Zaida Ruth

Zaida Ruth

Por Mariana Fernandez

Mis bisabuelos se bajaron de 2 barcos diferentes, uno venía del país vasco y otro de tierras libanesas. Se bajaron trayendo consigo fabada los domingos, jocoque, turbantes, narices, ojos y orejas grandes, que fueron atrayendo a mis abuelos, quienes se conocieron en tierra mexicana.

La vena artística corre discreta por mi familia. Las paredes de casa de mi abuela están llenas de sus pinturas, su closet con sus bordados y sus cajones con sus escritos. Arte y talento condenado a no salir nunca de las paredes de nuestros hogares y llegar, cuando muy lejos, a ojos oídos y corazones de familiares y amigos cercanos.

La hermana de mi abuelo se atrevió a salir de esas paredes y mientras toda la familia se esforzaba por encajar en un estilo de vida occidental, yo recuerdo a mi tía abuela Zaida Ruth, como una vieja con turbante, cubierta de lentejuelas y un bastón de cristal. Recuerdo lo refrescante que era recibir su brillo los domingos en las comidas de una familia que se esforzaba por ser discreta.

Zaida Ruth era soprano y cantaba en el Teatro María Grever, exponía sus pinturas al óleo en el Teatro Manuel Doblado, participaba en un grupo de teatro, de vez en cuando publicaba sus poemas y no tuvo hijos. A los ojos de la familia, más que una artista, era la inofensiva tía loca, hasta que cometió su mayor ofensa: escribió un libro.

Pero no fue un libro cualquiera, era un libro sobre la historia de la familia y lo peor escrito desde su punto de vista.

Nunca supe si el libro estaba bien o mal escrito, solo supe que esa publicación le valió una carta llena de palabras enojadas de mi abuela y una especie de separación familiar. Al parecer el sacar los secretos de la familia a la luz y el retratar a los actores como personas y no como héroes era un crimen que se castigaba con censura.

Pero incluso cuando era pequeña, no se me hizo tan sencillo ver a mi tía abuela como la villana que todos pintaban. Ahora, entre trabajo, familia y casa, me doy cuanta de lo complicado que es el crear tiempo para escribir, crear ese espacio íntimo es tan complicado que una vez que lo tienes en tus manos en lo que menos piensas es en usarlo para agradar a los demás.

También entiendo que un texto es un recorte de la realidad, exigirle a una escritora que sea totalmente objetiva es como exigirle a una fotografía que abarque el mundo entero. El reto y el arte están en cómo vas haciendo ese recorte, en lo que eliges que se quede y lo que dejas ir, eso le va dando forma a la historia. Me gusta pensar que el libro publicado de mi tía de alguna manera se complementa con los escritos encajonados de mi abuela, que son 2 puntos de vista de una misma historia, que ambos pueden compartir la luz, que en algún momento ellas pudieron sentarse a leerse sus letras.

Mi tía Ruth murió a los 97 años, totalmente lúcida y en paz. Mi abuela tiene en su casa la nota del periódico que redacta su vida y muerte, así cómo un libro grueso llamado “Libaneses Ilustres en México” (o algo parecido) y con un separador está señalada la hoja donde aparece una fotografía y semblanza de Zaida Ruth, pero sus textos se están empolvando en una biblioteca que no es la familiar.

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