Las hojas de un fogón

Recuerdo el día que me pusieron a la venta. Lo esperaba desde el momento en que las hojas de rayas me dieron forma, me colocaron un espiral de metal y me empacaron en la camioneta de entregas.

Así, en una caja de cartón llegué a la papelería de Doña Silvia donde me pusieron a la venta y mi portada morada brilló en el aparador. Pero, no fue hasta que Sofía me tomó entre sus pequeñas manos que vislumbré mi destino como algo maravilloso, porque junto a ella emprendería un viaje lleno de sorpresas por el primer año de primaria.

Mi pequeña amiga tenía ojos negros, piel morena, cabello negro que le llegaba hasta la cintura (porque la Sra. Jacinta quería que su hija luciera como Daniela Romo, la verdad, yo nunca supe quién era esa señora, pero era una frase que escuchaba recurrentemente en casa) y su rostro estaba adornado con una gran sonrisa, que pocas cosas borraban.

Sofi me eligió para la materia de español, y yo me sentía orgulloso entre todos los útiles escolares que irían en la mochila, porque sería el número UNO, pues a través de las lecciones viajaríamos a lugares inimaginables. Acompañaría a mi pequeña a escribir sus sueños y en un futuro no muy lejano, ella me contaría sus historias.

Así entre risas e ilusiones llegamos al tan esperado primer día de clases en la Escuela República de Argentina donde empezamos con los honores a la bandera. Después, la directora dio la bienvenida a niñas y niños que se integraban como nuevas alumnas y alumnos. Ya en el salón de clases, la Maestra Susana nos recibió con las reglas que deberíamos seguir para sacar 10 de calificación en el año escolar que estábamos por iniciar.

De las primeras lecciones estuvo la de aprender a escribir, por lo que Sofi hacía planas, más planas y más planas, para conocer las letras. Cada vez que ella pasaba el lápiz sobre mis hojas sentía cosquillas, y cuando borraba con su goma de migajón me daban ganas de estornudar, pero el momento en que mi corazón de papel se llenó de alegría fue cuando vi plasmado su nombre completo sobre mis hojas, simplemente, me tocó la mejor niña.

Todo iba viento en popa en nuestra aventura, la maestra Susana felicitaba a mi mejor amiga porque ya empezaba a leer con más facilidad y tenía las mejores calificaciones del salón, sin embargo, un día todo cambió en un abrir y cerrar de páginas.

En la escuela le notificaron a la señora Jacinta que debido a una extraña enfermedad las clases se suspenderían por un par de semanas, que sería una medida temporal y pedían el apoyo de las madres de familia para sobrellevar dicha eventualidad. Fue entonces, que las puertas que nos daban la bienvenida cada mañana se cerraron para no volver a abrirse.

Las semanas se desenvolvieron en terminar la tarea para casa y ayudar a mamá en el puesto de fruta, porque éramos muy pequeños para quedarnos solos. A mi amiga no le gustaba ir a vender, ya que era levantarse muy temprano y quedarse sentada en un banco casi todo el día, entre gritos de “¡más barato, ni en Tepito!”.

El tiempo pasaba y no llegaba el anuncio de volver a las aulas. Hasta que cierto día la Maestra Susana habló con Doña Jacinta, y le explicó que lamentablemente no había fecha para que Sofi continuara con clases presenciales con sus compañeros, que ahora todo sería de manera remota a través de la televisión e internet. La noticia cayó como balde de agua fría en la casa de mi pequeña, porque a duras penas tenían acceso a la electricidad y sólo había un celular, al cual le ponían $50 de crédito a la semana; ese día en la noche escuché llorar a su mamá en el cuarto, porque no tenía idea de cómo haría para que su hija continuara estudiando.     

La solución que encontró Doña Jacinta fue pedirle apoyo a su vecina, que tenía una pequeña de la edad de Sofí, así entre las dos montaron una mesa en el patio de la vecindad donde vivíamos, ahí nos sentaban para seguir las lecciones. Ya no veíamos a nuestra profesora que nos revisaba la tarea, tampoco nos ponían caritas felices con su color rojo carmesí, ni la estrella en la frente al terminar las clases y tampoco había abrazos, los cuales hacían que mis líneas se volvieran cuadrícula.

Toda esa situación me tenía descontrolado y me sentía muy triste, cada vez era más frecuente que en las noches no podía cerrar mi cubierta para dormir, la incertidumbre recorría todo mi cuerpo de papel y me sentía muy débil por las mañanas. Nos era difícil entender esta modalidad de las clases, por qué no estaba la Maestra Susana en la televisión, también era difícil poner atención y entender claramente las tareas que debíamos de realizar. 

Yo sabía que debía ser fuerte por Sofi, pero cada día era ir contracorriente. La gota que derramó el vaso fue que nuestra nueva compañera regresó a Querétaro, de donde era originaria, y así perdimos nuestro medio para continuar con nuestro primer año de primaria.

Así, nuestra nueva normalidad se convirtió en estar en el puesto ayudando a mamá a lavar la fruta, ir a entregar los pedidos y llenar los vasos con papaya, sandía o melón.   

Al mes siguiente, una tromba cayó en el Centro de la Ciudad y al no poder refugiarnos, quedamos totalmente empapados. Mi amiga me dejó secándome al sol durante una semana, para después guardarme debajo de la cama que compartía con su mamá y ahí pasé dormido un largo tiempo en la oscuridad que se produce entre un colchón y una base de madera. Hasta que los gritos de la mamá de Sofi me sacaron de mi letargo “apúrate niña, no ves que ya tengo la lista la olla para los frijoles, ándale que no me va dar tiempo de dejar lista la comida”. Después de eso, vi la cara de mi pequeña niña en lágrimas, me tomó y me guardó debajo de su brazo.

La acompañé hasta donde estaba el fogón dentro del cual colocó unos pedazos de carbón, unos pañitos de ocote que hicieron brillar los colores azules y naranjas del fuego. De repente sentí un gran dolor, me había arrancado mi cubierta y avivaba las llamas con ella, pero eso sólo fue el inicio, siguieron las hojas que habíamos escrito juntos y no paró, hasta que la lumbre ardió con le energía suficiente para calentar los alimentos.

Mi cuerpo quedó tirado en el piso y sin aliento. No volví a ver a Sofi, ni ella a sus amigas, no la culpo por lo que me hizo, ni le tengo resentimiento alguno, sé que la decisión de deshacerse de mí, no fue una elección personal, y espero que mi pequeña tenga una nueva oportunidad para viajar a través de las palabras.

El virus y la pobreza marcaron mi destino. Espero que el de mi pequeña amiga no sea así.

Autora: Carolina Franco Pérez, Ciudad de México (1986). Defeña de corazón y con ascendencia oaxaqueña. Licenciada en Economía, por la Universidad Nacional Autónoma de México, y feminista, para que las mujeres que vienen detrás de ella tengan más derechos y mejores condiciones de vida.

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