Memorias de labios y dedos

Tengo cinco años, mi hermana, Rosita, tiene siete. Dormimos en la misma habitación. Es temprano y todavía nadie se levanta, o eso creo, porque no han venido a dar el buenos días. Me dice que si podemos besarnos porque quiere saber cómo se sentirá el día de su primer beso. Me siento incómoda, pero ella insiste, así que cedo. Pone su cara frente a la mía y yo cierro los ojos bien fuerte; ambas estiramos nuestros picos. “Abre la boca, Lucía”, dice, “quiero saber cómo se siente”. Le respondo que no quiero y nada más pasa. 

Mi verdadero primer beso lo tengo con Pepe, en sexto grado. En realidad no quisiera que mi primer beso fuera con él, porque me gusta más Jona, pero Pepe fue quien me pidió ser su novia y le dije que sí. Me lo pidió por Messenger y por ahí es por donde hablamos, en persona casi no; en persona sólo me toma la mano sentados en la banca. Nuestro beso sucede en medio de la fiesta de Majo; todos nos rodean y empiezan a gritar “¡beso, beso!” y aunque se la pasa disculpándose por ser tímido, yo creo que se envalentona porque se acerca y me besa de piquito: al igual que con mi hermana, nuestros labios apenas se tocan; los suyos son delgados y suaves. Pepe no dice nada, sólo me sonríe; más tarde, cuando nos conectamos, me dice “te quiero” y me platica que el fin de semana no podrá hablar conmigo porque se irá a casa de su papá y ahí no tiene computadora. 

El problema de Pepe es que casi no habla, así que terminamos después de un mes. Antes de cortar me regaló un collar con un dije de corazón que ahora aplasto y aviento contra la pared; esto último realmente no tiene ningún efecto, me doy cuenta: a los collares no les pasa nada cuando los avientas contra la pared. Esta es la clase de cosas que hacen en la televisión, como destruir los recuerdos y regresar regalos, pero él sólo me dio este collar y es lo único que puedo hacer. Luego, el collar se queda ahí triste en el piso y me da lástima porque sí estaba bonito, así que intento repararlo de mis pisotones. Me la paso dos días escuchando I Will Survive de Gloria Gaynor y Te quiero de Hombres G (nuestra canción). 

Después de Pepe, Jona por fin entendió que me quiere, entonces nos hacemos novios. Me lo pide el 30 de abril, en la kermesse. Majo me dice que dice Pepe que está triste y que lo superé muy rápido, pero, la verdad, quiero a Jona desde hace mucho, desde que lo vi entrar al salón por primera vez y se veía más limpio que los demás; aparte, huele riquísimo. Jona me platica que va con sus papás a McAllen para comprar ropa y venderla acá, y que ahí le compran el perfume. Con él platico bastante, bastantísimo: en la entrada, en el salón, en el recreo, en la salida y hasta por Messenger. Me pasa música muy buena, está obsesionado con una banda que se llama 30 Seconds to Mars, y también me gustan aunque no le entiendo tanto como él porque apenas estoy aprendiendo inglés. 

Jona y yo vamos detrás del salón de cómputo con toda la adrenalina por temor  a que las maestras nos descubran y vayan por nosotros. Ahí, detrás, él me abraza, y me abraza muy fuerte, y yo no puedo con lo suavecito y cálido que se siente; lo aprieto mucho, muy fuerte, y pongo mi nariz en su cuello para oler ese perfume del Mall de McAllen y me da un beso en el cachete. No manches, ¿qué es esto? Me quiero casar con él. Jona me dice “te amo, Lucía” y yo no le respondo nada de lo emocionada que estoy con cómo se siente todo. 

