Agua salada

Todavía siento el picor asfixiante del humor salado que percibí por primera vez al cumplir 18 años. Es complicado describir los clichés desde una voz propia. Hay situaciones que parecen agotadas por la condena a la repetición y esa ansiedad de dar a la colectividad anónima un mismo sentido. Sin embargo, fue aquel picor de la sal lo que impregnó mi primera visita al mar. No fueron las olas, ni la arena ardiente bajo mis pies. Tampoco lo fueron las gaviotas, ni esa aparente unión entre el cielo y el mar mismo.

Recuerdo que dejé atrás a mi madre y a sus parientes. Atravesé la arena hirviendo en la que se mezclaban partes de moluscos y basura. Acerqué mis pies al límite entre la arena y el agua para entregarme a la humedad, casi intoxicada por ese aroma salado que guarda un misterio en las profundidades. Fue un despertar inesperado, como si nunca hubiera sentido con los ojos, con la nariz, con la garganta o con las plantas de los pies. También fue un reconocimiento extraño, como si identificara el agua en la humedad de mis cavidades.

Comprendí entonces, el encanto del mar: la rendición de todos esos cuerpos sobre el calor que nos deja estupefactos, la urgencia de fundir la mayor cantidad de piel sobre la arena y el carácter infinito del agua. Entonces, todas mis inseguridades se fueron, más allá de la vergüenza del estado de mi propio cuerpo, de aquellas carnes suaves y velludas, de los codos oscuros y las rodillas anchas. Eran eventos inútiles frente a la voracidad del propio mar.

Me sumergí, nadé de muertita boca arriba hasta que los adultos de verdad pasaron a buscarme.

Días después, al llegar a casa, noté mi piel tostada, mi acné había florecido con el sol, mi cabello tomó forma de un erizo y en el espejo veía un rostro que miraba diferente, como si la forma de los labios encerrara sutilmente una nueva sonrisa, una nueva sed.

Tomé un regaderazo con agua casi hirviendo, a la expectativa de cambiar también de piel. Salí del baño, me eché sobre el colchón, desnuda. Volví al recuerdo del mar, de la arena entre mis pies, el calor cacheteando mi rostro y el caldo que se deslizaba entre mis muslos. Percibí el aroma embriagante del mar desprendido por mi cuerpo. Escuché, entonces, el llamado de la caracola. Deslicé las yemas hacia la más tierna hendidura. Después de un rato, saqué uno de esos dedos ungidos y lo llevé entre mis dientes. Finalmente, cerré los ojos al sentir cómo el sortilegio de la sal se disolvía lentamente en mi boca.

Autora: Ileana del Río (Torreón, 1993) Estudió la licenciatura en Comunicación en la Ibero de Torreón. Ha participado en diversos talleres de creación literaria y guión cinematográfico. Su narrativa ha sido publicada en revistas de la ciudad polvosa donde vive. De 2017 a 2019 se desempeñó como trabajadora del hogar en los Estados Unidos. Es voluntaria activa de la National Domestic Workers Alliance en su Capítulo de Washington DC. Actualmente equilibra la vida Godín con la escritura de su primer guión de largometraje. Su vida consiste en una serie de actos fallidos acompañados de caminatas, compañía y chocolate. Espera con ansias darse el tiempo para escribir sus memorias de niñera en los suburbios de Nueva York, Pensilvania y Maryland.

Pintura en acuarela humid-peach

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