El día que su padre murió

El día que su padre murió, tenía luna sangrante.  Y entre el redoble de las sábanas, un llanto que salió de su boca y mis ojos entre abiertos, pensaba en mi padre que había muerto en la misma habitación donde él lloraba.

En la almohada, entre los sumergiros de la nariz y la boca, encuentro un aroma a flor de naranjo. Mamá roseaba las cobijas con ella, “me recuerda a mi infancia”, decía, mientras extendíamos las sábanas con nuestras manos. Sus dedos siguen siendo pálidos y con pequeños lunares castaños. Las mías conservan la tradición del perfume.

Mis manos tocan mi cabeza y los enhebrares descienden entre yemas. Palmas oblicuas, tomando el agua que destila para llevarla entre mis labios y recordar las últimas horas del invierno. Encuentro el aire, y en las fosas de mi nariz existe un largo recorrer hasta el final de mi vientre. Una hinchazón que atraviesa una memoria. El año en que murió papá no sangré durante cuatro meses. Cuando mamá enfermó no lo hice durante dos y por eso adiviné que no vendría la muerte.

Me recorre su silueta y sé que alguien nos amó antes de este momento. También sé que a los dos nos apretaron la cabeza contra la almohada sin que atrapáramos el aire: y se sentía difuso, como el recuerdo de la madrugada o las pestañas contra la piel.  Quizá hay ropa o una resistencia a no irnos, pero los dedos nos recorren y sé que mi palma se siente húmeda, entre un olor cobrizo. Su mano sube a sus labios y entrecortan el ritual de las siluetas. Mis pantorrillas se tensan, mis pies desdoblan formas combadas.

Me dice que sus mejillas estaban frías y yo le contesté que su frente también lo estaba.

La tensión de mi vientre amansa el distender de las piernas. Respira. Nos recuerdo en otro sitio y pienso en mis ojos llorando contra otro cuerpo, o en el refugio bajo un cuello que olía a café y llanto.  Todo se llena doblemente de aire y abro los ojos, aunque no sepa que los he cerrado antes.  Mi cuerpo es un lugar a través de las sábanas, madriguera: mis dedos se separan, abren y cierran, se rehacen a través del aire. Exhala. Quizá la lámpara no esté encendida pero la habitación está llena de luz. Caricias ámbar desde la calle iluminan la cama en la que mamá dormía cuando papá murió, y en el mismo espejo donde podríamos vernos si lo intentáramos. Quedó la memoria de una respiración final. Papá tenía la boca abierta cuando murió.

Llora. Lloras y sé que desde tu boca abierta emerge un sonido apaciguado por mi nombre. Sé que las flores se deshacen al pasar por tu lengua, que los pétalos caen como gotas tornasoladas y nos llenamos de pétalos tibios y hojas que revolotean entre nuestros brazos apretados. Estamos cubiertos por flores, gotitas entintadas, refugio entre la sangre, dormimos nuestros vientres y las sábanas se humedecen entre el llanto de lo no nacido y el milagro de la muerte.

Autora: Yunuén López Torres (Sudcaliforniana, 1992), Escritora, actriz y promotora cultural. Aparece en la antología Jóvenes creadores sudcalifornianos: Poesía y Narrativa (2012) y en Altares: Memoria gráfica y literaria (2019). Ganadora del concurso nacional de Poesía del Festival Internacional de Escritores en San Miguel de Allende Guanajuato (2019) con el poemario Maternidades. Participante del Encuentro Nacional de Escritores “Los últimos del milenio” en la FIL-MTY (2017). Becaria del Festival Cultural Interfaz, ISSSTE-Cultura (2016). Primer lugar en el XIV Premio Universitario de Poesía con el poemario Bitácora de un rio (2016).

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