La escuela está a punto de terminar cuando él y yo llevamos un mes y medio. Ya ni hacemos nada en las clases, así que a veces la maestra nos deja salir a la cancha. A veces, Jona sí se va a jugar y ni me pela, pero llega un día en que nos vamos otra vez detrás del laboratorio; tenemos que ir a escondidas porque si nos ven los demás nos van a delatar o espiar. Llegamos sanos y salvos, me abraza, cómo me encanta que me abrace, no sabía que así se sentía, no sabía que se podía querer así de mucho, y me besa y qué distinto es todo. Me dice que es su primer beso y aunque no le puedo decir lo mismo, se siente como el primero; con él, sí abro mis labios y siento la lengua, está muy raro esto de coordinar los movimientos, pero creo que sale porque a los dos nos gusta mucho y no podemos dejar de besarnos: es algo húmedo, suave, como que toda tu atención está en la boca. Entonces reacciono y creo que ya ha pasado mucho tiempo desde que llegamos, ¿y si ya se regresaron todos? ¿Y si nos están buscando? ¿Y si nos van a reportar? Los dos corremos de la mano. Soy feliz, feliz, feliz. Me digo a mí misma que me voy a casar con él aunque sea mi primer reporte. 

No veo a Jona en todo el verano porque se va a Texas con su familia; yo me quedo aquí casi todo el tiempo, aunque mi papá nos lleva a La Pesca dos veces. Mi hermana sí sale con sus amigas y a veces yo voy de chicle con ella al cine. Jona y yo platicamos por chat y me sigue pasando música. 

Al final, en septiembre, resulta que Jona no entra a la misma secundaria que yo, que sus papás le van a pagar un colegio y que está bien porque ahí tienen mejor inglés. ¿Y entonces, cómo le vamos a hacer? Le explico que a mí casi no me dejan salir. Me extraña, o eso dice, porque un día le pregunto si todavía me quiere y me dice “no sé” y yo me quedo en la pantalla leyendo sin entender. Seguro le gustó alguna gringa en las vacaciones. Seguro sus papás le dijeron que soy poca cosa. No sé de dónde saco las agallas, pero lo termino y ahí se queda la conversación.

La playlist de despecho se hace más grande. Le agrego: Gives You Hell, So What, Jar of Hearts, y al chori esas banditas de rock. Rosita me dice que hice bien, que debo ser orgullosa y nunca rogarle a nadie. Casi casi que me lo tatúo en el brazo: Lucía, nunca le ruegues a nadie. 

Hay un libro que ella está leyendo sobre un ángel y una chica; cuando lo termina, está obsesionada, así que me lo presta. El ángel, el chico, es guapo y muy romántico. Se la pasa protegiendo a la muchacha y diciéndole que es suya, que es hermosa y distinta a las demás. Hay una parte, en la página 133, en el que están acostados en la cama y ella se va encima de él: hay descripciones de los besos, del cuello, el pecho, los brazos y muslos. No me imaginé que habría tantos lugares como para, ¿recorrer? Pero puedo imaginar todo en mi cabeza. Regreso varias veces a esa página antes de terminarlo; leo en el cuarto, en el comedor, en la sala, con mis papás o mi hermana al lado, y aprieto las piernas mientras leo esos párrafos. Ladeo un poco el libro para que no sepan la parte que estoy leyendo. 

Termino el libro y quiero seguir leyendo para ver si hay más historias de amor así. Tomo uno que mi papá tiene en el escritorio que se llama Verónika decide morir; es de una chica que se quiere morir, la verdad no entiendo mucho por qué, pero acaba en un loquero donde conoce a otro chico. En alguna parte dice “masturbación” y menciona algo de caricias. Le pregunto a mi mamá que qué quiere decir eso y pela los ojos. ¿Por qué? Porque aquí dice eso. ¿Quién te dio ese libro?, me pregunta. Estaba en el escritorio de mi papá. Ah, bueno. Hablaré con tu papá. ¿Pero qué es masturbación? Se me queda viendo. Son caricias sexuales. Ah, bueno. 

