Los 97 kilos que más quiero

Escribo este texto porque la obesidad siempre ha sido un tabú en el mundo de la belleza femenina.

Yo soy sexy, y plasmarlo en papel me hace sentir que es una realidad. Débora es una persona que pelea constantemente con su apariencia, quizás esto se debe a las enseñanzas de mi mamá y algunos genes de mis abuelas. Crecí con esa presión por los aretes, el maquillaje, las uñas arregladas, la ropa planchada y siempre a la moda, sin embargo, desde que tengo memoria, el sobrepeso y los estándares de belleza no son una combinación viable. Mi vida se convirtió en un ciclo vicioso entre nutriólogos, ejercicio y medicina, pero nunca fue suficiente: las tallas eran muy pequeñas en las tiendas que me gustaban y mi familia me repetía constantemente que a las gorditas nadie las quiere; tomé esa mentira como mi filosofía de vida, me formé la idea de que las personas “atractivas” no estaban a mi alcance, ni siquiera podía intentar algo porque, ¿cómo era posible que un hombre o una mujer atractiva anduviera con alguien con sobrepeso?

Decidí ser la gordita simpática, sin voz ni nada que ofrecer más allá del hombro para que mis amigas lloraran todas sus rupturas amorosas, o sus quejas sobre lo gordas e imperfectas que eran. Siempre tuve amigas guapas, o al menos todos los hombres querían andar con ellas. En el trayecto de la secundaria, preparatoria y universidad, lo único que hice fue dejar ir la idea del peso y empoderé la parte de mí a la que le encantaba comer, y todas mis frustraciones se encausaron en ello. Los nutriólogos, el ejercicio y la medicina se convirtieron en papas, pizza, tacos y destrucción constante. Yo era mi peor enemiga, me veía en el espejo, me odiaba y después terminaba en cuartos de hoteles fumando mota y dándome atracones de comida que terminaban en lágrimas imparables. Cuando volvía a mi casa me daba cuenta que, en esas tardes de agresión hacia mi cuerpo, se quedaban pedazos de mí, imposibles de recuperar.

En diciembre del 2019 entré al baño de la oficina, me vi en el espejo y me di cuenta que no sólo aumenté mucho de peso, además las uñas, los aretes y el maquillaje dejaron de existir. La verdad ya no me veía al espejo, pero al hacerlo en esa ocasión, no me reconocí, no sabía dónde estaba ni que había hecho conmigo, sólo supe que me destruí con lo que más me gustaba: comer. Definitivamente en ese momento decidí ser más que un peso o una talla, sabía que no me quería ver infeliz, frustrada e insatisfecha, pero también acepté que ya no estaba a gusto con mi peso, entonces me pregunté: ¿Qué vamos a hacer? Quiero ser sexy, me dije, pero bajo mis condiciones: voy a iniciar esta búsqueda para encontrar mi comodidad y sensualidad sin desear ser nadie más, solo Débora. No habrá tiempo límite ni restricciones, lo haré a mi manera.

Desde ese día, hasta hoy, inicié un viaje de autocuidado. Le dejé de tener miedo a la báscula, encontré una nutrióloga que se emociona conmigo, transformé por completo mi relación con la comida, porque me encanta comer, sólo que ahora lo hago por gusto y no para llenar un vacío.

Hace una semana me estaba arreglando para tomar clases, me vi en el espejo mientras me ponía unos aretes grandes, y al mirarme sentí como si una fuerza enorme entrara en mí: fue un flechazo, no podía dejar de observarme. Me gusta cómo me veo ahora, sé que aún no termino este proceso y tal vez todavía me falta un poco, pero como dije antes, el tiempo es ilimitado. Debería terminar este texto diciendo que el amor propio es lo más importante, y que estoy logrando mi objetivo, pero quisiera acabar con lo siguiente:

“Querida Débora infante, adolescente, universitaria, no te preocupes por el peso, ni los ligues o las tallas de Zara. Cuando tengas 29 años vas a verte como siempre quisiste: segura, guapa y, sí, definitivamente serás sexy, pero no sólo por cómo te ves, sino por cómo piensas. Te amo un montón”.

Autora: Mi nombre es Débora, nací en la CDMX, lo qué ubico de mí, es qué he ido aprendiendo a vivir con la intensidad de mis emociones, con las tazas llenas de café frío en el cuarto y el rompecabezas constante de mi cabeza, cuando no sé a dónde ir, escribo. Escribo porqué así saco los dolores del alma, escribir me hace bien, cuando escribo decoro mi existencia con mis flores favoritas en papel dorado.

Ilustración de @Mara_parra_s

2 comentarios en “Los 97 kilos que más quiero

  1. El apego, las adicciones, los problemas de peso, la antipatía entre otras, nos pueden destruir como individuos, sin embargo, también son parte de la vida y de la condición humana. Quizá tenemos que cambiar la mente para lograr estar bien con nosotros. Muchas gracias por compartir su texto, de gran valor y de motivación para otros, con otras características contra las que luchamos a diario. Esta es una característica principal de la mujer, su capacidad para lograr, primero amarse y luego enseñarnos a comprender que la sociedad es de todos, sobre todo los imperfectos. Sin su valor y fuerza, nuestra sociedad plural adolece. Muchas felicidades.

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