De árboles, ancestras y evocaciones

Dice Gioconda Belli que una mujer fuerte debe protegerse con palabras y árboles, e invocar la memoria de mujeres antiguas. Hoy escribo para invocar las voces de mis ancestras y descubro que provengo de árboles fuertes y altos cuyas ramas, hojas, sombras, raíces y palabras tupidas acogen frutos, flores, mariposas, ciervos y jaguares. Así, mi propio árbol, mi propia historia, se nutre de la memoria vasta de las mujeres de mi estirpe.

Evoco a mujeres valientes y generosas como mi abuela Luvia que luchó toda su vida contra una enfermedad en el hígado y que le dejó varias marcas en su vientre y en los costados de su cuerpo. Cuando una vez se quitó la bata de dormir frente a mí, y yo sorprendida le pregunté “Abuelita, ¿qué son esas marcas que tienes ahí?”, ella con una sonrisa apacible en su rostro me contestó “son las cicatrices de todos los cuchillos que me han metido.” Cierto, los vestigios de las múltiples cirugías a las que se vio sometida para prolongar sus años hasta llegar a los setenta y cuatro. De ella aprendí que en la vida se puede enfrentar varias veces a la muerte y salir victoriosa en cada ocasión, aunque la osadía te deje cicatrices en el cuerpo, como las marcas de las garras de un felino… cicatrices que al final del día son puras lecciones.

Murió cuando yo estaba por cumplir 9 años, han pasado ya más de veinte desde que ella partió, pero aún la puedo ver recostada en su cama y sentir el aroma del ungüento herbolario que siempre usaba para aliviar las dolencias de su cuerpo, ese olor que se me impregnaba en la nariz cada vez que le besaba la mejilla. Recuerdo también que nunca le negó el pan a las personas que llegaban a pedírselo a su puerta, sobre todo borrachitos que deambulaban por las calles y que le decían “Doña Luvia, regáleme ‘sté (usted) un taco” y mi abuela les decía “te doy, pero ándate para tu casa, qué van a decir de ti tu mujer y tus hijos.” El regaño venía acompañado de un plato abundante de comida y tortillas. Tal vez por eso mi abuela fue muy querida y respetada por todos en el pueblo, y cuando por fin descansó, en su funeral, hizo que tanto ricos como pobres se juntasen para llorarle.

Evoco a mujeres amorosas como mi bisabuela Mila, que, aunque no la conocí, mi madre, su nieta más querida, me dice que yo me parezco mucho a ella, con el pelo quebrado como le dicen al pelo chino en Chiapas, y con el rasgo más distintivo de su carácter: la ternura. Mi bisabuela tenía un don especial para hacer dulces caseros desde turrones hasta laboriosos membrillo y melcochas. Los hacía con dedicación y los vendía para sostenerse a sí misma, defendiendo su autosuficiencia hasta el final de sus días. Pienso que mi bisabuela fue una mujer tierna, y yo que por mucho tiempo demerité la ternura por considerarla empalagosa, ahora la celebro y valoro porque si mi abuela Mila la detonaba en todo su ser, en todo lo que hacía y decía, entonces es digna de replicarse.

Evoco a mujeres sabias, como mi abuela Celia, la madre de mi padre, que una tarde cuando disfrutábamos de la capirotada que había preparado para mí y mis hermanos, me dijo “mi niña, estás a punto de que tengas tu primera menstruación. Cuando estés en tu período no te bañes, porque el agua puede cortar tu esencia de mujer y manifestarse en cólicos”. Ahora, ya adulta, creo que tanto agua como sangre confluyen armoniosamente en mi cuerpo, pero su consejo sigue siendo vigente para mí: no dejes que nada ni nadie corte tu esencia de persona, tu esencia de mujer, tu esencia de Tatiana

Evoco también a mujeres francas y firmes como mi madre Lydia que nunca se ha quedado callada a la hora de defender con valía lo que cree y ama. En 2015 defendió con ahínco su vida contra un cáncer de mamá, y salió victoriosa de esa batalla. Siempre le he admirado su congruencia y aunque ella ahora no se identifica con las luchas feministas, sé que ha sufrido injusticias y violencias, mismas de las que ahora yo soy consciente y cuya sed de emancipación me han sumado a las filas de los feminismos. He de confesar que mi relación con ella no ha sido la más armoniosa en los últimos años. Hemos tenido discusiones y distanciamientos, ahora menos que antes, pero he comprendido que es justo el legado feminista lo que me ha llamado a sanar mi relación con ella y a interpelarnos con amor, porque si pierdo mi relación con ella, con mi madre, estaría perdiendo entonces mi relación con la vida misma. Así lo he entendido y a eso le apuesto.

Lilia Granillo dice que escribir nuestra historia es una estrategia de empoderamiento para derrocar pacíficamente a la violencia. Cuando escribimos estamos desarrollando una apropiación femenina de los poderes espirituales y las fuentes mismas del amor y que esto, en realidad, es un proceso de hermanamiento: la fuerza de saber que no se está sola. Yo, que siempre me pregunté qué tan sola podría estar o sentirme, al escribir estas palabras, al evocar a mis ancestras y reconocer mi genealogía femenina confirmo que verdaderamente no estoy sola. Mis abuelas, madres y hermanas me recitan el poema de Belli a través de todos los tiempos: “sé fuerte, defiéndete, mantén vivos tus sueños y constrúyete… hazlo por todas nosotras”.

Autora: Tatiana Llamas Jiménez. Chiapaneca de ombligo y corazón. Desde hace casi una década reside en la Ciudad de México donde se graduó de la Licenciatura en Emprendimiento Social y Cultural, y ahora trabaja como investigadora analista de varios programas y proyectos sociales. Pertenece al colectivo Semillas Literarias, un espacio creado de y para mujeres con el propósito de compartir saberes y experiencias por medio de la escritura. Recorrer el camino del conflicto la ha llevado a reconocerse más humana y encontrarse con los feminismos. Se confiesa una amante de la pizza, las buenas conversaciones, los libros, la música jazz y el cine documental. 

Ilustración de Patricia Corrales

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