En la secundaria, Fer está muy emocionada con su novio que está en tercer grado. A la salida se van a su casa y me cuenta que ya tuvieron sexo. Quiero recordarle el video que vimos en biología, el del bebé que sale de la mujer, pero ya de por sí otros niños me han dicho amargada y mocha; me limito a escucharla. Dice que él la tiene muy larga y yo no me imagino cómo es eso. Me cuenta que a veces él está encima de ella y la reta a que no grite mientras le tapa la boca; todo esto lo dice sonriendo muy emocionada mientras hace garabatos en su cuaderno. Le pregunto cómo se siente y, al principio, no dice nada, se queda pensando, se ríe y luego me dice que se siente bien, que a veces él usa sus manos y la toca entre las piernas. Me dice que debería de intentarlo yo sola, ¿qué? Que te toques, bueno, si quieres.

La idea suena rara, pero me acuerdo del libro de Verónika, y de la otra novela que me hacía apretar las piernas, también de los besos de Jona. ¿Cómo le hago? Pues en la cama. Mmm, aunque Rosita ya les pidió a mis papás un cuarto nuevo de regalo de dieciocho, todavía compartimos el que tenemos y para sus dieciocho todavía falta, me da miedo que se dé cuenta, aunque pienso que igual y ella lo ha hecho y yo sin saber. Si estoy bajo las sábanas, no se ve nada y tocarse no hace ruido ¿o sí? La sonrisa que pone Fer se ve contagiosa, como que quiero entenderle. Pasan un par de noches desde esa sonrisa para que baje mi mano; también aprieto las piernas como lo hacía en la página 133 de la novela del ángel. Ay, no… sí se siente bien, pero está raro, como que cosquillas aunque igual no puedo explicarlo, no me gusta sentir mi mano sucia. Me detengo un momento, ya no puedo dormir. Al lado escucho a Rosita que respira como que sí está dormida. Vuelvo a bajar la mano y me quedo un rato así, nada más, apretando las piernas, luego como que también puedo apretar las pompis, y mi mano ahí. Me están dando ganas de hacer pipí, no manches, ¿a los catorce? Fer no dijo nada de esto, no creo que sea normal. Quito mi mano pero, al día siguiente, le cuento sobre lo que sentí. 

Cuando Rosita por fin ya tiene su cuarto, muy seguido, casi todas las noches, bajo mi mano entre las piernas. Hay una parte, una puntita, que se siente demasiado, muy bien, muy rico. 

Ahora, en la prepa, hay un chico  que se llama Óscar. Óscar en realidad no es “un chico”, es un amigo del taller. Me dijo que le gustaba y yo no supe qué decir porque no es que no me guste pero tampoco me gusta gusta. Por ejemplo, hay tres chavos con los que me he tocado pensando que están encima de mi o que me tapan la boca como Fer me platicaba de su uno: uno se llama David, de quinto semestre, que una vez vi sonreír y se me hizo guapísimo; otro, que se llama Luis con el que a veces intercambio miradas que para nada son accidentales; y también está Chuy, con quien sí hablo y cuando nos tomamos fotos siempre me abraza de la cintura y yo me pego porque huele rico;  Entonces, están esos tres, y luego está Óscar, que definitivamente es con quien más hablo, es mi amigo y eso es lo extraño: llevamos siendo amigos mucho tiempo. No está feo, tampoco guapo: está meh. Es buena onda. Lo pienso un par de días. En las noches lo imagino encima de mí y no está mal. Empiezo a tener esta fantasía donde me restriego sobre su cuerpo mientras él me aprieta. 

