El castillo que se rindió ante la infancia

Pese a no tener un sentido fino del tiempo, ella esperaba ansiosa aquel día de la semana donde su madre y su padre la llevaban a reencontrarse con aquel parque de juegos que tanto le emocionaba. En realidad, no había uno especial, todos se parecían muchísimo: árboles, tierra, vendedores ambulantes, aves, etc. pero, sí que reconocía que su deseo se centraba en ver los enormes y coloridos juegos, los toboganes, resbaladillas, muros de redes, escaleras, sube y bajas, y puentes que construían una compleja ciudad de diversión.

Su favorito en cualquier lugar, era aquel enorme castillo lleno de escaleras y rampas que terminaba en un tobogán que daba giros y giros. Ella sólo podía escuchar los gritos de los niños y niñas que se arrojaban sin más, directo a una caída libre. Pero, por algún temor prudente sus padres siempre la disuadían a probar con uno más pequeño, más adecuado a su condición. Ella obedecía, sin embargo, jamás dejó de pensar en ese inmenso castillo. Hasta que el momento llegó.

Después de un año de desearlo, al cumplir los cinco, estaba decidida a subir a aquella fortaleza colorida, no habría marcha atrás. Esperó que su madre tuviese una leve distracción para subir con gran velocidad, y de manera tenaz llegar a la cúspide con los otros niños. Cruzó algunas palabras con quienes se amontonaban desesperados por aventarse, casi al final se miró con una niña más grande, ella se movió y le dio el paso. Por fin, estaba ahí, en el borde hacia el vacío. Titubeó. Lo que tanto había deseado estaba frente a ella y no sabía qué hacer, aventarse o no, seguir reprimiendo su deseo y aferrarse al sentido de protección, o entregarse a la aventura en caída libre. Desde abajo, su madre la miró sorprendida y contuvo el grito, sólo se acercó para vigilarla, parecía un celador que inspeccionaba cada movimiento que hacía. Había tensión en el aire.

Ella se sentía observada por todo el parque. Su piel comenzó a sudar a causa del calor inmenso dentro de las paredes de plástico del castillo, sujetaba suavemente los bordes de la rampa con sus diminutos dedos, se sentía nerviosa. Desde atrás, niñas y niños también la miraban, preguntándose si por fin se aventaría. Hasta que el momento llegó: se lanzó. Y un grito de éxtasis brotó de su pequeña boca, su piel comenzó a rozar la sucia y lisa superficie de la resbaladilla, y cada que ella tomaba velocidad dentro de aquel gusano del tiempo, el grito se hacía más intenso, hasta que fue expulsada con brusquedad de aquel deseado castillo. Una vez en tierra, la adrenalina recorría todavía su menudo cuerpo. La espera para aquel viaje ahora parecía absurda, pero el resultado era glorioso.

La caída fue fugaz, pero a ella le pareció eterna. Y, aunque la superficie del tobogán rozó y maltrató su suave piel, aquel recorrido fue ampliamente satisfactorio. En la niña quedó una mezcla de miedo y gozo, una atracción cada vez más fuerte por el castillo. Así que, cada fin de semana que la llevaban a un parque y se encontraba con ese juego, el miedo se hacía diminuto frente al deseo de experimentarlo de nuevo. De descubrir nuevos colores, olores, curvaturas y gritos al vuelo, permitiendo imperceptibles instantes de libertad en su cuerpo y sus sentidos.

Y aunque aquellas fortalezas de plástico se volvían asfixiantes con el calor de cada verano, sin duda se convirtieron en sus más entrañables amigos en los parques de diversiones.

Autora: Xochiquetzal Rodríguez; @ErosXochiquetzal (Facebook) Antropóloga social, investigadora independiente y feminista. Cofundadora de Colectiva La Injuria Verde, proyecto feminista que, mediante la representación histórica y cultural de la bruja, busca generar espacios de dialogo y divulgación de los saberes de todas las mujeres en la diversidad. Líneas de interés: feminismo, derechos humanos, análisis y reflexión sobre sistema penitenciario.

Imagen de: @_lisa_che_

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