Mis manos atónitas

Observo sin interés las calles de los rumbos ya conocidos. Las casas tristes de colores opacos, con fachadas descarapeladas, las cortinas metálicas de los locales cerrados, los árboles casi pelones que han tapizado el suelo de banquetas irregulares, con pequeños volcanes que contienen raíces, con cuencos para charcos y enmendaduras. Pienso que me gustaría escuchar el crujir de las hojas secas debajo de mis zapatos negros. Voy en el asiento trasero del carro. Mi mamá maneja rumbo a la casa.

―Tengo novio ―le digo.

Se queda callada varios minutos. Yo no esperaba una respuesta.

―Los novios son para tomarse las manos e ir por un helado ―me dice.

Me siento incómoda, no contesto nada. Mi mamá y yo no somos amigas.

Era el quinto día que hacíamos juntos el recorrido de la escuela a la casa. Absorta, analizaba lo que estaba sintiendo, las manos sudadas apretando fuertemente las correas de la mochila, esos nervios que llevan a un cauce de aguas turbulentas y rápidas, y el corazón que derrocha los latidos que le corresponden a toda una semana. Quería que el tiempo fuera en sentido contrario de lo que sucedía adentro, para no llegar antes, para no despedirme, esperando.

Caminamos por la calle que tiene más fábricas que casas. En el tramo de la banqueta revestida con el marrón y el verde de las hojas de dos grandes hules, al terminar la fábrica de hielo, está el gran cubo de cristal con marcos dorados que resguarda el altar de la Virgen, venerada con malvones naranjas y crisantemos amarillos. Él se detiene y con un gesto de su mano sobre mi antebrazo me lleva junto a la Santa, a quien le habían asignado el lugar más fresco e íntimo de la manzana. Después de recargar torpemente las mochilas contra los ladrillos de arena y cemento, acercamos nuestras manos.

Concentrada en el movimiento de sus dedos morenos, lo veo andar sobre el destino que dibujan las líneas de mis palmas, veo las sutiles caricias que recorren el dorso de mis manos, las mismas que se reflejan como un beso en mi cuello, que repentinamente hormiguean en mi espalda, que redondean, sin él saberlo, mis senos, que acentúan mis pezones, que agitan mi vientre, que acalambran mi pubis, que entreabren mi boca, que aíslan el sonido. Con piernas atolondradas me acerco. Responden, por fin, mis manos atónitas, comienzan a seguir el ritmo suave, cálido, lento. Serpenteo entre sus dedos. Continuamos sin entenderlo, ensimismados en el trance que emana de nuestros dedos, moldeamos un deleite inédito. Me hago mar fresco, pero mis mejillas incendio. Quiero emitir sonidos, musitar para no ahogarme en la intensidad del estuario que recién estoy descubriendo, para liberar poco a poco el estallido. Cierro los ojos y veo el violáceo de los amaneceres que prolongan el cielo…

Crujen las hojas secas del hule bajo unos zapatos negros. Se precipita el sobresalto. Con un movimiento torpe nos alejamos. El señor que pasa a nuestro lado ni siquiera voltea a vernos, no se detiene a persignarse frente a la Virgen como suelen hacerlo.

―Vamos por un helado ―sugiero.

Recogemos las mochilas empolvadas, las sacudimos y en silencio me pregunto: ¿A eso se refería mamá, con aquello de que los novios son para tomarse las manos? Porque quiero volver a hacerlo.

Autora: Silja Pardo, o Poliédrica Insular. Nací un lunes de junio de 1985, con la luna menguando en la Ciudad de México. Años de escuela pública me respaldan, pero no sé hasta qué punto me definen. Amiga del humor y el chisme. Enemiga acérrima de todo aquello que oprime y discrimina. Hipersensible e intensa, me descubro y me protejo entre la cadencia de las palabras. Soy ante los colores y rayos de un arrebol, ante los sonidos y los verdes de un bosque y ante la profundidad de los cuerpos de agua. Siempre, y nunca, me contradigo. 

Ilustración de fridacastelli

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