie. Sentía dolor por todo el cuerpo. Con el tacto, me aseguré de que no me hubiera roto ningún hueso. No podía gritar por auxilio. A lo lejos, percibía cómo la muchedumbre pasaba sobre el agujero, mientras gritaban: “¡Dorothy! ¡Sal de donde estés!”. Sentí entre alivio y angustia. No sabía qué era peor en ese momento: la mazmorra antes de ser calcinada o ese pequeño hueco en la tierra. De cualquier modo, estaba encerrada y el miedo me recorría con su frialdad por todo el cuerpo. Un tucum tucum sonaba tan fuerte en mi corazón, que creía que la gente podría escucharlo y capturarme.

Así paso el tiempo hasta que la luz solar cegó mis ojos: había amanecido. No supe si concilié el sueño de pie o si despertaba de un desmayo. Toda bruja siempre imaginaba su fin en la hoguera, así que esta manera no era digna de mí.  

De inmediato me invadió un dolor profundo, comencé a temer por mis fieles compañeros felinos, pues no sabía quién los iba a cuidar. Tenía que salir de ahí a toda costa y, al mismo tiempo, estaba obligada a dominar la angustia y desesperación para evitar gritar que alguien viniera a rescatarme. Sabía que tenía que hacerlo sola, como muchas otras cosas en mi vida. En un instante, tuve claridad: vino a mi mente un hechizo.

Tomé el collar de perlas como tótem y lo saqué a gritos de mi ser. Este conjuro fue uno de los primeros que aprendí de mi madre; lo recuerdo bien porque respondía a un principio básico de la supervivencia humana, que las personas “comunes” habían olvidado: su conexión con la naturaleza. En ese momento, el miedo se convirtió en coraje; no iba a ser fácil salir de ahí. Después de enunciar el hechizo, comencé a llorar. Lloré durante horas, con indignación y tristeza. Las lágrimas humedecieron la tierra que me rodeaba. De un momento a otro, las raíces de los árboles cercanos comenzaron a moverse, creando bajo mis pies una especie de plataforma que me empujaba hacia arriba. Mientras eso ocurría, imaginé otras formas de existir. Ya no quería pertenecer a esa sociedad. Entonces, lancé otro conjuro, uno de mayor potencia y que nunca había intentado. Quería formar parte de otra época, quería ya no ser perseguida. Cerré los ojos.

Cuando los abrí, me encontraba en una estancia más grande, iluminada y con plantas que desconocía a mi alrededor. Duende y Motti tomaban el sol desde una ventana. Estaba ahí, frente a un aparato desconocido que emitía una luz blanca, leí sobre él, letras de múltiples tamaños e imágenes de mujeres en el piso. Era marzo de 2020. Las palabras indicaban que habían matado a una más. Miré todo aquello frente a mí y también anunciaban el encierro de toda la población en sus casas, a causa de una pandemia. Sonreí por la ironía de la vida, que al parecer es cíclica; nunca dejaré de estar encerrada en una infinita encrucijada, en la que la perseguida seguiré siendo yo.

Autora: Angie Ramírez es lectora y escritora; recientemente intenta hacer rap feminista. Se considera artista amateur de todo lo que puede crear. A ratos es psicóloga y, desde hace unos años, es feminista por convicción. Vive en el eterno drama de la deconstrucción, que cada día le duele menos. Le gusta aprender y compartir con otras mujeres, sobre todo si se trata de crear. Adicta al amor romántico, se encuentra en rehabilitación, descubriendo la revolución de los afectos, donde la responsabilidad afectiva, la ternura y el amor, pueden transcender los vínculos de pareja. 

Ilustración: Artam

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