Gabriela

Por Elisa Lotero Velásquez

Medellín, 2 de julio de 1994: Gabriela me ve doblar la esquina del corredor para llegar a la puerta de su cuarto y abrazarla, siempre me gustó hacerlo y demostrar que era valiente por no asustarme ante su falta de piernas. Creo que la abuela Gabriela, por más que ya era mi bisabuela, se quedó con el título de abuela por el resto de la eternidad. Me gustaba ver cómo mi mamá la bañaba, cómo le ponían sus vestiditos de flores y cómo al cargarla y al caer la falda parecía flotando por su falta de piernas. También me atraía ir en la noche a su cuarto para ver cómo le prendía velas a una figura de la virgen y le rezaba casi en silencio. Ese día, como de costumbre entré corriendo a la casa de mis abuelos, me dirigí a la cocina a abrazar a mi abuela Blanca Luz, luego fui a despertar a mi abuelo Aníbal con cosquillas en los pies, y finalmente, encontré a mi abuela Gabriela al lado del patio, dando de comer a dos loras amazónicas que vivián ahí haciéndole compañía. Corrí a abrazarla y recuerdo verla sentada ahí el resto del día hasta que cayó la noche y se reflejó la luna en sus pupilas. Para ese año ella ya veía poco y la mayoría de las imágenes se reflejaban en sus ojos. Sentía que era tan delicada que debía tratarla con mucha suavidad y ternura, me gustaba su olor a viejita, olía a talco de bebé. Mientras contemplábamos la noche se oían a lo lejos las noticias vespertinas: “Taiwan renuncia a la idea de representar a toda China; Brasil gana el mundial de fútbol; una salamandra es el primer anfibio nacido en el espacio”.

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