¿Qué fue el amor?

Sigo sin poder definir el amor, tal vez no me alcanzaría la vida para explicarlo o teorizarlo. Me daba tanto miedo encontrarlo y probablemente por eso decidí o alguien más (el patriarcado) decidió que no era para mí. Mi pensamiento era más como el amor griego que definió Marcela Lagarde: yo no era perfecta o lo suficientemente atractiva para merecer el amor.

Las experiencias de mis padres, mis hermanas y amigas me llevaron a la conclusión: para evitar el sufrimiento lo mejor era alejarse de la experiencia amorosa. Sus mitos románticos nos persiguieron a todas para reforzarnos que el amor es igual a sufrimiento. Un otro habitó a mis hermanas y amigas y yo evitaba a ese alguien que me dejara vacía.

Pero el patriarcado y su amor romántico se metían escurridizamente en mi vida. No fueron los cuentos de hadas, pero la cultura pop me hizo creer en una forma mutada del amor tradicional. Lagarde nos habla sobre la eterna dicotomía de movernos entre ser mujer moderna y tradicional, y ahí andaba yo.

Renunciaba a muchos de los mandatos más obvios del romance, pero de alguna manera los reforzaba. Si en la adolescencia o los primeros años de la adultez no tenía pareja,alguien extraordinario, no apegado a la norma, diferente llegaría y cumpliría el sueño indie de la cultura alternativa de las películas y canciones que consumía.

Una amiga con quien crecí se preocupó por mi nulo interés en vivir la experiencia del enamoramiento. «¿No quieres que alguien te quiera?», me cuestionaba. Incluso, unos años después, me apresuraba para iniciar la nada agradable práctica sexual, según ella más grande será peor. Yo me sentía bien sin todo aquello, sin embargo, debía estar incompleta por la falta de esas vivencias “naturales”.

¿Te sientes satisfecha con tu vida? No importa, no estás acompañada por un hombre. Yo tenía a un aquelarre de amigas a mi lado, pero era insuficiente, algo debía estar mal conmigo. Nadie me elegía, en esta historia yo no era la protagonista, para serlo alguien, un hombre, le correspondía elegirme.

Todo ello, poco a poco, fue socavando mi autoestima y mi amor propio. Alguien necesitaba validarme y decirme: eres bonita, lista, inteligente, interesante. Un hombre debía darme algo, que al parecer, yo era incapaz de proveerme. Esta experiencia se volvió colectiva al escuchar a mis amigas hablar sobre sus relaciones, al escuchar mujeres escribiendo y cantándole al amor y al desamor. Todas rotas, todas deshechas, todas vacías.

El patriarcado lo había logrado. Después de cada batalla en el amor volvemos a reconstruirnos e irónicamente nos preparamos para volver a subir a la montaña rusa de las relaciones sin certezas, sin herramientas. A veces nos toma vulnerables y desprevenidas ese mandato de amar y cuidar al otro haciendo honor a nuestra sociedad católica: ser incondicionalmente para otros.

El  romanticismo no se acaba en la relación heteronormada. Esa forma de amar se extiende a otras relaciones con nuestras madres, padres o amistades. Ojalá el recetario de Lagarde nos hubiera acompañado cuando niñas:

  • Ponle una pizca de igualdad
  • Chorros de amor propio
  • Una cucharadita de sentido común
  • Una taza bien grande de empoderamiento
  • Un aguacatote de independencia económica

No es tan sencillo. Incluso si memorizara la receta o la tuviera pegada en la pared cometería los mismos errores. El amor en el patriarcado nos ha enseñado muy bien a ser las mujeres para los otros.

La receta no alcanza cuando tu hermana no puede dejar a su pareja; cuando una amiga llega con el corazón roto; cuando una mujer queda embarazada sin desearlo o cuando otra mujer cuenta que su esposo la golpea, ¿cómo se hace?, ¿se les pasa la receta de buena fe esperando les funcione?

Estas semanas con mis compañeras hemos reflexionado sobre cómo negociar en el amor con la guía de Marcela Lagarde y no voy a tener una sola conclusión; hablar del amor es un proceso largo, individual,  pero también colectivo y político. Por lo pronto estuve estos días pensando en la ética del amor y cuál sería la mía.

Cómo relacionarme desde otra forma de amar-me, cómo incluir a otras y cómo hacer esa ética real para mí. Además de los ingredientes indispensables en nuestras cocinas, según mi lectura de Lagarde, mi ética amorosa incluye:

     1. «No dar más, ni menos de lo que me daría a mí». Eso lo escuché de una compañera en esta tertulia. Casi siempre hablamos de tener amor propio, pero se me complica conceptualizar el amor, aún más el propio; esa frase es más sencilla de asimilar para mí. No dar más, ni menos en recursos emocionales, en tiempo, en paciencia, en dinero, en atención de la que me dedico a mí.

