Seres de amor

¿Pensarme como un ser de amor? ¿Cómo será eso?, mi cabeza explotó cuando me lo preguntaron. Qué difícil, pensé.
Durante años creí que había algo malo en mí, o que era insuficiente para ser amada. Qué dura fui conmigo, cuánto tiempo pasé rechazando mi cuerpa, mis anhelos y mis sentipensares, sólo por no creerme merecedora de amor. Afortunadamente esto cambió, y hoy quiero contar cómo sucedió.

Era una mañana de otoño, me apresuraba a llegar al trabajo, empecé a transitar varios lugares en mi mente: “todo está bien, no pasa nada, tranquila”, luego “esto no es normal, tienes que hacer algo”. Ocho de la mañana y era oficial, ella estaba desaparecida. ¿A dónde se acude en la mente cuando recibes una noticia así? A muchos y a ningún lado.

La angustia apremia, al llanto ya no le importa contenerse por estar en un lugar público, las manos tiemblan y el corazón quiere arrancar todo e ir a buscarla. Gritar su nombre, correr a abrazarla, recordarle que la amas y que la vida no sería la misma sin ella.

Llegó la tarde y seguía ausente. Camino a buscarla el cielo se vistió de rosa y naranja, lo atravesó una parvada, “¡qué curioso!, esos pájaros no son de aquí”, me dije a mi misma. No lo eran, iban de paso, huyendo del frío. Sentí calma, estaba segura que para ella sería buen augurio, algo del universo, como siempre me lo decía.

¡Apareció!
¡Apareció!

Sentí una inmensa felicidad al verla. Mi corazón regresó rebosante a mi cuerpa, no cabía del amor que sentía por tenerla de nuevo cerca.
Regresé a la casa, agotada, creo que toda la gama de emociones posibles las experimenté en un solo día. Bajé del carro, cargando las pesquisas con su rostro, con esa sonrisa que ilumina hasta mi día más negro, o como diría ella, hasta mi “existencialismo”. No pude mirarlas, las rompí una por una, solté el llanto, hasta que caí rendida de sueño.

Ese día en la noche lo entendí todo: ella, yo y todas, somos merecedoras de amor. Su ausencia hizo darme cuenta que no estoy sola, que hay una manada que me acompaña y me ama, aunque no me conozcan. Recibimos llamadas de mujeres desconocidas que querían unirse a su búsqueda. Otras dejaron sus trabajos, encargaron a sus hijas e hijos con otras mujeres solidarias, o depositaron dinero para la gasolina y la comida de quienes ya la buscábamos.

Las siguientes semanas la cuidé, la cuidamos. Pasamos las noches con ella, nos reímos de lo que sucedió, ya saben, el humor a veces nos ayuda a resignificar. Nos subimos su “viaje”, la defendimos y velamos su sueño. No, no lo digo para que me lo agradezcan, lo digo porque eso es lo que haría por ella y por otras, una y mil veces. No importa si piensan que es un cliché, en verdad lo creo, el amor entre nosotras es imparable, es inexplicable, es político y revolucionario.

¿Pensarme como un ser de amor? Ahora sé que lo soy, que lo sentí cada tarde en el hospital, en cada pesquisa de ella que repartieron, en aquella sonrisa cuando la volví a ver. 
Ella, yo, nosotras, somos seres de amor. Nosotras somos amor.

Autora: Luisa Fernanda Esparza Frausto. Feminista, psicóloga, psicoterapeuta y educadora en sexualidad. Originaria de Chihuahua, Chih., amante de la lectura, los cielos y el café. Promotora y defensora de los derechos sexuales y reproductivos de adolescentes y mujeres, integrante de Marea Verde Chihuahua.

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