Lucía

Lucía
Por Ana M. Islas

Una mujer recorre un pasillo blanco y frío de hospital. Abraza unos zapatos de cuero negro o quizá éstos la abrazan a ella como si en el calzado latiera la vida que a su marido se le escapa irremediablemente por tres heridas en la sala contigua.

Horas antes a su esposo le habían dado tres balazos que enfriaron una tibia tarde de julio de 1959 en la plaza principal del pueblo cuya seguridad estaba a su cargo.

Su hija de diez años lo esperaba en casa recostada en el piso que, cuando comienza a caer la noche, refresca con la brisa que sana las abrasadoras tardes del Istmo de Tehuantepec. Así la encontró la noticia de que habían matado a su papá. Esa niña se convertiría 25 años después en mi madre.

Mi abuela quedó viuda a los 31 años. Durante un año portó con dignidad asfixiante el luto de la mujer que se queda sin marido, el paño cubrió sus suaves mejillas, la sed de justicia resecó sus labios y la tristeza que acompañó el asesinato de mi abuelo se instaló impronunciable en su memoria.

Lucía aprendió a costurar para mantener a sus hijas y así como un hilo enhebrado en la aguja une los pedazos de una tela, con el paso de los años unió los retazos de su corazón que fue desgarrado por la muerte de Federico, combinó los colores y hebras que hoy conforman la historia de mi clan: de amor, búsqueda de justicia y resiliencia.

Esta foto, que mi abuela dedica a su mamá, fue tomada cuando ella tenía 21 años. En su vientre carga a mi madre.

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