Bocana de aire en pandemia

Estaba abrumada por el encierro pues aparentemente me quitó de las manos todo lo que me llenaba el alma. Pensé que bajo esas circunstancias y con mi excesivo gusto por el alcohol, podría recaer en cualquier momento. Dejó de satisfacerme la lectura, la comida, y mi vida se volvió una monotonía de veinticuatro horas en cama, vivía como leona en jaula; de la cocina a la recamara y viceversa. ¡Qué jodido!, pensaba, tengo a unos pasos la playa y no puedo acercarme, ni siquiera al cerco impuesto por el gobierno, a sentir la brisa del mar en la cara.

Me sentía frustrada. Así que le tomé la palabra, abordé un vuelo a Querétaro, ciudad hasta ese día desconocida para mí. Fue toda una odisea. Filtros sanitarios, gente paranoica, ciudades vacías.

Llegué a mi destino y, él, cual caballero en su corcel, ya estaba ahí, no hizo falta decir más. Desde que me ubicó en su piso iniciamos una faena carnal que parecía no tener fin. No lo conocía, ni él a mí, ambos pudimos ser psicópatas con suerte, ya nos teníamos el uno a la otra. Menos mal que no fue así. Esa misma tarde salimos de su casa y nuestra ruta se dirigía a un pueblo fantasma, antes mágico, que como por arte de magia dejó de tener visitantes. ¡Qué suerte la mía! San miguel de Allende solo para nosotros, calles vacías que se podían transitar con tranquilidad y me permitían contemplarlo, no sólo al pueblo, también a él.

Ahí comprendí que eso me gusta de los hombres, cuando te miran como si fueses rocío que al primer rayo de sol te vas a extinguir. Me gusta que me traten con la ternura con la que mantendrían entre las manos a un colibrí herido, que se aferren a mi cuerpo con la fuerza de un toro embistiendo al verdugo, y a la vez me veneren como si fuera una Diosa. La nuestra, es una buena historia, placentera. Efímera.

No he vuelto a verlo, y pocas veces charlamos, pero eso no quita que, ese viaje y ése hombre, el habernos perdido, devorado y despedirnos en ese pueblo, hayan sido para mí una bocanada de aire que me permitió sobrevivir esta pandemia.

Autora: Diana Uribe. Guadalajara, Jalisco (1989). Emprendedora, eterna estudiante, apasionada del comportamiento humano, y escritora amateur.

Ilustración de Sara Herranz, tomada de la red.

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