     2. Cuidarme. En este sistema voraz lo dejamos a un lado. Todo y todos son más importantes, pero cuidar de mí, alimentarme, descansar, dormir bien, tomar agüita e ir a terapia son pasos importantes en esta manera amorosa de existir.

     3. Mi mamá solía decirnos: «primero estás tú, luego tú y hasta el último tú». Era el consejo de una mujer cuyos años de mayor vitalidad los dedicó a la maternidad, a la pareja y a todo lo demás, menos a ella. Mientras más pasan los años, más valoro ese consejo. Lo que para otros es egoísmo para nosotras significa libertad y eso representó para mi madre.

     4. No renunciar a nada, ni a mi misma. Un amiga me contó sobre uno de sus límites en el amor: no renunciar a su felicidad. Renunciar a nuestra felicidad es renunciar a a nosotras misma. Nada, ni nadie vale tal sacrificio de perderse en lugar de ser fiel a nuestros valores, creencias y gustos.

     5. Yo elijo y está es mi vida. ¿Nos sentimos en un aparador esperando ser elegidas? Fue duro darse cuenta, pero hoy, mi elección es romper ese escaparate. Valido mis tiempos y no me creo incompleta o sin vitalidad por no tener o no estar en la experiencia del enamoramiento.

     6. Escuchar  y hablar desde la empatía. Menos “te lo dije” o “amiga date cuenta” para mí y mis amigas. Este sistema del amor romántico nos tiene cautivas a todas. Las historias de mis hermanas y amigas en el amor tradicional son cárceles para todas. Relacionarme desde la empatía me permite tener amistades más fuertes y duraderas, en reciprocidad y lo más horizontales posibles, si es que eso se puede.

     7. No lastimar a las otras. En la empatía me he encontrado herramientas para no lastimar a amistades, entenderlas y acompañarlas desde lugares más amorosos. Desistir del romance en las amistades me permitió ver cuando no se me trató bien, cuando me lastimaron y cuando yo lo hice también. Incluso en las amistades nada es para siempre y cada una vive procesos distintos.

     8. Soy sola, pero ellas me acompañan. Esta ética amorosa podría sonar muy individualista como el neoliberalismo nos ha afianzado. Sí, soy sola, pero me acompañan mis ancestras, mis hermanas, mis amigas y estas maravillosas mujeres reunidas hoy para situarnos en esta posición crítica del amor, para cuestionarnos juntas, pero con sus respuestas individuales haciendo eco en otras.

¿Cómo resolver los problemas derivados del amor romántico y tradicional? No tengo idea, me lo voy a seguir preguntando y seguro no encontraré una respuesta definitiva. Me gustaría hacerme de las herramientas para acompañar a otras, para ayudar a mi hermana a construir su propia ética amorosa, sus límites en el amor, su inventario y así encuentre su libertad.

Negociar en el amor, en resumen, para mí sería no dar por sentado nada de mi ética amorosa y saberme rodeada de amor. Compartir mi tiempo, espacio, mi ternura, mis recursos no debe parecerse en nada al mito del amor romántico bien aprendido desde niñas.

Qué fácil decirlo, ¿no? No. No es fácil, una se desdobla cada tanto en su espacio y tiempo. Hoy me hago más preguntas: ¿qué pactante soy en el amor?, ¿qué tanto de mi historia conozco y reconozco?, ¿cuánto me valoro?, ¿qué tanto me creo sujeta del amor?

El amor es un concepto tan vasto. Hablamos de estoy hoy porque está lejos de ser un asunto superficial. Mientras los hombres hacían, nosotras los amábamos, pero incluso si no hacían nada, también los amábamos. En esta revolución del amor estamos nosotras aquí haciendo estas preguntas de un libro escrito hace diez años, muchas cosas vigentes otras no tanto, pero intentamos ser más sincréticas, escribiendo, pensando, compartiendo, hablando del amor, pero de otra clase de amor.

Autora: Daniela Caballero (1990) Feminista, apasionada habitante de la Ciudad de México y comunicóloga en continuo aprendizaje. Ha colaborado en agencias de marketing digital y organizaciones de la sociedad civil. Melómana sin remedio, soñadora empedernida, pesimista de profesión y fiel creyente del trabajo de las mujeres. Amante de la fotografía, el cine, la escritura, el olor a libro nuevo y adicta en rehabilitación del chocolate y los malos hábitos. 

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