A la siguiente semana le digo que también me gusta y sonríe y, me sorprende, lo tímida y victoriosa de su sonrisa, como si eso fuera posible. Me toma de la mano en el receso. Me aseguro de caminar así frente David, Luis y Chuy en los treinta minutos que tenemos. Ni los volteo a ver, no. La fantasía acaba cuando el prefecto dice que no podemos andar así de la mano, pero nos las ingeniamos: el taller es la última clase de los martes y jueves, así que el salón se queda solo. Nos hacemos mensos metiendo las cosas a la mochila y nos quedamos solos, a veces con miradas sospechosas, risitas y comentarios groseros, sobre todo de los hombres. Para mayor seguridad, nos ponemos pegados a la pared detrás de la puerta. El primer beso, honestamente, es catastrófico: no es para nada como recordaba los besos. Óscar saca y mete la lengua muy pronto, o muy rápido, o demasiado o no sé; algo se siente mal, aunque también algo se siente bien. Otro día me empuja contra la pared y sucede eso de restregarnos. Entonces hago algo que ni yo esperaba de mí: pongo mis manos sobre su espalda, la espalda baja, y lo empujo hacia mí. Mi cuerpo hace movimientos que nunca había hecho, pero se sienten naturales. El ritual se repite cada semana pero, un día, llega un día en especial, en el que Óscar está acostado en el piso y yo sentada encima de él, haciendo esos movimientos, y siento cosquillas de pronto y me detengo porque es demasiado, demasiado bueno. Óscar sonríe y dice que me veo muy bien haciendo la cara que hice. Me dice que si puedo ir a su casa, yo le digo que no creo porque nunca me dejan ir a casa de hombres, y me dice que él viene a la mía. Insiste mucho en eso.

Paso mis noches pensando en otras cosas. Nunca he sentido un pene, pero lo imagino por lo que he escuchado y, bueno, sí vi algo de porno en secundaria, que en realidad es más explicativo que los libros porque en serio que no entendía cómo entraba. Óscar insiste e insiste y yo no sé qué decirle para que no venga, que mi mamá y que Rosita siempre están, pero él dice que siempre hay una forma. Me pregunto por qué dice eso. Le digo que bueno, que sí, que en mi patio hay una puertita donde tenemos una pileta y las escobas. Se aparece en mi casa, una tarde de viernes para hacer algo de matemáticas, disque. Nos sentamos en la mesita de Coca Cola que tenemos en el patio, con mi mamá dando vueltas desde la cocina cada quince minutos. En una de esas, nos vamos al cuartito de un metro cuadrado. Nos restregamos y, de pronto, mientras me besa, Óscar toma mi mano, la baja y pone su pene en ella: es demasiado raro. Nunca había visto algo así, mucho menos sentido; con su mano sobre la mía hace movimientos hacia arriba y hacia abajo. Está húmedo y duro, y qué raro que exista piel así. Me dice que se la chupe, ¿que qué? Chúpamela. No, no quiero. Por favor, ándale. No, lo sigo besando. No quiero, creo que me da mal olor, pero esto no se lo digo. Volteo a ver el pene y ay, no, ¿por qué? Está muy raro, muy rosa. Dice que a todos sus amigos ya se la han chupado. ¿Y yo qué pedo? ¿Qué tengo que ver ahí? Ándale. Me detengo. Sé que esto ya no me gustó. Salimos del metro cuadrado, nos sentamos y, un minuto después, escucho a mi mamá hacer su vuelta de vigilancia. 

Termino con Óscar en un mes. Luego, regreso con él. La verdad, lo pensé bien, lo imaginé y decidí que quiero tener sexo. Ya estuvo. No hubo noche que no pensara en algo así. Otra vez busqué algo de porno, más que nada, para fines educativos. Me fijé en las posiciones y en las caras de las mujeres, en cómo tendría que ponerme y en cómo se vería; cuando lo imagino, es como si fuera una espectadora y no la que está con las piernas abiertas. El punto es que le mando un mensaje a Óscar y hablamos en la prepa, le digo que lo quiero. Cuando me abraza,  le susurro algo sobre su pene. Él me aprieta. 

No sé cómo le vamos a hacer, ni dónde ni cuándo, pero tengo muchas ganas y sé que pronto va a pasar. 

Autora: Marissa Lorena Vargas Sánchez (1998). Tamaulipeca, feminista, Licenciada en Lingüística Aplicada. Bastante romántica, y bastante política. Enamorada del té y de los animales.

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